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El reciente artículo que vincula el asesinato de Renee Good a manos de un agente del ICE con la advertencia del teólogo Russell Moore sobre la manipulación de Romanos 13, expone una fractura ética y teológica de enorme actualidad en los Estados Unidos. Este no es un debate académico, sino un conflicto hermenéutico con consecuencias mortales.
Moore identifica un patrón peligroso: la instrumentalización de un pasaje bíblico para crear un “cristianismo del poder”, que santifica la autoridad estatal y anestesia la conciencia profética. Este fenómeno no es nuevo, pero adquiere una urgencia particular en el contexto de un gobierno cuyas agencias (como ICE, la policía o el sistema judicial) han sido acusadas reiteradamente de aplicar la ley con sesgo racial, violencia desproporcionada y opacidad sistémica.
La advertencia de Moore actúa como un espejo ante dos realidades:
La securitización del evangelio: Donde la “ley y el orden” se convierten en un ídolo que justifica cualquier medio, incluso la violencia estatal contra los más vulnerables (inmigrantes, minorías, disidentes).
La abdicación moral de una parte de la iglesia: Que, en lugar de ser “sal y luz” y custodio de la dignidad humana, se convierte en capellán del poder, bendiciendo políticas que contradicen el núcleo del mensaje de Jesús sobre la misericordia, la justicia y la opción preferencial por los pobres y oprimidos.
El caso de Renee Good no es un incidente aislado; es un síntoma de un sistema que, al amparo de una teología distorsionada, puede perpetrar violencia con impunidad, mientras una parte de la ciudadanía cree que “obedecer a las autoridades” significa callar ante la injusticia. Moore reclama, en esencia, que la fe no puede ser un refugio para la complicidad.
La advertencia de Russell Moore es una corrección hermenéutica vital. Para entenderla, debemos desentrañar Romanos 13 a la luz de toda la narrativa bíblica y el ministerio de Jesús.
Contexto Inmediato (Romanos 12-13): El “Marco del Amor” vs. el “Mandato Aislado”.
Romanos 13:1-7 no es una declaración autónoma. Está encerrada entre dos llamados radicales al amor no violento y a la resistencia al mal con el bien:
Pretexto (Romanos 12): “No paguéis a nadie mal por mal… No os venguéis vosotros mismos… Vence con el bien el mal”.
Post-texto (Romanos 13:8-10): “No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros… el amor es el cumplimiento de la ley”.
Por tanto, la sumisión a la autoridad es enmarcada por Pablo como una expresión práctica de no tomar la justicia por propia mano y de buscar el bien común. La autoridad es un instrumento para el bien (13:4), no un fin en sí mismo. Cuando el gobernante se convierte en “terror para el bueno” y aval del mal (traicionando su función divina), la teología paulina, leída en conjunto, obliga a la iglesia a priorizar el marco del amor y la justicia de Dios por sobre la obediencia ciega.
Contexto Bíblico Total: La Tradición Profética y el Ejemplo de Cristo.
Una lectura bíblicamente fiel no puede aislar Romanos 13 del resto de la Escritura:
Los profetas (Amós, Isaías, Jeremías) se levantaron precisamente contra los poderes religiosos y políticos de su tiempo, denunciando la opresión del pobre, la corrupción judicial y el uso de la ley para encubrir la injusticia (Isaías 1:17; Amós 5:24).
Jesús mismo desafió constantemente a las autoridades religiosas y políticas que oprimían. Su enseñanza de “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Marcos 12:17) es una delimitación de esferas, no una sumisión absoluta. El César no es Dios. Cuando el estado exige lo que solo le corresponde a Dios (adoración, lealtad absoluta, silencio ante el mal), la iglesia está obligada a la desobediencia civil fiel, siguiendo el modelo de los apóstoles: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5:29).
El Apocalipsis de Juan desenmascara el poder idolátrico del Estado (Roma/Babilonia) que exige lealtad absoluta y persigue a los santos.
Límites de la Autoridad y Deber de la Iglesia.
Romanos 13 define la autoridad como “servidor de Dios para tu bien” y “vengador para castigar al que hace el mal” (13:4). Esto establece un criterio funcional y moral:
Función: ¿La autoridad está promoviendo el bien y castigando el mal? En casos como el abuso policial, la separación de familias o políticas que agravian al inmigrante y al pobre, la iglesia debe preguntarse si el estado está cumpliendo su rol divinamente delegado o pervirtiéndolo.
Consecuencia: Si la autoridad falla en su función, no merece la legitimidad que el pasaje describe. La iglesia tiene entonces el deber profético de denunciar, recordando que su lealtad última es al “Reino de Dios y su justicia” (Mateo 6:33).
Conclusión Integrada:
Russell Moore no está promoviendo la anarquía. Está rescatando una doctrina bíblica sólida y matizada de la autoridad, que ha sido secuestrada para fines ideológicos. En el contexto actual de los EE.UU., donde el poder estatal es a menudo percibido (con razón) como abusivo y parcial, usar Romanos 13 para silenciar la crítica es blasfemo.
La verdadera fidelidad bíblica exige que la iglesia:
Sea una comunidad de conciencia que juzga toda autoridad a la luz del carácter justo y misericordioso de Dios.
Se ponga del lado de las víctimas del poder desbocado, como Renee Good, recordando que en el juicio final, Jesús se identificará con los encarcelados, los forasteros y los vulnerables (Mateo 25:31-46).
Recupere su voz profética para decir al poder: “Tu autoridad es delegada y condicional. Cuando oprimes, dejas de ser ‘servidor de Dios’. Y nuestra obediencia a Dios nos obliga a nombrar tu pecado y a consolar a quienes hieres”.
Honrar Romanos 13 no es obedecer en silencio. Es, como Pablo sugiere al enmarcarlo, participar en la lucha contra el mal, primero renunciando a la venganza personal, y luego confrontando con valor el mal sistémico, venciéndolo con el bien, la verdad y la justicia. Cualquier uso de la Escritura que excuse la violencia estatal o adormezca la conciencia, no es cristianismo. Es idolatría al poder, y traición al Evangelio de la Cruz, donde el verdadero poder se revela en la vulnerabilidad amorosa, no en la coerción violenta.



