José Saramago: “Jesús de Nazaret murió por motivos políticos impulsados por el Sanedrín, y no por razones teológicas como la religión te ha dicho; te han mentido siempre”.

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Hace unos días, un amigo personal residente en el viejo continente me envió un texto atribuido a José Saramago con la pregunta: «¿Qué piensas de estos comentarios de Saramago?». El texto en cuestión reza: “Jesús de Nazaret murió por motivos políticos impulsados por el Sanedrín, y no por razones teológicas como la religión te ha dicho; te han mentido siempre”.

Como en todo lo demás, cuando intentamos discernir la verdad a través del prisma humano, esta se fragmenta en una infinidad de colores y sabores, cada uno definido por la experiencia vital y la comprensión limitada de cada persona. Muchos seres humanos alcanzan el estatus de “intelectuales”, como es el caso de Saramago, y son reconocidos por su sabiduría y conocimiento en el plano terrenal. Sin embargo, la ironía suprema es que, cuando esta “sabiduría” humana se contrasta con el conocimiento divino, la Escritura declara que todas nuestras justicias son como trapo de inmundicia (Isaías 64:6) y que la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios (1 Corintios 3:19). El ser humano juzga desde su condición finita y temporal, mientras que la ignorancia humana es tan atrevida que se cree capacitada para emitir veredictos sobre realidades eternas que trascienden su minúsculo paso por este universo.

Ciertamente, si lo analizamos desde una perspectiva puramente histórica y humana, Saramago acierta al afirmar que Jesús fue ejecutado por motivos políticos. Sin duda, Él representó una amenaza directa al orden corrupto establecido en el Israel de aquella época. No lo asesinaron porque hubiera fundado una nueva religión, como suelen simplificar algunos. Lo odiaron porque cuestionó las estructuras de poder, denunció la hipocresía de las élites religiosas, se solidarizó con los marginados y les trajo libertad, salud y vida. Les ofreció salvación en el Reino de Dios, un acto profundamente subversivo en cualquier época. El Sanedrín, como estructura de poder teocrático, no podía permitir que su autoridad fuese desafiada y erosionada por un hombre cuya fuerza no provenía de las armas, sino de la Verdad. En este punto, Saramago tiene toda la razón.

Pero yerra de manera absoluta en su interpretación teológica. Es crucial aclarar que Saramago era ateo, y, como tal, su análisis parte de la incredulidad, no de la fe. Su prisma interpretativo nace, por tanto, de una premisa equivocada. Es innegable, pues las mismas Escrituras lo advierten, que vivimos en tiempos de apostasía, lo que implica una negación de la fe dentro incluso de la iglesia. Desde los inicios, los apóstoles denunciaron que lobos rapaces se introducirían entre nosotros sin perdonar el rebaño (Hechos 20:29), y que en los últimos tiempos muchos seguirían doctrinas de demonios (1 Timoteo 4:1) y predicarían un evangelio distinto, conforme a sus propias concupiscencias (2 Timoteo 4:3-4). Esto ha sucedido y sigue sucediendo.

Pero afirmar, como hace Saramago, que “Jesús no murió por razones teológicas como la religión te ha dicho; te han mentido siempre” es demostrar una ignorancia total de las Sagradas Escrituras. Solo en el Antiguo Testamento hay más de 300 profecías relacionadas con el Mesías, y todas se cumplieron en Jesús de Nazaret. Cada una de ellas constituye teología bíblica revelada, no un invento humano diseñado para engañar. Basta leer el Salmo 22, escrito por el rey David mil años antes de la crucifixión, que describe con asombrosa exactitud el sufrimiento del Salvador. O la profecía de Isaías 53, que detalla con precisión quirúrgica que el Siervo de Dios herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados (Isaías 53:5). El propio Jesús declaró que su muerte era el cumplimiento de un propósito divino: ¿Cómo se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga? (Mateo 26:54). Saramago se equivoca al tildar esto de “invento humano”. Cuando una mente está cautiva en la incredulidad, su pensamiento inevitablemente se corrompe.

Por otro lado, es innegable que en muchas organizaciones religiosas se encubren intereses políticos bajo un manto de teología. Pero esto no tiene nada que ver con la esencia de las Escrituras. De ahí la advertencia de Jesús: Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí (Juan 5:39). El problema central es que a menudo emitimos opiniones desde nuestra incredulidad e ignorancia espiritual. La cruz fue, simultáneamente, un símbolo de redención espiritual y un instrumento de represión política. Es innegable. Lo que es completamente erróneo es sostener que se nos ha engañado al decir que Jesús murió por razones teológicas y proféticas.

Por ello, es imperativo que, desde una teología sólida, aprendamos a cuestionar todo lo que se nos dice, siguiendo el ejemplo de los primeros cristianos de Berea, quienes escudriñaban cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así (Hechos 17:11). No aceptemos ningún pensamiento sin someterlo a la lupa de la Palabra de Dios, y no deleguemos nuestro criterio en manos de ninguna tradición religiosa, política o filosófica, como la de Saramago, simplemente porque “así ha sido siempre”. La verdad no se funda en la tradición, sino en la Roca de la Revelación divina.

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