Estados Unidos: ¿El nuevo “Estado bananero”? De la promesa de libertad a la sombra del autoritarismo

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Por William OSmar Chamagua

Nací en el departamento de Usulután, en El Salvador, durante las décadas en las que el “Pulgarcito de América” estuvo bajo la bota militar. Mi infancia y adolescencia transcurrieron bajo gobiernos militares y fascistas, en un país donde, como alguna vez cantó José Alfredo Jiménez, “la vida no vale nada”. Se necesitó una guerra civil que cobró la vida de aproximadamente 100,000 personas para sacudirse aquel yugo opresor. Sin embargo, décadas después, aunque la democracia llegó “formalmente” a El Salvador y a gran parte de América Latina, la corrupción, el abuso de poder y el autoritarismo disfrazado de legalidad siguen siendo una constante.

Lo extraordinario hoy no es la vieja historia de represión y desigualdad que ha marcado a nuestra región, sino que ahora es Estados Unidos, el autoproclamado “faro de la libertad”, el que parece estar importando los peores vicios de los regímenes que alguna vez denunció.

De la Estatua de la Libertad al autoritarismo creciente

La Estatua de la Libertad, símbolo de esperanza para millones de migrantes, lleva inscrito: “Dadme a vuestros cansados, a vuestros pobres, a vuestras masas hacinadas que anhelan respirar libres”. Sin embargo, en los últimos años, Estados Unidos ha dado un giro preocupante: en lugar de exportar democracia, parece estar importando prácticas propias de regímenes autoritarios.

La persecución política, el debilitamiento del habeas corpus, los ataques a la prensa libre y el intento de socavar derechos constitucionales como la ciudadanía por nacimiento (garantizada por la Enmienda 14) son señales alarmantes. Hoy, criticar al presidente puede costarle a un ciudadano su empleo, su libertad o convertirlo en blanco de represalias. Decenas de miles de funcionarios públicos han sido despedidos por razones políticas, violando el derecho a la libre expresión y asociación, pilares de la democracia estadounidense.

Un déjà vu peligroso: América Latina como espejo

Quienes crecimos bajo dictaduras militares en América Latina reconocemos las señales: la retórica divisiva, el ataque a los medios independientes, la militarización de la política y el uso del sistema judicial como arma contra opositores. Lo que antes veíamos en países gobernados por caudillos hoy ocurre en Washington.

En El Salvador, Guatemala, Chile o Argentina, los regímenes autoritarios justificaban sus acciones en nombre de la “seguridad nacional” o el “orden”. Hoy, en Estados Unidos, se escuchan argumentos similares: “Son enemigos del pueblo”, “Hay que limpiar el gobierno”, “La prensa es fake news”. La polarización extrema y la erosión de las instituciones son síntomas de una democracia enferma, y la historia nos ha enseñado que, una vez que se normaliza la represión, el camino de regreso es largo y doloroso.

¿Hacia dónde va Estados Unidos?

Muchos en América Latina ya hemos recorrido este camino. Sabemos cómo termina: con sociedades fracturadas, economías debilitadas y generaciones marcadas por el miedo y la desconfianza. Lo que ocurre hoy en Estados Unidos no es solo una crisis política local; es una amenaza global. Cuando la principal potencia democrática del mundo comienza a imitar los peores rasgos de los regímenes que alguna vez combatió, el mensaje que envía es devastador.

La pregunta no es si Estados Unidos se convertirá en un “Estado bananero”, sino cuánto daño sufrirá su democracia antes de que la sociedad reaccione. Y, sobre todo, cuánto daño causará al mundo en el proceso.

La libertad no se pierde de un día para otro. Se erosiona paso a paso, mientras muchos miran hacia otro lado.

William Osmar Chamagua es un Pastor y escritor salvadoreño, exiliado del conflicto armado en El Salvador. Reside en Estados Unidos desde hace 45 años.

Nota del autor: Este artículo refleja la opinión del autor y ha sido verificado con datos históricos sobre la represión en América Latina y las recientes medidas políticas en EE.UU. que han sido documentadas por organizaciones como ACLU, Amnesty International y el Comité para la Protección de Periodistas (CPJ).

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