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Todos los días, en muchos medios de información —y, lamentablemente, también de desinformación— escuchamos sobre nuevos virus y enfermedades con el potencial de convertirse en nuevas pandemias en todo el mundo. Habiendo salido recientemente de una pandemia, podemos comprender con claridad que esto es sinónimo de millones de muertes, dolor y confinamiento por doquier.
Sin embargo, aunque todo esto parece ser reciente, no lo es así. Desde hace milenios, la Biblia nos viene advirtiendo acerca de estas cosas, y hoy nos acercamos a la Palabra de Dios para reflexionar sobre este tema, que aparece reiteradamente en las Escrituras como una advertencia y una señal de los últimos tiempos: las pestes.
En el Evangelio de Mateo, capítulo 24, versículo 7, nuestro Señor Jesucristo declara con claridad:
“Y habrá hambre, y pestes, y terremotos en diferentes lugares”.
Este pasaje nos habla de los eventos que ocurrirán antes de la segunda venida de Cristo. Las “pestes” se refieren a epidemias o enfermedades que afectarán a la humanidad, y Jesús las presenta como parte del “principio de dolores” (Mateo 24 verso 8). En otras palabras, son signos que anuncian que la historia de la humanidad se está encaminando hacia un desenlace definitivo en el plan de Dios. Veamos cómo se manifiestan estas señales en nuestro mundo actual y, sobre todo, cómo debemos reaccionar ante ellas como discípulos de Jesucristo.
Las pestes en la realidad actual
a) Pandemias y enfermedades emergentes
En los últimos años, hemos presenciado el impacto global de grandes epidemias. El ejemplo más claro y cercano ha sido la pandemia de COVID-19, la cual sacudió nuestras estructuras sociales, sanitarias y económicas. Hemos visto cómo un virus puede propagarse en todo el mundo en cuestión de meses, debido a la gran interconexión entre países y continentes.
Al margen del COVID-19, seguimos enfrentando brotes de otras enfermedades, como el Ébola en ciertas regiones de África, la gripe aviar o el Zika; además de esto, recientemente las noticias en el mundo anuncian el nuevo virus HMPV proveniente una vez más de China. Cada una de ellas nos recuerda cuán vulnerables somos los seres humanos ante la aparición de nuevas cepas y patógenos.
b) El descongelamiento de los polos y posibles virus antiguos
Un tema que ha cobrado relevancia en las últimas décadas es el derretimiento de los casquetes polares y el permafrost (el suelo permanentemente helado en regiones como Siberia o Alaska). Debido al calentamiento global, ese hielo milenario comienza a descongelarse, liberando potencialmente microorganismos que han permanecido inactivos durante miles de años.
Científicos de distintas partes del mundo advierten sobre la posibilidad de que virus y bacterias muy antiguos salgan a flote y, al encontrar un ambiente propicio, puedan propagarse entre la población. Aunque esto no es un hecho consumado, sí es un riesgo que nos recuerda que la naturaleza, en su inmensidad, sigue teniendo misterios que la humanidad apenas empieza a descubrir.
2. Una lectura bíblica y espiritual de las pestes
Cuando escuchamos estas noticias o leemos los informes científicos, podemos sentir temor o ansiedad. Sin embargo, el propósito de la profecía bíblica no es generar pánico, sino llamar a la vigilancia y a la preparación. Nuestro Señor Jesús no solo advirtió acerca de las pestes; también nos enseña en el mismo Mateo 24 verso 6:
“Mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin”.
Esto nos recuerda que, aunque las pestes y otras calamidades son reales y dolorosas, no debemos dejarnos dominar por el miedo. Cristo ha vencido al mundo (Juan 16 verso 33) y, en Él, tenemos la victoria y la paz que sobrepasa todo entendimiento.
3. ¿Cómo debemos reaccionar los creyentes ante estas señales?
- Manteniendo la esperanza en Cristo
La primera reacción del creyente no es el pánico, sino la esperanza firme en la autoridad de nuestro Señor. Él tiene poder sobre toda enfermedad y toda circunstancia. Las plagas y pestes, que a veces escapan al control humano, no escapan al control divino. - Orando y buscando la dirección de Dios
En vez de dejarnos llevar por el temor, debemos llevar todas nuestras inquietudes al Señor en oración. Cuando oramos, nos rendimos a Dios y reconocemos que solo Él tiene el control absoluto. Oramos por la sanidad de los enfermos, por la protección de nuestras comunidades y por la guía de los líderes que toman decisiones en medio de las crisis. - Practicando la prudencia y la responsabilidad
Como creyentes, no debemos caer en la imprudencia o en el desprecio de las medidas de salud y protección. Al contrario, debemos ser ejemplo de responsabilidad y cuidado mutuo. El Señor nos llama a amar al prójimo (Marcos 12 verso 31). Proteger nuestra salud y la de los demás es parte de ese amor. - Anunciando el evangelio y proclamando la esperanza
Las señales de los tiempos también nos recuerdan la urgencia de anunciar el mensaje de salvación. En un mundo lleno de incertidumbre, la gente busca respuestas y esperanza. ¿Quién mejor que la Iglesia de Cristo para proclamar la buena noticia de la vida eterna y la reconciliación con Dios? - Cuidando la creación de Dios
Muchos problemas ecológicos, como el derretimiento de los polos, están relacionados con la administración irresponsable de los recursos de la tierra. Como cristianos, reconocemos que la tierra es creación de Dios y Él nos ha puesto como mayordomos (Génesis 1 verso 28). Debemos ser conscientes y responsables en el cuidado del medio ambiente, participando en soluciones que ayuden a frenar el deterioro que causa efectos colaterales, incluso el surgimiento de nuevas enfermedades.
4. Conclusión: Fe y esperanza en medio de las señales
Las pestes y desastres naturales señalados en Mateo 24 no son una novedad; han estado presentes a lo largo de la historia humana y se han intensificado en ciertos momentos. No obstante, cada vez que vemos una crisis sanitaria o un fenómeno que nos sacude, podemos recordar las palabras de Jesús: “No temáis; estas cosas tienen que suceder, pero el fin no es todavía”.
En lugar de rendirnos al miedo, pongamos nuestra mirada en Cristo, quien prometió volver por segunda vez para establecer Su Reino de justicia y paz. Mientras tanto, vivamos de manera santa, confiando en Su gracia y recordando que cada uno de nosotros tiene un papel en Su plan. Si hay alguna lección que aprender de las pestes y las amenazas actuales, es la necesidad de volver el corazón a Dios, depender de Él en todo momento, amar al prójimo y compartir el mensaje de salvación.
Que el Señor nos fortalezca, nos llene de Su esperanza y nos ayude a mantenernos firmes en la fe, aun cuando el mundo se estremezca ante los eventos profetizados. Recordemos que “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones” (Salmo 46 verso 1). En Él confiamos hoy y siempre.
¡Amén!



