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Las Escrituras advierten repetidamente sobre la llegada de falsos profetas y engañadores que, “estando con nosotros, no eran de nosotros” (1 Juan 2:19). Estas advertencias proféticas encuentran una expresión contemporánea preocupante en lo que podríamos denominar el “evangelio nacionalista blanco” asociado al movimiento MAGA. Este fenómeno político-religioso, que emergió con fuerza en 2015 bajo el liderazgo de Donald Trump, representa una distorsión teológica tan peligrosa como el evangelio de la prosperidad, pero con implicaciones más amplias para la convivencia global.
El evangelio de Cristo se fundamenta en principios universales de amor, justicia y reconciliación.
Jesús rompió barreras étnicas y religiosas: sanó al siervo del centurión romano, conversó con la samaritana y declaró que su reino no era de este mundo. Su mensaje era radicalmente inclusivo: “No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28). En contraste, el evangelio nacionalista MAGA ha construido una teología identitaria que excluye, margina y demoniza al “otro” —inmigrantes, minorías religiosas, comunidades monoritarias, y cualquier grupo percibido como amenaza a una visión idealizada de la identidad nacional blanca.
Este movimiento ha llevado un espíritu de división y supremacía étnica a espacios de poder, incluyendo la Casa Blanca, utilizando lenguaje mesiánico para un proyecto político. Donde Cristo enseñó “ama a tu prójimo como a ti mismo” y “ama a tus enemigos”, este evangelio nacionalista promueve la desconfianza, el resentimiento y la hostilidad hacia quienes son diferentes. Donde las Escrituras nos llaman a proteger al extranjero (“Porque extranjero fuisteis en la tierra de Egipto”, Éxodo 23:9), este movimiento construye muros físicos y sociales.
La peligrosidad de esta teología distorsionada radica en su capacidad para seducir a creyentes sinceros, mezclando símbolos cristianos con ideologías nacionalistas que son racistas y excluyentes. Utiliza el lenguaje de la fe para santificar políticas contrarias al corazón del evangelio: la separación de familias migrantes, la intolerancia religiosa, la negación de la justicia racial y la idolatría del poder terrenal. El apóstol Pablo advirtió sobre aquellos que predicaban “a otro Jesús, un espíritu diferente o un evangelio diferente” (2 Corintios 11:4). En Gálatas 1 Pablo les llamó ANATEMAS, es decir, MALDITOS.
Mientras el evangelio verdadero busca “hacer paz mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1:20), este evangelio falso alimenta conflictos, polarización y amenaza la frágil paz global construida tras la Segunda Guerra Mundial. No se trata meramente de diferencias políticas, sino de una sustitución espiritual: el “príncipe de este mundo” (Juan 12:31) ha entenebrecido el entendimiento de muchos, impidiéndoles reconocer que el reino de Dios trasciende todas las banderas, fronteras e identidades étnicas.
Frente a esta distorsión, la Iglesia está llamada a reafirmar el evangelio integral de Jesucristo, que reconcilia a la humanidad consigo misma y con Dios, recordando que “nuestra lucha no es contra sangre ni carne, sino contra principados, contra potestades” (Efesios 6:12). El verdadero evangelio siempre amplía el círculo de amor divino, nunca lo contrae para excluir a los que Dios mismo ha creado y redimido.



