EL MATRIMONIO VISTO DESDE LA VISIÓN DE DIOS

Getting your Trinity Audio player ready...

En los últimos tiempos, hemos sido testigos de desafíos significativos que enfrentan nuestras familias dentro de la iglesia, especialmente en lo que respecta al matrimonio. Es lamentable constatar que algunos de nuestros hermanos y hermanas han experimentado crisis matrimoniales, llegando incluso a la dolorosa disolución de sus uniones. Esta realidad, aunque desafortunada, nos insta a reflexionar y actuar con diligencia.

El divorcio, una triste realidad que enfrenta el mundo, es aún más impactante cuando ocurre dentro de nuestra comunidad de creyentes. Reconocemos que muchos de nosotros, en nuestra juventud, nos unimos en matrimonio sin haber conocido plenamente al Señor. Sin embargo, las decisiones tomadas en ese momento crucial de la vida pueden tener consecuencias profundas y dolorosas, no solo para la pareja, sino también para los hijos y toda la familia.

Es fundamental entender que los desafíos matrimoniales no son exclusivos del mundo secular; lamentablemente, también afectan a las parejas dentro de la iglesia. Esta realidad, en gran medida, se debe a la falta de atención y entendimiento de los principios bíblicos que rigen el matrimonio.

Hoy, en respuesta a las necesidades planteadas por varias familias de nuestra congregación y ante la urgente realidad que enfrentamos, nos dedicaremos a abordar este tema tan importante. No solo buscamos ayudar a las parejas que enfrentan dificultades, sino también preparar a las parejas jóvenes que están considerando el matrimonio.

Nos embarcaremos en un estudio de los textos bíblicos más relevantes que ofrecen sabiduría y dirección para fortalecer nuestros matrimonios y enfrentar los desafíos que puedan surgir en el camino. A través de estas Escrituras, encontraremos la luz y el entendimiento necesarios para edificar matrimonios sólidos y duraderos, reflejos del amor y la fidelidad que Dios desea para nosotros.

Que este tiempo juntos sea de bendición y transformación mientras nos sumergimos en la Palabra de Dios. Oremos juntos por la gracia y la sabiduría divina para abordar este tema con humildad y amor. Que el Señor nos guíe y fortalezca en este camino de restauración y renovación en nuestros matrimonios.

En Génesis 1:27, encontramos un principio fundamental: desde el amanecer de la creación, Dios diseñó al hombre y a la mujer con igual dignidad como seres humanos, pero también con gloriosas diferencias complementarias. A lo largo de la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, se nos presenta una imagen preciosa del matrimonio como la unión entre un hombre y una mujer que es profundamente significativa para Dios.

En el tejido de las Escrituras, el Antiguo Testamento es revelado por el Nuevo Testamento, y el Nuevo Testamento está escondido en el Antiguo Testamento. De la misma manera, el esposo es revelado por su esposa y ella está escondida en él; esto significa que ella es protegida y cuidada en él. Cada uno de ellos tiene una responsabilidad y un don diferente.

Efesios 5:25-33

Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia, porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia. Por lo demás, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo; y la mujer respete a su marido.

Claramente podemos ver la manera en que Dios ha diseñado la relación matrimonial para reflejar su propia imagen y su propio plan divino. Dios no nos creó como seres hermafroditas, sino como hombres y mujeres distintos en cada fibra de nuestro ser, hasta lo más profundo de nuestras almas. Estas diferencias no nos colocan en una posición de superioridad unos sobre otros, sino que nos complementan y enriquecen nuestra experiencia de vida juntos.

Desde la perspectiva de Dios, en el matrimonio, el esposo y la esposa no están en competencia por la supremacía, sino que se complementan mutuamente. La mujer posee talentos únicos que el hombre no tiene, y viceversa. Es por eso que cuando se unen en matrimonio, se convierten en una sola carne; separados, están incompletos, pero juntos son plenos y completos.

