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Este pequeño artículo surge del hecho de que con frecuencia se me plantean preguntas sobre mi fe desde una perspectiva atea. Esto me ha motivado a escribir este breve ensayo, no con la intención de cambiar la forma de pensar de nadie, sino con el deseo sincero de fomentar el respeto mutuo.
Al final del día, como solía decir mi abuelita: “Ya todos estamos grandecitos para tomar nuestras propias decisiones y elegir el camino que queremos seguir en la vida”.
Entiendo que los temas espirituales y, en particular, los temas bíblicos, puedan herir sensibilidades u ofender a quienes, por razones personales, han elegido el camino del ateísmo. Sin embargo, encuentro paradójico que, en muchos casos, las personas se sientan aludidas solo ante la perspectiva de la teología cristiana y no tanto desde el budismo, el islam o cualquier otra religión.
Mi perspectiva acerca de la Biblia y de Dios es la de alguien que, aun sin poder demostrar la existencia divina de la misma forma en que se demuestra un hecho científico (medible, observable o reproducible), elige mantener su fe en Jesucristo por convicción personal y por la historia que lo respalda. Con todo respeto, considero que la Biblia no solo funciona como documento histórico y literario —pensemos en libros como Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés o el Cantar de los Cantares—, sino que también recopila sabiduría, valores y enseñanzas que han sido fundamentales para innumerables culturas a lo largo de la historia.
Comprendo que, para una persona con una visión incrédula o arraigada en el ateísmo, resulte difícil aceptar la idea de un Ser supremo o de la inspiración divina de la Biblia. Sin embargo, creo que sí podemos coincidir en que este texto ha influido fuertemente en la ética, la moral y la visión del mundo de muchas sociedades, y que en sus páginas se encuentran principios universales (como la justicia, el amor al prójimo o la honestidad) que siguen siendo útiles, independientemente de la postura religiosa de cada quien.
Para mí, creer en Dios no se reduce a una demostración científica de su existencia, sino que también abarca la experiencia personal, el sentido de trascendencia y la espiritualidad. El tema de nuestro Señor y Salvador trasciende lo puramente racional y, desde mi perspectiva, otorga a la vida un sentido más profundo. Entiendo que no todos comparten esta postura, pero pienso que, aunque no coincidamos en todo, podemos hallar puntos de diálogo y respeto mutuo.



