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En un mundo marcado por fronteras, conflictos y desigualdades, la Biblia ofrece un mensaje claro sobre el trato hacia los inmigrantes y forasteros: “Amarás al extranjero, porque extranjero fuiste en tierra de Egipto” (Deuteronomio 10:19). Este mandato no es una sugerencia, sino un imperativo divino, arraigado en la propia experiencia del pueblo de Israel y, significativamente, en la vida de Jesús, quien siendo niño fue refugiado en Egipto (Mateo 2:13-15).
Hoy somos testigos de abusos sistemáticos por parte del gobierno de Donald Trump en Estados Unidos. Agentes federales, con rostros cubiertos al más puro estilo de la Gestapo o de regímenes opresores, secuestran personas sin identificación ni órdenes judiciales, basándose en perfiles raciales. Han detenido incluso a ciudadanos latinoamericanos, senadores federales, como es el caso del Senador Alex Padilla y a funcionarios electos.
¿Qué dice la Biblia sobre estos abusos de poder?
Las Escrituras son claras: “El Señor defiende al extranjero y sostiene al huérfano y a la viuda, pero frustra el camino de los impíos” (Salmo 146:9). Cuando la autoridad se corrompe, el pueblo de Dios debe resistir. Jesús no se sometió a los abusos de los gobernantes de su época: volcó las mesas de los cambistas (Juan 2:15) y desenmascaró la hipocresía de quienes usaban la ley para oprimir (Juan 8:7). ¿De qué lado estaría hoy? Sin duda, con los manifestantes que exigen justicia, no con los opresores.
La hipocresía de Trump y el silencio cómplice de una iglesia corrupta
Trump, hijo de inmigrantes (sus padres y abuelos llegaron desde Alemania y Escocia), todas sus eposas son inmigrantes incluyendo a su actual esposa, todos sus hijos son hijos de inmigrantes y, dicho sea de paso, Estados Unidos es un país de inmigrantes, hoy persigue a los mismos que un día fueron como su familia. Condenado por 34 delitos graves y con procesos penales pendientes, no tiene moral para exigir “respeto a la ley”. Sus políticas migratorias son racistas y crueles, violando el mandato bíblico: “No oprimirás al extranjero, porque ustedes fueron extranjeros en Egipto” (Éxodo 23:9).
El deber de la Iglesia: profetizar, no adular al poder
Una iglesia verdadera no bendice tiranías. Denunció a Herodes (Mateo 14:4), desafió a Roma (Hechos 16:37) y hoy debe gritar: ¡Basta! Porque “somos ciudadanos del cielo” (Filipenses 3:20) y nuestra lealtad es a Dios, no a un partido politico ni mucho menos a un tirano. Si callamos, seremos cómplices.
La Biblia y la Hospitalidad Radical
Desde Abraham, que recibió a extraños que resultaron ser ángeles (Génesis 18), hasta las exhortaciones del Nuevo Testamento (“No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos hospedaron ángeles sin saberlo” — Hebreos 13:2), las Escrituras enfatizan la misericordia hacia el desarraigado. Dios incluso estableció leyes en Israel para proteger al extranjero (Éxodo 22:21; Levítico 19:34), recordándoles su propia historia de esclavitud y liberación.
La Traición de una Iglesia que Olvidó su Esencia
Hoy, sin embargo, muchos que se llaman cristianos apoyan políticas crueles contra migrantes, justificando la separación de familias, los centros de detención inhumanos y la retórica xenófoba del gobierno de Donald Trump y sus seguidores. Esta “falsa iglesia nacionalista” ha caído en el engaño del poder temporal, olvidando que “Dios no hace acepción de personas” (Hechos 10:34) y que “la religión pura es visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones” (Santiago 1:27).
Jesús advirtió: “Muchos dirán en aquel día: ‘Señor, Señor’… pero yo les responderé: ‘Nunca os conocí'” (Mateo 7:21-23). ¿Acaso no es esta la realidad de quienes adoran banderas en lugar de la cruz, persiguen al pobre en nombre de la “ley” y bendicen la opresión con versículos sacados de contexto?
El Engaño de los Últimos Tiempos
La Biblia alerta: “Se levantarán falsos cristos y falsos profetas… y engañarán, si fuera posible, aun a los escogidos” (Mateo 24:24). Hoy, líderes religiosos promueven un evangelio distorsionado, mezclando fe con supremacía étnica y desprecio por el sufrimiento ajeno. Pero el verdadero cristianismo no construye muros, sino puentes; no excluye, sino abraza.
Un Llamado a la Conciencia
Frente a la crisis migratoria actual —niños en jaulas, caravanas desesperadas, sueños rotos— la Iglesia debe despertar. Como ya se ha dicho antes: “El migrante es un hermano que llama a nuestra puerta”. Si callamos ante su dolor, traicionamos el corazón de Cristo, quien se identificó con los hambrientos, sedientos y desnudos (Mateo 25:35-40).
Los días del engaño están aquí, pero también los de la resistencia fiel. Que la Iglesia verdadera alce su voz, no por interés político, sino por amor al prójimo. Porque, al final, Dios no preguntará por nuestro nacionalismo, sino por nuestra compasión.
“Porque tuve hambre, y me disteis de comer; fui forastero, y me recibisteis” (Mateo 25:35).



