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Por Pastor, William Osmar Chamagua
En la historia moderna de los Estados Unidos, pocos temas han generado tanta división, pasión y controversia como el de la inmigración. Y en particular, durante la era de Donald Trump que hoy vivimos, la crisis migratoria y el trato a los extranjeros se ha convertido en el epicentro de intensos debates, no solo políticos, sino también éticos, morales y espirituales.
Trump no sólo ha impulsado políticas de fronteras estrictas y separación de familias en la frontera, sino que también usa un lenguaje duro y despectivo hacia inmigrantes, refugiados y minorías. Las expresiones de odio han aumentado en todo el país y en el mundo. Los crímenes racistas han crecido. Y muchas iglesias, en especial sectores evangélicos, fueron parte activa en su ascenso al poder.
¿Qué dice la Biblia sobre los extranjeros?
La Palabra de Dios es clara. Desde el Antiguo Testamento, Dios mostró Su corazón hacia el extranjero, el inmigrante y el refugiado.
“Al extranjero que habita con vosotros lo amaréis como a vosotros mismos; porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto. Yo Jehová vuestro Dios.” (Levítico 19:34)
Dios no cambia. El mandato bíblico siempre ha sido: amar, respetar y proteger al extranjero, no marginarlo ni usarlo como blanco de odio político.
¿Fronteras abiertas o cerradas? ¿Qué postura debe tomar la Iglesia?
La Biblia no habla directamente de “fronteras abiertas” o “fronteras cerradas” como en términos políticos modernos, pero sí deja claro que el trato hacia el inmigrante debe ser humano, justo y compasivo.
Proteger un país es parte de la responsabilidad de un gobierno, pero perseguir al vulnerable, abusar del necesitado o rechazar al que huye del peligro está en total contradicción con los principios de Cristo.
Mientras que Trump impulsa medidas como:
- La construcción de un muro fronterizo.
- La separación de niños migrantes de sus padres en centros de detención.
- La eliminación del programa DACA para jóvenes soñadores.
La iglesia de Jesucristo está llamada a levantar un mensaje diferente que hable de justicia, amor, verdad, luz, hospitalidad, compasión, ayuda y restauración.
¿Qué pasa cuando “la iglesia” apoya al opresor?
Muchos líderes cristianos, incluso pastores latinos con ciudadanía estadounidense, votaron y promovieron abiertamente a Trump, ignorando sus políticas discriminatorias, odio, racismo y vulgaridad. Algunos justificaron su voto bajo la bandera de la “defensa de la fe” o “protección de valores morales”, olvidando que la integridad bíblica es integral, no es selectiva.
El profeta Isaías advirtió:
“¡Ay de los que dictan leyes injustas, y prescriben tiranía!” (Isaías 10:1)
Y Jesús mismo condenó a los líderes que oprimen y se aprovechan de su posición para dañar a otros.
Cuando la iglesia se alía ciegamente con líderes que usan el poder para oprimir, traiciona su llamado profético de ser voz de los que no tienen voz.
Ejemplos recientes de injusticia hacia inmigrantes:
- La reciente crisis en Texas, donde se aprobaron leyes que permiten arrestar a inmigrantes solo por sospechas, ha encendido las alarmas de organizaciones de derechos humanos.
- En Florida, leyes antiinmigrantes han afectado a trabajadores agrícolas, provocando escasez de mano de obra y daños a la economía local.
- En Nueva York, el rechazo a albergues de migrantes ha revelado actitudes de discriminación, incluso en sectores tradicionalmente progresistas.
¿Qué debe hacer hoy la Iglesia?
La iglesia debe volver al corazón de Dios:
- Defender la justicia, no el poder político.
- Amar al extranjero como a sí mismo.
- Recordar que muchos de nuestros padres, abuelos o nosotros mismos fuimos o somos inmigrantes.
- Ser luz en medio de sistemas que promueven la opresión y la discriminación.
Conclusión:
La fe no debe ser usada como herramienta política, ni la iglesia como escalera de poder. Jesús no construyó muros; Jesús abrió caminos. La Biblia es clara: Dios defiende al inmigrante, al huérfano y a la viuda.
Y aunque los gobiernos cambien las leyes a su imagen y semejanza, la Palabra de Dios permanece firme:
“Jehová guarda a los extranjeros; al huérfano y a la viuda sostiene, y el camino de los impíos trastorna.” (Salmo 146:9)
Es tiempo de que la Iglesia recupere su rol: no ser aliada del poder, sino aliada de Cristo, defensor de los más débiles.



