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Crecí leyendo en la escuela primaria un libro llamado Escuela Para Todos. Me encantaba cada cuento, cada historia, cada enseñanza; tanto así que, hasta el día de hoy, ya siendo un hombre adulto, sigo llevando en mi corazón todas aquellas lecturas.
Uno de aquellos cuentos narraba la historia de una mujer adulta, extremadamente pobre, casada y terca hasta la coronilla. Un día, llegando al final de todas sus escasas posesiones materiales, la historia contaba que lo único que le quedaba a ella y a su esposo era un huevo. Su marido, al igual que ella, encontrándose al final del camino y sabiendo que no había más, le hizo la siguiente propuesta:
—Partamos el huevo por la mitad: una mitad para ti y la otra mitad para mí. Y, después de comerlo, nos morimos.
Al escuchar aquello, la terca mujer alzó la voz y dijo:
—¡Ni Dios lo quiera! O me das todo el huevo o me mueroooo…
El marido, tratando de hacer un último intento sobrenatural para que aquella mujer entendiera, le respondió:
—Bueno, si no quieres la mitad del huevo, muérete.
Inmediatamente, la mujer se dejó caer al piso y fingió morir. Después de varios intentos por convencerla de que se levantara, el marido la recogió en sus brazos y la llevó a la cama. Sin embargo, la terca mujer seguía inerte después de varias horas, fingiendo estar muerta. Ante esto, el marido le dijo:
—Si no te levantas, voy a llamar a la funeraria para que te metan en un ataúd y te velen.
Abriendo un solo ojo, la mujer le preguntó:
—¿Me vas a dar todo el huevo?
—No —le respondió el marido.
—Entonces, ordena el ataúd —dijo la mujer.
Llegó la funeraria, llevaron el ataúd, la metieron en él, y acto seguido se regó la noticia de que la terca mujer había muerto y sería velada esa noche. Poco a poco, la gente del pueblo comenzó a enterarse y, poco a poco, empezaron a llegar a la casa para acompañar al marido en su “dolor”.
A medida que avanzaba la noche, el pueblo se reunió en la velación, sin terminar de creer que la terca mujer realmente había muerto. Ya casi al amanecer, el marido, consternado y avergonzado por toda aquella falsa situación, se acercó al oído de la mujer y le dijo:
—Mujer, no seas terca, levántate, porque si no te levantas pronto, te llevaremos al cementerio para enterrarte.
La mujer, abriendo levemente un ojo y susurrando al oído del marido, le preguntó:
—¿Me darás todo el huevo?
—No —respondió el marido—. Te daré la mitad.
En voz baja, ella respondió:
—Entonces, llévame al cementerio y entiérrame.
Un par de horas después, se prepararon para el entierro. Con el ataúd sobre los hombros de cuatro hombres, salieron en procesión, acompañados por una multitud. Dieron con ella una última vuelta por las calles del pueblo y pronto llegaron al lugar donde la tumba había sido cavada. Bajaron el ataúd, lo colocaron sobre el agujero y, lentamente, lo descendieron hasta el fondo de la tumba.
Cuando finalmente el ataúd reposó, el marido bajó al hoyo, se acercó al oído de la mujer y le dijo por última vez:
—Mujer, no seas terca. Levántate o te echaremos tierra. Es tu última oportunidad.
La mujer, de nuevo abriendo levemente un ojo y susurrando al oído del marido, le preguntó una última vez:
—¿Me darás todo el huevo?
El marido, frente a la terquedad de la mujer y sabiendo que estaba a punto de ser enterrada, le gritó:
—¡Sí, está bien, mujer terca! Quédate con todo el huevo.
Al oír aquello, la mujer saltó del ataúd, y la multitud, despavorida, salió huyendo como almas que lleva el diablo de aquel cementerio.
La terquedad es una característica innata del ser humano que, si no es dominada, puede llevarnos a tomar decisiones erradas y hasta fatales y, si no le ponemos cuidado, a experimentar dolores innecesarios. Como seres humanos, tenemos la tendencia de querer aprender por medio de nuestros propios errores, cuando lo sabio sería aprender de los errores de los demás. Proverbios 12 verso 15 dice: “El camino del necio es recto en su propia opinión, pero el sabio escucha consejos.”
La arrogancia humana nos hace rechazar los consejos de otros, especialmente de aquellos con experiencia y madurez espiritual. No nos gusta ser exhortados ni corregidos, y esta actitud puede llevarnos al fracaso y a un distanciamiento de la verdad. Sin embargo, la Escritura nos exhorta continuamente a buscar la sabiduría, la obediencia y el arrepentimiento.
El Trabajo Pastoral: Exhortar y No Cansarse de Hacer el Bien
El apóstol Pablo instruyó a Timoteo sobre la importancia de la exhortación en el ministerio. En segunda de Timoteo 4 verso 2, le dijo: “Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina.” Esta tarea es parte esencial del llamado pastoral y un acto de amor hacia el prójimo.
Además, Gálatas 6 verso 9 nos recuerda: “No nos cansemos, pues, de hacer el bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos.” La exhortación, aunque muchas veces incómoda, es un bien que edifica y guía a otros por el camino correcto.
Exhortaciones Bíblicas al Arrepentimiento y la Obediencia
Arrepentirse de la terquedad y buscar la verdad:
- “Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano.” (Isaías 55 verso 6)
- “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.” (Mateo 4 verso 17)
- “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.” (Proverbios 28 verso 13)
La importancia de escuchar consejos:
- “Donde no hay buen consejo, el pueblo cae, pero en la abundancia de consejeros está la victoria.” (Proverbios 11 verso 14)
- “El que ama la instrucción ama la sabiduría; mas el que aborrece la reprensión es ignorante.” (Proverbios 12 verso 1)
La obediencia como prueba de amor y sabiduría:
- “Si me amáis, guardad mis mandamientos.” (Juan 14 verso 15)
- “Bienaventurado el hombre que halla la sabiduría, y que obtiene la inteligencia.” (Proverbios 3 verso 13)
El peligro de endurecer el corazón:
- “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón.” (Hebreos 3 verso 15)
- “El hombre que reprendido endurece la cerviz, de repente será quebrantado, y no habrá para él medicina.” (Proverbios 29 verso 1)
La terquedad nos aleja de Dios, pero la humildad de aceptar consejos y exhortaciones nos lleva al arrepentimiento y al camino de la verdad. La Biblia nos llama a buscar la sabiduría como a un tesoro precioso y a no soltarla. Proverbios 4 verso 7 dice: “Sabiduría ante todo; adquiere sabiduría; y sobre todas tus posesiones adquiere inteligencia.”
Como iglesia y como individuos, debemos aprender a escuchar, aceptar la corrección y permitir que el Espíritu Santo transforme nuestro corazón. No hay mayor libertad que vivir en obediencia a la verdad de Dios.



