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La misión central de la iglesia, el propósito por el cual Cristo murió y resucitó, se resume en un mandato claro: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado será salvo; mas el que no creyere será condenado” (Marcos capítulo 16 versos 15 y 16). Este es el llamado supremo y el enfoque central de la iglesia: la proclamación de las buenas nuevas de salvación para que todos puedan conocer a Cristo.

Pero la pregunta es: ¿Cómo lo hacemos, cómo lo logramos?

Para cumplir con este mandato, el Señor ha instituido los cinco ministerios fundamentales: el apóstol, el profeta, el evangelista, el pastor y el maestro (Efesios capítulo 4 verso 11). Cada uno de estos ministerios está diseñado para edificar el cuerpo de Cristo y para equipar a los santos en la obra del ministerio, “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios” (Efesios capítulo 4 verso 13). Así, la misión de la iglesia se centra en ganar almas para el Reino de Dios y en dar testimonio de la salvación.

Un Llamado a la Madurez Espiritual

Sin embargo, a menudo, nuestra falta de comprensión y compromiso con esta misión causa que la iglesia se debilite. La palabra de Dios nos amonesta, “Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido” (Hebreos capítulo 5 verso 12). Dios nos llama a crecer espiritualmente, a madurar en nuestra fe y a estar preparados para compartirla con otros, no solo dentro de la iglesia, sino en cada lugar donde nos encontremos.

Cada Hogar como Centro de Evangelización

En la práctica, cada creyente, cada familia y cada hogar deberían ser centros de formación bíblica y espiritual. “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él” (Proverbios capítulo 22 verso 6). Como creyentes, estamos llamados a compartir y enseñar la Palabra a todos aquellos dentro de nuestro círculo de influencia, comenzando con nuestros propios hogares. Cada hogar debería ser una iglesia doméstica, un santuario donde se practique y se predique el evangelio.

En el libro de los Hechos, específicamente en Hechos capitulo 5 verso 42 leemos:

\”Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo.\”

Este versículo muestra cómo los apóstoles y los primeros creyentes no limitaban su enseñanza y predicación al templo, sino que también lo hacían en las casas, diariamente y sin cesar. Esta práctica de reunir a los creyentes en hogares para enseñar y edificar espiritualmente se convirtió en una parte fundamental de la iglesia primitiva. Además, refleja la importancia de la continuidad y la dedicación en la enseñanza de la Palabra, algo que también nos inspira hoy a llevar el mensaje de Cristo no sólo en los lugares de adoración, sino también en cada espacio de la vida cotidiana.

La Escritura establece este patrón en Deuteronomio capítulo 6 versos 6 y 7: “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.” Así como cada padre es el pastor de su hogar, cada familia debe convertirse en una casa de profetas, evangelistas y maestros para alcanzar el mundo que le rodea. Debemos multiplicarnos, avanzar y conquistar territorio para el Reino de Dios.

El Ejemplo de Jabes: Orar por Expansión

Como Jabes oró, debemos pedir al Señor que ensanche nuestro territorio: “Oh, si me dieras bendición, y ensancharas mi territorio…” (1 Crónicas capítulo 4 verso 10). Sin embargo, debemos recordar que Dios no expandirá nuestro territorio si no avanzamos, si no luchamos en las batallas de la fe. No recibiremos la tierra prometida si nos paralizamos ante el temor y dudamos de la capacidad de Dios para darnos la victoria. Como los diez espías que fueron derrotados por su incredulidad (Números capítulo 13 versos 31 al 33), también podemos perder la oportunidad de recibir lo que Dios tiene para nosotros si no confiamos plenamente en Él.

El Valor de Josué, Caleb y David

La iglesia necesita la fe y el valor de Josué y Caleb, quienes declararon: “Subamos luego, y tomemos posesión de ella; porque más podremos nosotros que ellos” (Números capítulo 13 verso 30). Asimismo, debemos recordar el ejemplo de David, quien enfrentó a Goliat con la certeza de que la batalla pertenece a Dios: “Tú vienes a mí con espada, y lanza, y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel” (Primera de Samuel capítulo 17 verso 45). Esta valentía y confianza en el poder de Dios nos llama a ir al mundo con la misma convicción y a predicar el evangelio sin temor.

Conclusión

Dios nos ha dado una misión clara: ser luz en el mundo y compartir el mensaje de salvación. Cada uno de nosotros es llamado a desempeñar un papel en esta gran comisión, y todos debemos crecer espiritualmente para ser instrumentos útiles en las manos de Dios. “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” (Segunda de Timoteo capítulo 1 verso 7). Es tiempo de avanzar, de conquistar, y de llevar el evangelio a toda criatura.