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La Escritura afirma que la Palabra de Dios es Espíritu, porque Dios mismo es Espíritu (Juan capítulo 4 verso 24). Su Palabra, por tanto, no puede ser comprendida únicamente desde una perspectiva humana o carnal; requiere discernimiento espiritual para ser entendida y aplicada correctamente. El apóstol Pablo lo expresa claramente en 1 Corintios Capítulo 2 verso 14: \”Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.\”
A lo largo de más de tres décadas en el ministerio, he observado que la mayoría de las personas que comienzan su carrera en el evangelio terminan abandonándola. Las razones de este abandono son variadas y a menudo triviales, desde el desánimo, las presiones de la vida diaria, hasta cuestiones tan simples como no haber estado de acuerdo con lo que el pastor predicó un domingo en particular. Esta realidad es una muestra de la lucha constante que existe entre lo espiritual y lo carnal.
Hablar de las cosas espirituales a un pueblo que está más enfocado en lo terrenal —es decir, aquellos que viven bajo el dominio de los deseos y preocupaciones de esta vida, en lugar de las realidades eternas— es como \”arar en el mar\”. No importa cuán profunda o reveladora sea la Palabra de Dios; si el corazón de la persona está endurecido por una mentalidad carnal, no habrá transformación genuina. Es como sembrar semillas en un suelo lleno de piedras: el potencial para el crecimiento está allí, pero el terreno no permite que las raíces se profundicen.
Un ejemplo de esto lo vemos en las palabras de Jesús cuando enseñó sobre el sembrador (Mateo capítulo 13 versos 1 al 23). Él describió cómo la misma semilla —la Palabra de Dios— caía en diferentes tipos de terreno: algunos duros, otros rocosos, algunos entre espinos y algunos en buena tierra. Solo la semilla que cayó en buena tierra produjo fruto, mientras que la que cayó en los otros terrenos fue sofocada, robada o no pudo crecer debido a la dureza del suelo. Del mismo modo, en la vida de muchos creyentes, la semilla del evangelio no prospera porque está siendo ahogada por las distracciones, las preocupaciones terrenales y la falta de un compromiso sincero.
Jesús también ilustró esta realidad en el episodio de la higuera estéril (Marcos capítulo 11 verso 12 al 14). Aunque el árbol estaba lleno de hojas, no tenía fruto, y fue maldecido por su inutilidad. Este es un poderoso símbolo de la vida de muchos cristianos que, aunque parecen externamente comprometidos —llenos de \”hojas\” de actividades religiosas, asistiendo a los servicios, sirviendo en algún ministerio—, en realidad no están produciendo el fruto espiritual que Dios espera. El corazón endurecido, lleno de ocupaciones mundanas, no da fruto, y esto, a la larga, puede llevar a una condena espiritual.
El abandono de la carrera del evangelio a menudo se debe a una falta de madurez espiritual. Como dice Pablo en 1 Corintios capítulo 3 verso 1 al 3, muchos siguen siendo \”niños en Cristo\”, incapaces de digerir las cosas profundas de Dios porque siguen aferrados a lo carnal. En lugar de avanzar hacia una vida transformada, se estancan en los deseos del mundo, el resentimiento, las quejas y las ofensas. Por ejemplo, alguien puede dejar de congregarse simplemente porque no estuvo de acuerdo con una corrección pastoral o porque no se cumplió una expectativa personal. Este tipo de actitud refleja una perspectiva terrenal y no una comprensión espiritual de la obra que Dios quiere hacer en su vida.
Para evitar este tipo de estancamiento espiritual, es necesario que cada creyente examine continuamente su corazón y su disposición a recibir la Palabra de Dios. La madurez espiritual no se alcanza sin esfuerzo; requiere perseverancia, oración, estudio de las Escrituras, y sobre todo, una mente renovada (Romanos capítulo 12 verso 2) que esté dispuesta a someterse a la voluntad de Dios, aunque ésta no siempre coincida con nuestros deseos personales. Como el agricultor que trabaja pacientemente la tierra, debemos permitir que Dios remueva las piedras, arranque las malas hierbas y ablande el terreno de nuestro corazón, para que la semilla de su Palabra pueda dar fruto abundante.
La clave para perseverar en la carrera del evangelio no radica solo en oír la Palabra, sino en permitir que transforme nuestro corazón y mente. Solo así podremos dar el fruto que Dios espera y evitar el destino de la higuera que, a pesar de su apariencia, no cumplió con su propósito.
La Naturaleza del Pueblo Carnal
El pueblo carnal es aquel que vive según los deseos de la carne, ignorando o rechazando la dirección del Espíritu Santo. Pablo describe a los creyentes carnales en 1 Corintios capítulo 3 versos 1 al 3, diciendo que no les pudo hablar como a espirituales, sino como a carnales, \”como a niños en Cristo\”, porque aún no estaban listos para recibir enseñanzas más profundas. Estas personas no pueden recibir revelación espiritual genuina hasta que sus corazones y mentes sean transformados.
La carne no puede producir fruto espiritual. Solo una vida guiada por el Espíritu puede producir el fruto que Dios desea: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, y templanza (Gálatas capítulo 5 versos 22 y 23). Sin una transformación del corazón y la mente, las personas no pueden cumplir el propósito de Dios ni responder correctamente a Su Palabra.
El Desafío: ¿Cómo Convertir a un Pueblo Carnal en un Pueblo Espiritual?
La transformación de un pueblo carnal en un pueblo espiritual es un proceso que solo puede ser obra del Espíritu Santo. Aquí hay algunos pasos clave que la iglesia puede seguir para fomentar esta transformación:
1. La Predicación del Evangelio con Poder Espiritual
La Palabra de Dios no es simplemente información; es poder. Hebreos capítulo 4 verso 12 dice que la Palabra es \”viva y eficaz\”, capaz de penetrar el alma y el espíritu. Predicar el Evangelio bajo la unción del Espíritu Santo es crucial para que los corazones endurecidos se abran a la verdad. Sin la obra del Espíritu, nuestras palabras son vacías, pero con Él, son herramientas poderosas de transformación.
2. Oración y Ayuno por la Transformación
Es vital orar fervientemente para que Dios ablande los corazones de las personas. Solo el Espíritu Santo puede traer convicción de pecado (Juan capítulo 16 verso 8) y abrir los ojos de los espiritualmente ciegos. Jesús nos enseñó que hay ciertos desafíos espirituales que solo pueden ser superados mediante la oración y el ayuno (Mateo capítulo 17 verso 21). La oración intercesora es fundamental para romper las cadenas que atan al pueblo a la carnalidad.
3. Enseñanza de la Verdad en el Espíritu
Es necesario enseñar la Palabra de Dios con claridad y en el poder del Espíritu Santo. La enseñanza profunda y sólida no solo debe informar, sino transformar. La verdad de Dios debe ser presentada de tal manera que la gente sea confrontada con su necesidad de cambio, de rendir su vida completamente al Señor. Juan capítulo 8 verso 32 nos dice: \”Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres\”. Esta libertad es el resultado de una verdadera transformación espiritual.
4. Discipulado Intencional y Relaciones de Rendición de Cuentas
El discipulado es clave para transformar a los carnales en espirituales. Jesús nos mandó a hacer discípulos, no solo a hacer conversos (Mateo capítulo 28 versos 19 al 20). El discipulado intencional, que involucra caminar con los creyentes en sus luchas, ayudarles a entender la Palabra y a rendir sus vidas al Señor, es fundamental. Las relaciones de rendición de cuentas también ayudan a los creyentes a mantener su enfoque espiritual.
5. Dependencia del Espíritu Santo
La transformación espiritual es imposible sin la obra directa del Espíritu Santo en la vida del creyente. Jesús mismo dijo: \”El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha\” (Juan capítulo 6 verso 63). Por lo tanto, como iglesia, debemos depender completamente del Espíritu para hacer Su obra en los corazones. Nuestra responsabilidad es predicar, enseñar y orar, pero es el Espíritu quien lleva a cabo la verdadera conversión y transformación.
Conclusión
Convertir a un pueblo carnal en un pueblo espiritual no es algo que podamos lograr con nuestros propios esfuerzos o habilidades humanas. Es una obra sobrenatural del Espíritu Santo que se lleva a cabo a través de la Palabra de Dios, la oración ferviente, el discipulado comprometido y la predicación ungida. Cuando permitimos que el Espíritu obre, Él ablanda corazones, abre ojos espirituales y produce el fruto que Dios espera.
Solo entonces, las revelaciones divinas pueden ser recibidas con corazones abiertos, produciendo una cosecha abundante de fruto espiritual que glorifica a Dios y avanza Su Reino.



