Estados Unidos no es, ni ha sido nunca, una nación cristiana. Su historia está marcada por el genocidio de pueblos nativos —de entre 10 a 20 millones a menos de 250,000 personas— y por la esclavitud defendida desde los púlpitos con argumentos bíblicos. El “Destino Manifiesto” fue una ideología racista que distorsionó las Escrituras para justificar violencia, exclusión y muerte. Este nacionalismo cristiano blanco nada tiene que ver con el Evangelio de Jesús, quien proclamó en Lucas 4:18: “El Espíritu del Señor está sobre mí para anunciar buenas nuevas a los pobres y libertad a los oprimidos”. Reconocer esta verdad no es anti-americano; es un acto de honestidad y fe que nos llama a abrazar un cristianismo de amor, justicia e inclusión.
Aquí radica el punto teológico central que no podemos pasar por alto. Cuando Jesús se levantó en la sinagoga de Nazaret y leyó el rollo de Isaías, proclamó su manifiesto espiritual: “El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; A poner en libertad a los oprimidos” (Lucas 4:18). El programa de vida de Cristo es radicalmente opuesto al “nacionalismo cristiano”. Jesús puso en el centro del Reino a los débiles, los vulnerables y los marginados. Su mensaje es inclusivo, pacífico, sanador y liberador.
El “cristianismo” que bendijo el Destino Manifiesto, que justificó la esclavitud y que hoy promueve políticas de exclusión en nombre de Dios, no es el cristianismo de los evangelios. Es una herejía con vestiduras religiosas. Es un ídolo construido a imagen y semejanza de los poderes del mundo y de turno.
Somos llamados a distinguir entre la manipulación religiosa que busca poder y el auténtico evangelio que busca justicia, ese es nuestro deber como creyentes. Hoy, el Espíritu nos sigue llamando a llevar buenas nuevas a los pobres, a romper con las cadenas de los oprimidos y a sanar las heridas de un pasado que aún sangra. Debemos confrontar esta narrativa distorsionada y abrazar el verdadero mensaje de Cristo: un amor sin exclusiones, un perdón sin condiciones y una justicia que restaura culturas, perdona pecados y reconstruye puentes donde antes hubo muros.