Vivimos en tiempos peligrosos; sin embargo, muchos no logran percibirlo porque la vida transcurre como en cámara lenta. La carne nos mantiene distraídos mientras la eternidad se aproxima. Al igual que en los días de Noé, las personas se centran únicamente en el placer, ignorando a Dios. Nuestra naturaleza carnal nos ciega, dificultando que escuchemos al Espíritu. Mientras tanto, nuestros hijos están siendo moldeados por el mundo. Es hora de despertar, crucificar la carne y regresar a Dios antes de que sea demasiado tarde.
En sueños y en visiones, he sido llevado al Paraíso; allí he visto al Señor Jesucristo, y también he visto a Satanás —por extraño que esto pueda parecerles (2 Corintios 12:2-4). He sido llevado en sueños al Abismo y, de igual modo, he sido llevado al Infierno (Apocalipsis 20:1-3). Pero nunca antes había sido llevado a lo que llamaré “EL CENTRO DE OPERACIONES DE LA MUERTE”.
Resulta que la Muerte —la cual es también un espíritu maligno, pues “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23)— tiene su propio lugar desde el cual opera, y este no es el Infierno. El Infierno es la prisión a la que lleva a los condenados (Apocalipsis 20:14-15), pero su centro de operaciones se encuentra en otro lugar. Fue precisamente a este lugar a donde el Señor Jesucristo permitió que Su Santo Espíritu me llevara el pasado jueves 9 de abril de 2026. Y es precisamente sobre lo que allí aconteció de lo que les hablaré esta noche.
Job 12:10 – “En Su mano está la vida de todo ser viviente, y el espíritu de toda la humanidad”.
La vida y la muerte no son cuestiones de azar; Dios ejerce el control supremo.