El diseño divino del matrimonio refleja la unicidad que Dios mismo disfruta en su propia naturaleza. San Juan 17:21-23Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste, yo les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos, y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado.” Como imagen de Dios, el matrimonio nos llama a vivir en armonía y cooperación mutua, celebrando nuestras diferencias mientras nos esforzamos por ser una bendición el uno para el otro en todas las áreas de la vida.

Al crear al hombre, Dios no solo le otorgó una compañera adecuada, sino que también instituyó el matrimonio como la unión más íntima y fundamental en la vida humana (Génesis 2:24). Esta relación de dos personas que se convierten en una nueva entidad refleja la profunda unidad y el compromiso que Dios desea para sus hijos.

Sin embargo, la entrada del pecado en el mundo trajo consigo dolor y dificultades, incluso al matrimonio. El hombre y la mujer, al ceder ante la tentación, perdieron la plenitud de la comunión con Dios y entre ellos mismos. En este mundo caído, el matrimonio, que debería ser una fuente de bendición y apoyo mutuo, a menudo enfrenta desafíos y conflictos (Génesis 3:16).

A pesar de las adversidades, recordemos que Dios es redentor y restaurador. A través de Su gracia y poder, podemos encontrar sanidad y renovación en nuestras relaciones matrimoniales. En Cristo, tenemos la esperanza de una reconciliación completa con Dios y entre nosotros, incluyendo la restauración del diseño divino para el matrimonio como una unión santa y bendecida por Él.

Mateo 19:6 nos lleva directamente a las palabras de Jesús sobre el matrimonio: “Así que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, ningún hombre lo separe”. Aunque el pecado ha perturbado la creación de Dios y muchas parejas a menudo viven divididas y en constante riña, llevando a matrimonios y familias disfuncionales, Jesús el Señor reafirma la visión divina del matrimonio desde su inicio. El pecado puede desafiar, pero en ningún momento tiene el poder para romper o destruir el diseño original de Dios; de hecho, el matrimonio ha sido diseñado por el Señor para que soporte todo el peso del pecado.

Dios llama específicamente a los esposos a ser fieles y protectores. Los esposos deben cuidar y proteger a sus esposas con celo santo, primero venciendo su propio pecado y luego protegiéndolas de las influencias externas. El fracaso de Adán fue el resultado de haber descuidado la protección de su esposa, una falla que el diablo aprovechó para ganarse su oído y eventualmente su corazón. Pero no toda la responsabilidad recae en el varón; de igual manera, las esposas también tienen la responsabilidad de mantener su compromiso matrimonial “mientras los dos vivan”.

Es inevitable que el pecado entre en la relación matrimonial, desafiando la armonía y la paz. Pero el pacto del matrimonio está diseñado para mantener unidos a los esposos en los momentos difíciles, porque así fue instituido originalmente por Dios el Señor. Los tiempos difíciles no deberían ser una sorpresa en el matrimonio; de hecho, el matrimonio fue hecho para enfrentar esos desafíos. Los pactos, tratos y contratos no son creados ni firmados para los buenos tiempos, todo lo contrario, son firmados para los tiempos difíciles.

El versículo de Efesios 4:32 nos recuerda la importancia de la amabilidad, la misericordia y el perdón en el matrimonio. La amabilidad es una virtud subestimada en muchos matrimonios, pero es esencial para mantener una relación saludable. En el diseño divino para el matrimonio, no hay lugar para la maldad o el desprecio entre esposos. Aunque habrá momentos difíciles, todas las dificultades están destinadas a ser manejadas con bondad y gracia.

Por último, Colosenses 3:19 enfatiza el llamado del esposo a amar a su esposa y a tratarla con gentileza. El amor conyugal va más allá de la intimidad; implica lealtad, sacrificio y actuar en beneficio uno del otro. La gentileza no es debilidad, sino una fuerza admirable que el Espíritu de Dios desarrolla en nosotros.

En resumen, el matrimonio está destinado a desafiar y fortalecer a los esposos, haciéndolos más parecidos a Cristo y más capaces de mostrar Su amor al mundo. Es una institución divina diseñada para reflejar la relación de Cristo con Su iglesia, y en ella encontramos la oportunidad de crecer en amor, gracia y santidad.