Getting your Trinity Audio player ready...

Por William Osmar Chamagua

Ver a la Iglesia de Cristo dividida, atrapada en rituales vacíos e indiferente ante el sufrimiento humano, duele profundamente. Hoy, cuando el mundo enfrenta divisiones profundas, violencia, engaño, guerras y abusos de poder, el testimonio de la Iglesia debería ser un faro de unidad y compasión. Como pastor y creyente, no puedo evitar recordar las palabras de Jesús: “Todo reino dividido contra sí mismo no puede permanecer” (Marcos 3:24–25). En la iglesia moderna, esa división no solo se manifiesta en disputas teológicas, sino en la fragmentación de nuestra compasión, en la debilidad de nuestra misión y en el silencio frente a las injusticias que afectan a los más vulnerables.

Una Era de Confusión y Fragmentación

Vivimos en tiempos donde las doctrinas bíblicas se han convertido en armas de discordia, en tiempos cuando las agendas políticas manipulan la fe para justificar exclusiones sociales, racismo y todo tipo de violencia física, psicológica, emocional y espiritual, y donde la neutralidad frente al dolor ajeno se disfraza de “equilibrio espiritual”. Mientras el mundo clama y grita pidiendo justicia, muchos cristianos debaten sobre métodos, ritos y tradiciones, poder eclesiástico o alianzas con gobiernos, olvidando que “la religión pura y sin mancha delante de Dios nuestro Padre es ésta: atender a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, y guardarse sin mancha del mundo” (Santiago 1:27).

Las estadísticas son abrumadoras: mientras millones huyen de guerras, hambre y violencia, algunas iglesias prefieren cerrar puertas antes que arriesgarse a ser “controversiales”. Mientras los pobres son explotados, muchos sermones evaden el llamado profético de “defended al débil y al huérfano; haced justicia al afligido y al menesteroso” (Salmo 82:3).

La Justicia de Dios: Un Lenguaje Universal

A pesar de nuestras diferencias denominacionales, hay un lenguaje que todos entendemos: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12:31). La justicia de Dios no es de izquierda ni de derecha; es un mandato claro que trasciende ideologías politicas o religiones del mundo. Isaías 1:17 nos recuerda: “Aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, defended al huérfano, amparad a la viuda”.

En un mundo donde la desigualdad crece y la fe se usa para justificar el silencio, ¿dónde está la Iglesia que Jesús soñó? Aquella que no teme “hablar verdad al poder” como Juan el Bautista, que no se avergüenza de caminar con los marginados como Jesús, y que entiende que “la fe sin obras está muerta” (Santiago 2:17).

Volver a la Misión Original: Ser Sal y Luz

Jesús no nos llamó a construir fortalezas religiosas, sino a ser “sal de la tierra” y “luz del mundo” (Mateo 5:13–14). La sal no sirve si no sazona; la luz no alumbra si se esconde. Hoy más que nunca, necesitamos:

  • Defender al oprimido, sin importar si su dolor es conveniente para nuestra teología.
  • Hablar verdad al poder, recordando que nuestra lealtad es al Reino, no a ningún partido político.
  • Caminar con el necesitado, porque “en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40).

Un Llamado a la Unidad en el Amor

La división nos debilita, pero el amor nos une. Pablo nos exhorta: “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo” (Gálatas 6:2). No es tiempo de neutralidad, sino de acción compasiva; no de rituales sin corazón, sino de fe que transforma.

Que el Espíritu nos guíe a ser una Iglesia que refleje a Cristo: valiente, compasiva y unida en su misión. Porque al final, “en esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor los unos por los otros” (Juan 13:35).

¿Estamos dispuestos a ser esa Iglesia?

#IglesiaUnida #JusticiaYAmor #SalYLuz #FeQueActúa]

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *