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El racismo no es solo un tema controversial; es una ideología violenta y asesina que atenta contra la dignidad humana y la voluntad de Dios. Tristemente, se ha convertido en uno de los grandes enemigos que acechan a la humanidad en estos tiempos proféticos que nos ha tocado vivir.

En los Estados Unidos, el racismo ha cobrado fuerza y se percibe como uno de los motores ideológicos que han alimentado corrientes políticas extremas en los últimos años. A estas ideologías se han sumado multitudes que comparten objetivos nefastos: imponer la supremacía racial y excluir a quienes no se ajustan a su concepto de “pureza”. Los ataques verbales y físicos contra la comunidad latina, afroamericana y otras minorías son una dolorosa evidencia de esta realidad.

Este problema no se limita al continente Americano. Es un fenómeno global. Países como España y muchas naciones europeas están presenciando un incremento alarmante de discursos y políticas xenófobas. El racismo no es solo cultural, es espiritual: nace del pecado, del orgullo y del desprecio hacia la obra de Dios en la diversidad humana.

Como líderes cristianos, debemos reflexionar seriamente: ¿Cómo estamos educando a nuestro pueblo acerca del racismo? ¿Estamos denunciándolo desde nuestros púlpitos, enseñando a nuestras congregaciones que esta ideología es incompatible con el evangelio de Jesucristo? El racismo es pecado. Atenta contra el segundo gran mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39).

La fe cristiana enseña que todos fuimos creados a imagen de Dios (Génesis 1:27) y que en Cristo “no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, porque todos somos uno en Él” (Gálatas 3:28). El mensaje del evangelio derriba muros, no los construye. Divide el pecado, no a la humanidad.

Hoy más que nunca, la iglesia debe alzar su voz profética contra el racismo y enseñar que el amor, la justicia y la igualdad son valores innegociables del Reino de Dios. Callar es ser cómplice; actuar es obedecer a Cristo.

Tenemos que comprender que el racismo no es un problema político, ¡es un pecado que mata! En Estados Unidos, vemos cómo la supremacía blanca, hoy disfrazada del “Evangelio Nacionalista Blanco”, hacen manifiesto el odio racial y contaminan corazones y políticas. Pero este cáncer no es exclusivo de América; España, Europa y gran parte del mundo sufren la misma enfermedad. 

Cristo Jesús enseñó: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39). Entonces, ¿cómo puede llamarse cristiano quien desprecia a otros por su color de piel o su origen? ¡Iglesia del Señor, despierta! El silencio nos hace cómplices. Debemos denunciarlo, educar y actuar. El Reino de Dios no tiene fronteras raciales. En Cristo, todos somos uno (Gálatas 3:28).

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