Vivimos en una sociedad obsesionada con el rendimiento, la productividad y el afán. Y tristemente, ese espíritu se ha infiltrado en nuestras vidas espirituales. Nos hemos creído que, para ser buenos cristianos, tenemos que hacer todo: resolver cada problema, salvar cada situación, atender cada detalle. Y terminamos exhaustos, secos espiritualmente y alejados de lo más importante: nuestra relación con Dios.

No recuerdo exactamente cuándo fue la primera vez que escuché la expresión: “Más vale perro vivo que león muerto”, pero desde entonces ha resonado en mi corazón. Esta frase encierra una gran verdad: muchas veces, llevamos nuestros esfuerzos, preocupaciones y afanes a extremos que no son saludables. Nos creemos súper humanos, capaces de cargar el peso del mundo sobre nuestros hombros, olvidando nuestra fragilidad como seres humanos. Al final, lo único que conseguimos es enfermarnos física, emocional y espiritualmente, y en muchos casos, hasta morir antes de nuestro tiempo.

Es curioso notar que esta misma realidad no es nueva. En el evangelio, el Señor Jesucristo llamó la atención de Marta, la hermana de María y Lázaro, cuando le dijo:

“Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. Pero sólo una cosa es necesaria. Y María ha escogido la buena parte.” (Lucas 10:41-42)

¿Qué aprendemos de todo esto?

  • No todo lo urgente es importante.
  • El afán nos roba la paz.
  • El afán nos separa de la presencia de Dios.
  • El afán se disfraza de responsabilidad espiritual, pero en el fondo es falta de confianza en que Dios tiene el control.

En otras palabras, Jesús le enseñó a Marta que el afán desmedido, incluso cuando parece justificado, es peligroso para el alma y para el cuerpo. La prioridad debe ser la comunión con Él, no el exceso de tareas o responsabilidades que nos consumen y terminan destruyendonos. 

El Señor también nos dejó otra advertencia:

“¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?” (Marcos 8:36)

Hay una lección clara: debemos ubicarnos, reconocer nuestros límites y entender que somos humanos dependientes de Dios, no autosuficientes. Solamente podemos hacer aquello que está dentro de nuestras capacidades y llamado. Es innecesario —y muchas veces pecaminoso— asumir responsabilidades que no nos corresponden, sean estas personales, familiares o de amistades.

Vivir afanados es una trampa espiritual. El enemigo utiliza el afán para distraernos de lo esencial: buscar el Reino de Dios y su justicia. Si llenamos nuestras manos con cargas innecesarias, no tendremos fuerzas para alzar nuestras manos al cielo en adoración y comunión.

Recordemos: Más vale un perro vivo (un creyente sencillo, humilde, pero saludable y en paz con Dios) que un león muerto (un creyente desgastado, agotado y espiritualmente seco).

Hoy es el día para revisar nuestras prioridades, soltar las cargas que Dios no nos pidió llevar, y regresar al descanso y la dependencia total en el Señor.

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