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Hermanas y hermanos, en estos días que vivimos somos testigos de  cómo nuestras  comunidades, iglesias y familias en los Estados Unidos atraviesan tiempos difíciles a raíz del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca tras las elecciones de noviembre de 2024. Lastimosamente es un hecho ampliamente reconocido que su triunfo fue impulsado, en gran medida, por el respaldo de una porción significativa de la llamada “iglesia evangélica blanca y nacionalista” y ademas, ironicamente, por una muy amplia cantidad de latinoamericanos. Este acontecimiento pone de relieve una profunda contradicción: ¿cómo es posible que un grupo que se identifica como cristiano apoye a un líder cuya retórica y acciones se han caracterizado por una marcada hostilidad hacia los más vulnerables, incluidos los inmigrantes indocumentados? ¿Qué sucede con el mandamiento bíblico de amar al prójimo como a nosotros mismos?

La Escritura nos confronta con el ideal divino de la justicia y la misericordia: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39) y “Haz con los demás todo lo que quieras que te hagan a ti” (Mateo 7:12). Estas palabras de Jesús son claras y contundentes, y no dejan espacio para excusas que justifiquen el desprecio o la opresión contra otro ser humano, independientemente de su origen, condición económica o estatus migratorio. Sin embargo, cuando observamos el discurso de odio que se emplea contra los migrantes —llamándolos “invasores” o responsabilizándolos de todos los males de los Estados Unidos—, notamos una gran desconexión entre la ética del Evangelio y las posturas políticas adoptadas por ciertos líderes y pastores y obispos en la iglesia.

A lo largo de la historia, la Iglesia ha enfrentado desafíos similares. Durante el régimen de Adolf Hitler en la Alemania nazi, se manipularon textos bíblicos y se apeló a la “pureza racial” para justificar la persecución de judíos, gitanos, enfermos y todo aquel que no se ajustaba al ideal de la raza aria. En aquel tiempo, hubo iglesias que guardaron silencio y pastores que, por conveniencia o temor, se alinearon con estas políticas. Lamentablemente, algo similar parece acontecer cuando, en el presente, se margina y criminaliza a los indocumentados o a los más pobres, presentándolos como enemigos que hay que “erradicar”.

El Evangelio de Jesucristo, sin embargo, nos señala un camino radicalmente distinto. Jesús mismo fue migrante cuando, siendo niño, sus padres huyeron con Él a Egipto para salvarlo de la violencia de Herodes (Mateo 2:13-15). Más adelante, el mismo Señor se identificó con los extranjeros, los hambrientos y los necesitados en la enseñanza de Mateo 25:31-46, donde declara que, al atender o desatender a esas personas vulnerables, lo estamos atendiendo o desatendiendo a Él. Es un llamado contundente a la misericordia y a la hospitalidad.

¿Cómo, entonces, entender que líderes y organizaciones que se proclaman defensores de la fe cristiana cierren sus puertas —y sus corazones— a los forasteros, a los indocumentados? ¿A qué obedece este viraje hacia un nacionalismo que magnifica diferencias raciales y económicas, y que atenta contra la dignidad de quienes buscan refugio y oportunidades? Una de las posibles respuestas es que, en muchas ocasiones, los creyentes no han desarrollado una conciencia social sólida, basada en la Biblia y en la comunión con Dios. Pareciera que han priorizado una agenda política o ideológica por encima de los principios del Evangelio.

La conciencia social, desde la perspectiva cristiana, implica entender que no somos entes aislados, sino parte de una comunidad de fe y de una sociedad más amplia. No se trata únicamente de un compromiso individual con la santidad, sino también de un compromiso con la justicia y la misericordia en el ámbito público. El profeta Miqueas lo expresó con claridad: “¡Oh hombre, Él te ha declarado lo que es bueno! ¿Y qué pide Jehová de ti? Solamente hacer justicia, amar la misericordia y humillarte ante tu Dios” (Miqueas 6:8).

En la Iglesia primitiva vemos un ejemplo de acción social y comunitaria. El libro de Hechos de los Apóstoles describe cómo los primeros creyentes compartían sus bienes para que nadie tuviera necesidad (Hechos 2:44-45). Conscientes de las desigualdades de la época, buscaron atender las carencias de las viudas y los marginados. Esta actitud de solidaridad se basaba en el amor al prójimo, no en un cálculo político. Por el contrario, hoy muchos cristianos parecen más preocupados por proteger sus privilegios o mantener el poder político, que por encarnar la compasión de Cristo.

Si en tiempos de Hitler se demonizó a los judíos, hoy se demoniza a los migrantes pobres que huyen de la violencia, la miseria o la falta de oportunidades en sus países de origen. Para mayor gravedad, se hace de ello un “recurso electoral”, capitalizando el miedo y la desinformación. Cabe recordar que la Escritura enseña: “No oprimas al extranjero; ustedes mismos saben lo que es ser extranjero, porque lo fueron en Egipto” (Éxodo 23:9, paráfrasis). Este versículo habla de la empatía que el pueblo de Dios debe mostrar a los forasteros, recordando su propia historia de esclavitud y liberación.

Pero, ¿por qué hay tantos pastores —incluso latinoamericanos— apoyando ese discurso racista y clasista? Una explicación puede ser la falta de conciencia social, una deformación del Evangelio que reduce la fe a un asunto personal, desconectado de las realidades sociales y políticas que nos rodean. En otras palabras, se limita la salvación a un ámbito estrictamente espiritual, sin reconocer que el Evangelio también conlleva implicaciones en la esfera pública. Se olvida que Jesús no solo hablaba de la salvación del alma, sino también de la liberación de los oprimidos y la instauración de la justicia divina en la tierra (Lucas 4:18-19).

Además, la prosperidad y la acumulación de riquezas se han convertido en ídolos modernos dentro de ciertas corrientes evangélicas. Se promueve la idea de que Dios bendice con abundancia material a quienes creen en Él, mientras se ignoran las injusticias estructurales que perpetúan la pobreza de muchos. Así, se justifica la defensa de proyectos políticos que benefician a los multimillonarios y descuidan la protección de los débiles. Esta perspectiva contrasta de manera radical con las enseñanzas de la Biblia respecto a la generosidad y la igualdad fundamental de todos los seres humanos creados a imagen de Dios (Génesis 1:27).

Por otro lado, no debemos olvidar que la manipulación y el populismo no distinguen colores o nacionalidades: pueden surgir en cualquier contexto y con diferentes banderas. Lo que está en juego es la pureza del Evangelio, la coherencia entre la fe que predicamos y la vida que practicamos. La Escritura nos advierte sobre la hipocresía y el legalismo, recordándonos que “la fe sin obras está muerta” (Santiago 2:17), especialmente si esas obras son de maldad o de indiferencia hacia el sufrimiento del prójimo.

Como creyentes, tenemos la responsabilidad de examinar la Palabra de Dios para confrontar nuestras propias motivaciones y acciones. ¿Estamos apoyando políticas o líderes que vulneran la dignidad humana? ¿Estamos, tal vez, minimizando el sufrimiento de millones de personas que viven atemorizadas por ser indocumentadas? ¿Hemos caído en la trampa del nacionalismo extremo, creyendo que Dios ama más a unos que a otros según la nacionalidad o la raza? La Biblia es clara al afirmar: “No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28).

Llegados a este punto, la pregunta incómoda pero necesaria es: ¿Carecemos de conciencia social? Para muchos, la respuesta es sí. Hemos permitido que la política partidista, el miedo a lo diferente o el deseo de poder distorsionen la visión del reino de Dios. Hemos cerrado los ojos a las enseñanzas proféticas que claman por justicia: “Defiendan al débil y al huérfano; hagan justicia al afligido y al menesteroso” (Salmo 82:3).

No obstante, existe esperanza si nos volvemos a Cristo con humildad y sinceridad. La solución implica una profunda reflexión teológica y un arrepentimiento genuino que nos lleve a la transformación de nuestras comunidades de fe. El Espíritu Santo nos invita a vivir un cristianismo integral, donde el amor a Dios y el amor al prójimo no estén reñidos con el compromiso de justicia social. Más bien, se refuercen mutuamente. De esta forma, no solo proclamaremos el Evangelio de salvación, sino que encarnaremos el mensaje de Jesús en la vida cotidiana, especialmente hacia quienes más sufren.Al final, seremos juzgados no únicamente por la rectitud de nuestra doctrina, sino también por la compasión y la misericordia que mostremos. Jesús mismo dijo: “Porque tuve hambre y me dieron de comer; tuve sed y me dieron de beber; fui forastero y me recibieron” (Mateo 25:35). Que estas palabras nos inspiren a rechazar todo acto o sistema que promueva el desprecio y la deshumanización. Que la Iglesia recupere su voz profética y que cada creyente asuma el reto de cultivar una conciencia social arraigada en las enseñanzas de la Palabra. Solo así podremos ser verdaderamente “sal de la tierra” y “luz del mundo” (Mateo 5:13-14), reflejando el amor y la justicia de Dios en medio de una sociedad cada vez más polarizada.

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