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El término “deber Ser” en filosofía, ética y derecho se refiere a la noción de cómo “deberían ser las cosas” según principios normativos, valores o ideales, en contraste con cómo “son” en la realidad (el “ser”). Es un concepto que implica una aspiración o una obligación moral, ética o jurídica sobre lo que es correcto, justo o deseable.
El “Deber Ser” es un concepto normativo que plantea un ideal de cómo deberían actuar las personas o cómo debería funcionar el mundo, en oposición a la descripción de cómo es en la práctica.
Todos nosotros los que creemos somos parte de la Iglesia de Jesucristo el Señor, pero lamentablemente muchos viven años -incluso décadas- sin comprender el verdadero significado del “Deber Ser del Cristiano”. En la “cristiandad de hoy” los malos testimonios son innumerables. Ser cristiano no es un mero apodo, no es un título honorífico, no es simplemente una etiqueta para identificar a un grupo religioso, claro que no, está muy lejos de todo eso.
Ser cristiano es en realidad ha de ser Una transformación radical (2 Corintios 5:17); Un nuevo nacimiento (Juan 3:3); Una crucifixión del viejo hombre (Gálatas 2:20); Una ciudadanía celestial (Filipenses 3:20). Ser cristiano es adoptar un estilo de vida que refleja a Cristo en cada aspecto de nuestro diario vivir: en nuestra manera de pensar (Romanos 12:2), en nuestra forma de actuar (Colosenses 3:17), en nuestra manera de relacionarnos con los demás (1 Juan 4:7). Es vivir y comportarnos como ciudadanos del Reino de Dios en medio de un mundo caído, oscuro y corrupto (Filipenses 2:15).
Este sistema mundano, gobernado por el príncipe de este siglo (Juan 12:31), es un ambiente hostil que rechaza la luz de Cristo (Juan 1:5), que aborrece la verdad (Juan 15:18-19), y que sólo sirve para corromper y pervertir todo lo que proviene de Dios (Santiago 4:4). Por eso el apóstol Pablo nos advierte: “No os conforméis a este mundo” (Romanos 12:2). Y Pedro nos recuerda que somos “extranjeros y peregrinos” (1 Pedro 2:11) en esta tierra.
De ahi que seer cristiano auténtico significa: Permanecer en la luz (1 Juan 1:7); Aborrecer lo malo (Amós 5:15); Aferrarse a lo bueno (Romanos 12:9); Ser sal y luz (Mateo 5:13-16); Predicar el evangelio (Marcos 16:15).
Es más que importante pedir al Señor que nos conceda la gracia de vivir como verdaderos discípulos, no sólo de nombre, sino con el poder de una vida transformada (2 Timoteo 3:5). Porque como dijo Jesús: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre” (Mateo 7:21).
Amar a Dios y al prójimo
“Amarás al Señor tu Dios… y a tu prójimo como a ti mismo.” (Mateo 22:37-39) nos dice la escritura de una forma clara y contundente. La base del mensaje bíblico es entonces el amor verdadero hacia Dios y hacia los demás.
El amor es el mandamiento supremo. Amar a Dios con todo nuestro ser nos conecta con lo eterno, y amar al prójimo nos vuelve verdaderamente humanos. Es un amor activo, que perdona, ayuda, escucha y se sacrifica. Amar no es sentir, es decidir hacer el bien, siempre.
Perdonar siempre
“Perdona hasta setenta veces siete.” (Mateo 18:22). Esto nos enseña a no guardar rencor y a sanar relaciones. El perdón no cambia el pasado, pero sí libera el corazón. Jesús nos enseñó a perdonar sin límites. No perdonamos porque el otro lo merezca, sino porque nosotros necesitamos paz. Perdonar es romper las cadenas del rencor y dejar que Dios sane lo que duele.
Ser humildes
“El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.” (Lucas 14:11). La humildad es clave para crecer espiritualmente y como personas. La humildad no es debilidad, es fuerza bajo control. Reconocer nuestras limitaciones nos acerca a los demás y nos abre a Dios. El orgulloso cree que lo sabe todo; el humilde aprende cada día. La humildad abre puertas que el ego las mantiene cerradas.
Confiar en Dios en todo momento
“Confía en el Señor con todo tu corazón.” (Proverbios 3:5). Incluso cuando no entendemos el “por qué”, confiar nos da paz. La vida es incierta, pero Dios es fiel. Confiar en Él es soltar el control y descansar en su voluntad. Aunque no veamos el camino completo, su mano nos guía. La fe no elimina las tormentas, pero nos da seguridad en medio de ellas.
No juzgar a los demás
“No juzguen, para que no sean juzgados.” (Mateo 7:1). Solo Dios conoce el corazón. Nuestra tarea es amar, no condenar a nadie. Juzgar es fácil cuando no conocemos la historia del otro. Jesús nos invita a mirar primero nuestro interior antes de señalar. Cada persona lucha batallas invisibles. En vez de criticar, ofrece compasión. Dios no nos llama a juzgar, sino a amar con verdad y misericordia.
Ser agradecidos
“Den gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios.” (1 Tesalonicenses 5:18). La gratitud transforma nuestra perspectiva de la vida. La gratitud transforma lo común en milagro. Agradecer a Dios en todo momento, incluso en la dificultad, cambia nuestro corazón. No es conformismo, es reconocer su presencia en cada detalle. Quien agradece, vive con gozo. La gratitud abre los ojos a lo que realmente importa.
Buscar la justicia y la verdad
“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia.” (Mateo 5:6). Luchar por lo justo y vivir con integridad. Dios ama la justicia. Vivir con rectitud, hablar con verdad y actuar con integridad es reflejar su carácter. En un mundo lleno de engaños, ser justo es un acto de valentía. Buscar la verdad nos lleva a la libertad. Sin justicia, no hay paz duradera.
Ayudar al necesitado
“Lo que hiciste por uno de estos hermanos más pequeños, por mí lo hiciste.” (Mateo 25:40). Servir a los demás es servir a Dios. La fe sin obras está muerta. Ayudar al necesitado es servir a Cristo mismo. No se trata solo de dar cosas, sino de dar tiempo, escucha, compañía. El amor se muestra en acciones concretas. Dios bendice a quienes extienden la mano al que sufre.
Ser luz en el mundo
“Ustedes son la luz del mundo.” (Mateo 5:14). Con nuestras acciones, podemos inspirar, guiar y dar esperanza. Somos llamados a ser luz, a brillar con esperanza donde hay oscuridad. Nuestras palabras, decisiones y actitudes pueden inspirar a otros. No es por orgullo, sino por reflejar a Cristo. La luz no hace ruido, pero transforma todo lo que toca. Sé esa luz.
La fe mueve montañas
“Si tuvieran fe como un grano de mostaza…” (Mateo 17:20). La fe verdadera puede cambiar cualquier circunstancia. La fe auténtica no necesita ser enorme, solo genuina. Creer en Dios nos da acceso a su poder. Con fe, lo imposible se vuelve posible. No se trata de entender todo, sino de confiar aunque no veamos. La fe abre caminos donde no los hay.



