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A menudo, nos acercamos a los temas bíblicos con un lente contaminado por nuestras ideologías políticas, escepticismo, irracionalidad o incluso ateísmo. Estas perspectivas, arraigadas en la intención engañosa del corazón humano (Jeremías 17:9), suelen generar opiniones equivocadas, insultantes y totalmente fuera de contexto. Esto explica la proliferación de insultos hacia Dios, Su santidad, Su Reino y Su Palabra. La Biblia es frecuentemente sacada fuera de contexto para justificar posturas insultantes y personales, lo que resulta en nuestro propio detrimento espiritual.

Un caso emblemático de estas malas interpretaciones es el concepto de Israel como el “Pueblo Escogido de Dios”. Muchos asumen esto como una verdad absoluta e incondicional. Por ello, cuando el Estado moderno de Israel, bajo el liderazgo de su gobierno, es acusado de atrocidades y condenado por la Naciones Unidas, la ira y el desprecio del mundo se desbordan no solo contra el gobierno israelí, sino contra el mismo Dios del cielo y de la tierra y contra su.

Para entender correctamente este tema, es esencial viajar a los orígenes y examinar lo que las Escrituras realmente enseñan.

El Primer Anuncio: La Promesa Redentora

La primera gran promesa de redención, que introduce el conflicto entre el bien y el mal y señala a un redentor venidero, se encuentra en el Edén. Después de la caída, Dios no sólo juzga el pecado, sino que también provee gracia. A Adán y Eva les cubre con pieles de animal, estableciendo un principio fundamental: sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecados (Hebreos 9:22). Luego, en Su juicio contra la serpiente, Dios declara el protoevangelio, la primera promesa del Mesías:

«Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar». (Génesis 3:15)

Esta es la primera imagen profética: la simiente de la mujer (que culmina en Cristo) herirá fatalmente a Satanás, aunque Él mismo sería herido (la crucifixión) en el proceso.

El Origen de la Elección: El Llamado a Abraham

La elección de un pueblo específico comienza con Abraham. Dios no eligió a Abraham porque su nación fuera grande o justa, sino por Su gracia y para un propósito redentor global.

«Pero tú, Israel, siervo mío eres; tú, Jacob, a quien yo escogí, descendencia de Abraham mi amigo. Porque te tomé de los confines de la tierra, y de tierras lejanas te llamé, y te dije: Mi siervo eres tú; te escogí, y no te deseché». (Isaías 41:8-9)

La promesa hecha a Abraham tenía un doble aspecto: una simiente física (el pueblo de Israel) y una simiente espiritual, que es Cristo (Gálatas 3:16). El propósito final era que todas las familias de la tierra serían bendecidas a través de él (Génesis 12:3). La elección de Israel nunca fue un fin en sí mismo, sino un medio para la revelación de Dios y la venida del Mesías, Cristo Jesús el Señor.

El Propósito de la Elección y el Fracaso de Israel

Dios sacó a Israel de Egipto e hizo un pacto con ellos en el Sinaí. Su elección conllevaba una responsabilidad sagrada: ser un reino de sacerdotes y una nación santa para Dios (Éxodo 19:5-6). Sin embargo, la historia del Antiguo Testamento es un testimonio trágico de su rebeldía constante.

Los profetas denunciaron repetidamente su infidelidad, dureza de corazón y desprecio por la ley de Dios. Por esto, Dios permitió que fueran llevados al exilio. El período intertestamentario de 400 años de “silencio profético” fue una consecuencia directa de esta rebelión, un juicio divino por su obstinación.

El Punto de Inflexión: La Venida del Mesías

Dios rompió este silencio con Juan el Bautista, el último profeta de la era de la Ley (Mateo 11:13). Luego, el clímax de la historia de la redención llegó cuando Dios se manifestó en carne:

«E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria». (1 Timoteo 3:16)
«A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron». (Juan 1:11)

Israel, como nación, rechazó a su Mesías y lo llevó a la crucifixión. Este acto fue, a la vez, el mayor pecado de la humanidad y el cumplimiento del plan soberano de Dios para la salvación (Hechos 2:23).

El Nuevo Pueblo de Dios: La Iglesia y el Tiempo de los Gentiles

La muerte y resurrección de Cristo marcó un giro trascendental. El velo del templo se rasgó, simbolizando que el acceso a Dios ya no estaba limitado a un pueblo o a un sacerdocio terrenal. Justo antes de ascender, Jesús dio la Gran Comisión:

«Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo». (Mateo 28:19) «Y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén». (Lucas 24:47)

En este momento, el pueblo de Dios ya no se define por un linaje étnico, Israel, sino por la fe en Jesucristo, su Iglesia. Se abrió el “Tiempo de los Gentiles” (Lucas 21:24), la era de la iglesia, donde el verdadero “Israel de Dios” está compuesto por todos aquellos, judíos o gentiles, que ponen su fe en el Mesías y muy en particular en su Nombre.

«Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan». (Romanos 10:12). «Y si sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa». (Gálatas 3:29)

El apóstol Pablo explica claramente que la incredulidad de la nación Israelita no anuló el plan de Dios. Por el contrario, su rechazo temporal fue la oportunidad para que la salvación llegara a los gentiles. A esto, Pablo lo llama un “endurecimiento parcial” que durará hasta que “haya entrado la plenitud de los gentiles” (Romanos 11:25).

Conclusión: ¿Quién es el Pueblo Escogido de Dios Hoy?

En la actual dispensación de la gracia, el verdadero pueblo escogido de Dios no es el Estado moderno de Israel ni el judaísmo étnico en su conjunto. El pueblo escogido de Dios está compuesto por todos aquellos que, por fe, han sido unidos a Cristo por medio del arrepentimiento y perdón de pecados en SU NOMBRE como lo expresa la escritura en Hechos 2:38-41.

«Mas a todos los que le recibieron, a los que creen EN SU NOMBRE, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios». (Juan 1:12)

Esto incluye a cualquier persona de cualquier nación, etnia o lengua, incluyendo a los judíos individuales que reconozcan a Jesús como su Mesías. Para un judío de hoy, el camino de salvación es exactamente el mismo que para un gentil: arrepentimiento y fe en el nombre de Jesús (Hechos 4:11-12).

La misericordia de Dios es infinita. Mientras que hoy la nación de Israel permanece en su mayoría en incredulidad, las Escrituras profetizan un futuro de restauración nacional para ellos cuando reconozcan a Aquel a quien traspasaron (Zacarías 12:10; Romanos 11:26-27). Pero hoy, en este tiempo de gracia, la invitación a ser parte del pueblo escogido de Dios (la Iglesia que cree en Su Nombre) se extiende a todo aquel que cree. La elección ya no es por nacimiento físico, sino por nuevo nacimiento espiritual.

San Juan 1:12

“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”.

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