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Por: William Osmar Chamagua
En tiempos electorales, la Biblia se convierte en una herramienta política tan útil como manipulada. Tanto republicanos como demócratas han aprendido a citar versículos, posar con Biblias en mano y prometer defender los “valores cristianos”. Pero más allá del teatro electoral, la realidad demuestra que ninguno de los dos partidos políticos en Estados Unidos eleva genuinamente la bandera de la teología bíblica.
Por un lado, los republicanos se presentan como los campeones de la vida, oponiéndose abiertamente al aborto. Sin embargo, con la misma fuerza defienden la venta indiscriminada de armas, incluso aquellas diseñadas para matar en masa. Han creado una industria de la muerte legalizada, donde las balas corren más rápido que las oraciones. Además, su discurso frecuentemente se reviste de un nacionalismo excluyente, donde el racismo estructural y la xenofobia —particularmente contra los migrantes— son normalizados y hasta justificados “en nombre de la ley”.
Por otro lado, los demócratas se pintan como defensores de la justicia social, de los derechos humanos y de los más vulnerables. Pero su apoyo incondicional al aborto, incluso en etapas avanzadas del embarazo, es una contradicción sangrante con cualquier ética cristiana de defensa de la vida. Apoyan los derechos de la comunidad LGBTQ, al punto de haber iluminado la Casa Blanca con los colores de su bandera tras la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo bajo el mandato de Barack Obama. Sin embargo, ignoran por completo el llamado de Dios a la santidad, al arrepentimiento y a la verdad moral.
Ambos partidos se acusan mutuamente de hipocresía, pero lo que ninguno admite es que ambos se han apartado del consejo de Dios. Utilizan pasajes bíblicos para reforzar sus agendas, pero ignoran los principios fundamentales de la fe cristiana, como el amor al forastero (Indocumentado-Deuteronomio 10:19), el respeto a la vida desde el vientre hasta la tumba (Jeremías 1:5), y el llamado a vivir en santidad (1 Pedro 1:16).
La fe cristiana no puede ser reducida a una plataforma partidaria. No es republicana ni demócrata. Es radicalmente distinta. Es amorosa pero santa, misericordiosa pero firme, incluyente en compasión pero excluyente del pecado. Jesús no fue político, pero confrontó a los poderes religiosos, políticos y sociales de su tiempo con una verdad que aún incomoda.
En esta época de polarización, la Iglesia debe recuperar su voz profética. No para repetir consignas partidarias, sino para proclamar sin temor la Palabra de Dios. Una Palabra que nos llama a amar sin dejar de discernir, a acoger sin dejar de corregir, y a resistir toda forma de manipulación que prostituya la fe por votos.
La Biblia no es una herramienta de campaña. Es la Palabra del Dios vivo. Usarla para fines políticos, sin obedecer su contenido, no es fe: es blasfemia disfrazada de estrategia.



