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La triste historia de Ananias y su esposa Safira la encontramos en el libro de los Hechos capítulo 5 versos del 1 al 11.
El juicio inmediato y divino ejercido por el Espíritu Santo del Señor en contra de Ananías y su esposa Safira revela la santidad intransigente de Dios, es decir, la Santidad NO es negociable para el Señor. Y la santidad no solamente tiene que ver con la ropa que vestimos o el maquillaje, sino con las profundidades de la obediencia a sus mandamientos escritos. Para nosotros, es importante tener clara la situación, Ananias y Safira No murieron por la ofrenda falsa que dieron, estos esposos murieron por MENTIR al Espíritu Santo. Su hipocresía fue confrontada drásticamente, instaurando un “gran temor” en la iglesia. Este acto no detuvo a la iglesia, todo lo contrario, la purificó, atrayendo a multitudes. Es una advertencia eterna: Dios prefiere una iglesia pequeña y pura a una multitud que tolera la mentira y tienta Su Espíritu Santo.
En el mundo de hoy, el tema del diezmo y la ofrenda es un tema controversial, más que todo porque como bien lo apuntan las escrituras, “el amor al dinero es la raíz de todo mal”. En la Biblia, diezmar y ofrendar es visto como un acto de fe porque demuestra confianza plena en que Dios es nuestro proveedor y NO nuestras posesiones. Al dar el primer 10% de nuestro ingreso (Levítico 27:30) y ofrendas generosas, priorizamos Su Reino, creyendo que Él suplirá todas nuestras necesidades (Filipenses 4:19). Honrarlo con nuestros bienes y con nuestras primicias es obedecer Su palabra antes de ver el resultado (Proverbios 3:9-10). Esta obediencia activa declara que nuestra seguridad está en el Creador, no en lo creado, y desata la bendición prometida de que Él abrirá las ventanas del Reino de los Cielos (Malaquías 3:10).
Levitico 27:30
Y el diezmo de la tierra, así de la simiente de la tierra como del fruto de los árboles, de Jehová es; es cosa dedicada a Jehová.
Filipenses 4:19
Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.
Proverbios 3:9-10
Honra a Jehová con tus bienes,
Y con las primicias de todos tus frutos;
Malaquias 3:10
Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde.
De ahí que el relato y eventual juicio y pena de muerte de Ananías y Safira es un solemne recordatorio de la santidad de Dios y la seriedad con la que Él ve la pureza de Su iglesia. El versículo que describe el desenlace es escalofriante en su sobriedad: “Y se levantaron los jóvenes, y lo envolvieron, y sacándolo, lo sepultaron” (Hechos 5:6). Esta escena no fue un accidente; fue un juicio divino. Ananías no murió por la cantidad de su ofrenda, sino por la hipocresía en su corazón. Él escogió mentirle al Espíritu Santo (Hechos 5:3), intentando comprar una reputación espiritual con una moneda de engaño. Como cuando nosotros damos una ofrenda y le decimos al Señor: “Esto es mi diezmo” cuando sabemos perfectamente que no lo es.
La reacción de la iglesia primitiva es reveladora y contundente. No hubo comité de crisis, ni sesión de llanto, ni llamado a ayuno por su restauración. La inmediatez y el silencio de la acción hablan de una comunidad que comprendió el mensaje: Dios había defendido la santidad y el compromiso y la verdad de Su naciente iglesia, y la obediencia no es negociable ni para el Señor Jesús ni para su iglesia. El “entierro exprés” de Ananías realizado por los jóvenes no fue una falta de compasión, sino el reconocimiento de un acto de juicio que no debía ser cuestionado. El fue inmediatamente juzgado y condenado a muerte por su hipocresía, por su mentira, por pretender ser creyente cuando no lo era, no fue condenado a muerte por la cantidad de dinero que dio o no dio; fue su egoísmo, su falsedad, su hipocresía y auto-engaño lo que lo mató.
Este pasaje nos confronta a todos hoy. En una era que a menudo minimiza el pecado y prioriza la comodidad por sobre la santidad, la historia de Ananías proclama que Dios valora la integridad del corazón más que la magnitud de la ofrenda. Nos advierte que no podemos tratar al Espíritu Santo con familiaridad mundana. Él es Dios, y Su presencia en la iglesia demanda un temor reverente, una sinceridad absoluta y una fe que se manifiesta en verdad, no en apariencias (1 Samuel 16:7). La misericordia de Dios es inmensa, pero Su santidad es el fundamento de Su trono.
1 Samuel 16:7
“Y Jehová respondió a Samuel: No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.”
La iglesia contemporánea a menudo se cobija bajo una “gracia con conveniencia”, escondiendo detrás de un “no juzgues” y un “Dios conoce tu corazón” una cómoda tolerancia al pecado. Pero el Espíritu Santo no opera con esa tibieza calculada; Apocalipsis 3:16 nos dice:
“Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.“
La pregunta urgente es: ¿por qué hay congregaciones estériles, sin milagros auténticos, sin conversiones que transforman vidas y sin una genuina convicción de pecado? La respuesta yace en una verdad incómoda: el Espíritu de Verdad no puede moverse donde hay mentira institucionalizada y mucho menos donde hay santidad de fachada.
Ananías y Safira murieron en el acto por mentir al Espíritu Santo (Hechos 5:1-11). Hoy, los muertos espirituales no caen fulminados; se maquillan con retórica piadosa y se disfrazan de vida. La iglesia está plagada de ministros muertos, que recitan discursos vacíos, carentes de revelación fresca y del peso de la gloria de Dios. Hay pastores muertos, administrando estructuras huecas, sin lágrimas por las ovejas perdidas ni unción para proclamar una palabra viva. Existen líderes de intercesión muertos, cuyas oraciones son sólo fórmulas verbales, con el espíritu desconectado del altar celestial.
Y lo más trágico es que un pueblo adormecido por el ritualismo no lo percibe. Nos hemos acostumbrado a oír voces sin vida, a contemplar una forma de piedad que niega su poder; 2 Timoteo 3:5 nos enseña: “Que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita.”
Se congregan alrededor del cadáver maquillado, creyendo que es un cuerpo vivo, mientras el mundo, hambriento de realidad espiritual, pasa de largo sin ver a Cristo. El llamado es a un quebrantamiento radical, a un regreso a la santidad temerosa que atrae la manifestación indiscutible del Dios vivo. Nada de eso pasará mientras tengamos nuestras conciencias cauterizadas y creamos que podemos servir a Dios de la manera que a nosotros nos da la gana.
El caso de Safira es aún más revelador. Ella llegó con la misma mentira grabada en el corazón y encontró el mismo destino. Esto es tremendo: Pedro no salió a buscarla para confrontarla en privado. El Espíritu Santo esperó, con santa paciencia, a que ella caminara sola hasta el lugar santo, cargando su falsedad ante la congregación. La pregunta fue directa: “¿Vendisteis en tanto la heredad?”. Y ella, atrapada en el pacto de hipocresía que hizo con su esposo, afirmó: “Sí, en tanto”. Entonces vino el veredicto: “¿Por qué os pusisteis de acuerdo para tentar al Espíritu del Señor?” (Hechos 5:8-9).
Escúchame bien Iglesia: Cuando decides sostener conscientemente una mentira espiritual, no solo estás pecando; estás tentando, desafiando, al Espíritu Santo. Y Él, en su infinita paciencia, puede soportar muchas cosas, pero no juega juegos con la hipocresía. Su naturaleza es la Verdad; Juan 16:13 nos dice: “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.”
Mira los ejemplos actuales: El creyente que anuncia con pompa “Dios me dijo que hiciera esto”, cuando en realidad solo busca justificar una decisión tomada en rebeldía. La pareja que declara “Dios nos unió” desde un púlpito, sabiendo que su relación nació y se sostiene en la fornicación y la desobediencia. El líder que decreta “esta es la voluntad de Dios para nosotros”, cuando en el fondo es la voluntad de su ego hambriento de reconocimiento.
No uses la voz del Espíritu Santo como un instrumento para validar tu engaño. No conviertas la gracia en un teatro para la vanagloria. Al hacerlo, no solo dañas tu testimonio; te estás cavando una fosa espiritual, porque Dios no puede ser burlado; todo lo que el hombre sembrare, eso también segará (Gálatas 6:7). La historia de Ananías y Safira es la advertencia eterna de que Él defenderá la santidad de Su iglesia, y prefiere un cuerpo pequeño y puro, a una multitud grande y contaminada.
EL MIEDO SE APODERÓ DE LA IGLESIA… PERO NO DEJARON DE CRECER
Este punto es glorioso y contracorriente. Después del juicio divino a Ananías y Safira, la Escritura registra: “Y vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas…” (Hechos 5:11). ¡Sí! Temor sagrado, reverencia y obediencia vino a la Iglesia. ¡Y era completamente necesario! Porque el temor de Dios no detiene el crecimiento auténtico; lo purifica, lo consagra y lo protege de la gangrena de la hipocresía. Es el fuego que consume la paja y refina el oro.
Hoy, en un trágico giro, muchos pastores temen predicar la santidad bíblica porque “la gente se va”. Muchos líderes se niegan a confrontar el pecado por miedo a que “se ofendan”. Muchos grupos se llenan de “motivación” y “positivismo”, pero se vacían de la presencia densa y santa de Dios, intercambiando el fuego del Espíritu por una luz tenue y artificial. Han creado una “gracia” de bajo costo que no salva ni santifica.
Pero la Biblia declara con poder que, después de este temor reverencial, “más y más creyentes eran añadidos al Señor, multitudes de hombres y de mujeres” (Hechos 5:14). ¿Lo entiendes? La santidad no es el enemigo del crecimiento; es su cuna. Cuando la iglesia recupera el temor de Jehová, que es el principio de la sabiduría (Proverbios 9:10), recupera también el fuego que atrae a los genuinamente hambrientos y sedientos de justicia.
¿ESTÁS VIVO… O SOLO TE MUEVES?
Hoy no vine a entretenerlos. Vine a confrontarlos con la lanza de la verdad. ¿Estás sirviendo con un corazón dividido, dando a Dios la apariencia mientras le niegas la devoción?
¿Estás consintiendo el pecado en silencio, creyendo que tu secreto está a salvo del Escudriñador de corazones?
¿Has convertido la gracia infinita de Dios en una excusa barata para una vida de mediocridad y desobediencia?
¿Te has acostumbrado a “sonreír en la iglesia” mientras tu espíritu se muere de inanición en la intimidad de tu casa?
Hoy, el Espíritu te está dando una oportunidad solemne.
Antes de que tu hipocresía te envuelva y los jóvenes te saquen en silencio y te lleven a una tumba fría y sin esperanza.
Antes de que tu canto en el culto se vuelva un ruido discordante para los oídos de Dios (Amós 5:23).
Antes de que el altar de tu corazón se apague en la oscuridad, sin que ni siquiera tú lo notes. Despierta, revive, y vuelve a tu primer amor (Apocalipsis 2:5).



