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Hermanos, hoy hablaremos sobre la pregunta más profunda: ¿Quién es Jesús? No es un buen maestro, no es solo un profeta. Él mismo lo dijo una y otra vez: “YO SOY”. Y la respuesta del mundo, la respuesta de la religión, y a veces la respuesta de nuestro propio corazón, ha sido cerrar los oídos y endurecer el rostro. Hoy veremos la revelación más clara y el rechazo más contundente.
Las Declaraciones Explícitas y el Rechazo (El “YO SOY” ante los Incrédulos)
Ante los Líderes Religiosos: La Blasfemia de Ser Igual a Dios.
Texto: Juan 10:30-33. Jesús declara: “Yo y el Padre uno somos”. La reacción es inmediata: “Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios”.
No hubo malentendidos. Ellos entendieron perfectamente que Jesús clamaba ser divino cuando dijo: “El Padre y Yo Uno Somos”, pero para ellos, aquella verdad absoluta no era más que la peor de todas las blasfemias. Prefirieron aferrarse a su concepto de un Dios lejano e intocable, antes que recibir a Dios caminando entre ellos.
Ante la Multitud: La Afirmación de la Preexistencia Eterna.
Texto: Juan 8:58-59. Jesús afirma: “Antes que Abraham fuese, yo soy”. Usa el nombre sagrado de Dios revelado a Moisés (Éxodo 3:14).
La multitud no duda. Al escuchar el “YO SOY” eterno, tomaron piedras para arrojárselas. Su mente no podía procesar que la eternidad se hubiera metido en el tiempo.
En el Juicio Final: La Condena por no Reconocerlo como Señor.
Texto: Marcos 14:61-64. Mas él callaba, y nada respondía. El sumo sacerdote le volvió a preguntar, y le dijo: ¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito? Y Jesús le dijo: Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo. Entonces el sumo sacerdote, rasgando su vestidura, dijo: ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? Habéis oído la blasfemia; ¿qué os parece? Y todos ellos le condenaron, declarándole ser digno de muerte. Y algunos comenzaron a escupirle, y a cubrirle el rostro y a darle de puñetazos, y a decirle: Profetiza. Y los alguaciles le daban de bofetadas.
Esta fue la declaración oficial ante la máxima autoridad religiosa. La condena por blasfemia fue unánime. Rechazaron al Mesías porque no encajaba en su molde.
La Incomprensión de los Más Cercanos (El “YO SOY” ante los Discípulos)
Aquí llegamos al corazón conmovedor y casi frustrante de la incomprensión.
Texto Central: Juan 14:6-11. Jesús dice: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais y desde ahora le conocéis y le habéis visto. El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”.
El Diálogo Revelador: Felipe, uno de los doce, uno que había visto milagros, oído enseñanzas y caminado tres años con Él, le dice: “Señor, muéstranos el Padre, y nos basta”.
La Respuesta de Jesús: Es un lamento de amor herido: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre?”.
Explicación: Felipe, como nosotros, buscaba una manifestación gloriosa, una teofanía espectacular. No podía entender que el Padre se estaba manifestando en la humanidad cotidiana, cansada y amorosa de Jesús. La mente humana busca a Dios en lo extraordinario (montañas, truenos, fuego), pero Dios vino en lo ordinario (un hombre, un hijo de carpintero). ¡La encarnación es el misterio más grande y más difícil de aceptar!
¿Por qué a la Mente Humana le Cuesta Tanto Entender Esto?
El Escándalo de la Particularidad: Nuestra mente postmoderna dice: “Dios es una energía, una fuerza, un concepto”. Jesús dice: “Dios tiene un rostro, y es el mío”. Es escandaloso que la plenitud de la Divinidad se limite a un hombre judío del siglo I. (Colosenses 2:9).
La Trampa de la Religiosidad: Como los fariseos, construimos sistemas donde podemos controlar a Dios mediante reglas. Un Dios hecho hombre, que perdona pecadores y come con publicanos, destroza nuestro sistema de méritos y méritos.
La Incapacidad para la Paradoja: Nuestra lógica dice “A o B”. Jesús es “A y B”. Es 100% Dios y 100% hombre. La razón se rinde ante esto. Solo la fe, iluminada por el Espíritu Santo, puede abrazar este misterio (Mateo 16:17).
El Orgullo del Corazón: Reconocer que Dios se hizo siervo, que el Rey murió como criminal, exige que nos arrodillemos. Nuestro orgullo prefiere un Dios a nuestra imagen, no un Dios que nos confronta con su humildad.
Jesús hoy te hace la misma pregunta que le hizo a Felipe: ¿Tanto tiempo oyendo de mí, y aún no me conoces?
Los enemigos lo rechazaron con odio. Los discípulos, con confusión. ¿Y tú? No puedes tener al Padre si rechazas al Hijo. No puedes tener el amor de Dios si rechazas su rostro humano en Jesús.
Hoy, el Espíritu Santo quiere hacerte una revelación que supera toda lógica: “Aquel que es la imagen del Dios invisible” (Colosenses 1:15) está aquí. Deja de buscar una manifestación a tu manera. Contempla la cruz. Allí, en ese hombre desfigurado, está la gloria plena de Dios amándote hasta el fin. ¿Lo recibirás, o tomarás también la piedra de la indiferencia, de la incredulidad o de la religión vacía?
La invitación es a clamar como Tomás, cuando por fin entendió: “¡Señor mío, y Dios mío!” (Juan 20:28).



