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Hoy despedimos con amor y gratitud a Leonardo Bian, esposo de mi querida tía Rosy Morataya de Bian, quien partió a la eternidad después de 47 años de matrimonio feliz, dejando un vacío profundo en el corazón de su esposa, sus hijos Juan Francisco y Armindita, y de todos aquellos que tuvimos el privilegio de conocerlo.
Leonardo, o “Leo” como cariñosamente le llamábamos en la familia, fue un hombre de origen guatemalteco, sincero, humilde y sin pretensiones, cuya generosidad y bondad marcaron la vida de quienes lo rodeaban. Lo conocí a los 18 años, recién llegado a Los Ángeles, California, específicamente al Valle de San Fernando, donde él y mi tía Rosy compartían un apartamento con mi tía Arminda Morataya, las dos hermanas de mi madre. Desde entonces, Leo se convirtió en una figura clave en mis primeros años en Estados Unidos, no solo como esposo de mi tía Rosy, sino como un maestro de vida.
Muchas de sus enseñanzas y gestos quedaron grabados en mi memoria:
- Fue con él que descubrí por vez primera la emoción de viajar en un auto convertible.
- Fue con él que recorrí por primera vez las calles, freeways y highways de Los Ángeles, California.
- Fue con él que aprendí que uno mismo podía reparar su propio vehículo.
- Pero, sobre todo, fue con él que comprendí que a veces, la sabiduría está en evitar conflictos innecesarios.
Una anécdota que siempre recordaré ocurrió en Van Nuys, California, donde vivíamos, en la Delano Street. Cada noche, jóvenes del vecindario le robaban el radio de su auto, y al amanecer, los mismos muchachos tocaban a la puerta para vendérselo de nuevo. Leo, con su eterna sonrisa y su acento mexicano, les decía: “No chinguen, ¿otra vez?”, y les daba unos dólares, sabiendo que al día siguiente se repetiría la misma escena. Cuando le pregunté por qué lo hacía, me respondió: “En este barrio mandan los malos, y es mejor evitar problemas.”
Sin saberlo, en esos años fui testigo de lo que después se convertiría en una triste realidad: la extorsión y el control de las pandillas, un mal que más tarde azotaría con crueldad nuestros países de origen en el Triángulo Norte de Centroamérica.
Pero su mayor virtud no fue su paciencia ni su ingenio, sino el amor inquebrantable que le entregó a mi tía Rosy. Durante casi cinco décadas, fueron almas gemelas, compañeros de vida que enfrentaron juntos las alegrías y adversidades, hasta que un fulminante ataque al corazón lo llamó a la presencia de Dios hace un par de días atrás.
Hasta siempre, Leo.
Gracias por su apoyo y comprensión en aquellos años difíciles.
Gracias por el amor que le dio sin condicion a mi tía Rosy.
Gracias por el cuidado, amor y dedicación a sus hijos, mis primos Juan Francisco y Armindita.
Gracias por dejar una huella imborrable en nuestra familia.
Al Señor Jesús le pedimos misericordia para su alma y consuelo para el corazón destrozado de mi tía Rosy, Juan Francisco, Armindita y toda la familia. Que encuentren paz en los recuerdos y en la certeza de que tu legado de amor y humildad permanecerá vivo en nosotros.
En el nombre de Jesús, amén. Hasta la eternidad Leo. Amén.



