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Juan 6:70-71 “¿No os he escogido yo a los doce? Y uno de vosotros es un diablo. Hablaba de Judas, hijo de Simón Iscariote…”
La Elección que Nos Descoloca
Hermanos, hay una pregunta que ha inquietado a la Iglesia por siglos: ¿Por qué Jesús escogió a Judas?
Nuestra mente humana busca explicaciones: “Quizás Judas se infiltró”, “Tal vez era un buen hombre que se corrompió”, “Quizás Jesús no sabía quién era”. Pero el Evangelio es claro: Judas no llegó humanamente infiltrado; Judas llegó divinamente escogido.
Y en esa elección hay una verdad incómoda y profunda sobre cómo Dios construye nuestra historia.
La Mesa de tu Vida tiene Plazas Designadas por Dios
Pensemos en la Última Cena. Jesús, sabiendo todo, sabiendo que Judas ya lo había vendido… lo sienta a la mesa. No lo echa. No lo denuncia públicamente. Le lava los pies. Le da el bocado del honor.
En la mesa de tu vida se sienta quien TÚ decidas.
Pero hermano, aquí está la clave: tu “tú” más profundo no es tu ego, no es tu comodidad. Tu “tú” verdadero es tu espíritu unido a la voluntad del Padre. Y esa voluntad a veces incluye invitados incómodos.
Dios no permite que nadie llegue a tu entorno sin un propósito permitido por Él. El jefe difícil, el familiar tóxico, el amigo que traiciona, la enfermedad que no se va… Nadie cruza el umbral de tu vida sin el consentimiento soberano de Dios.
Los Judas en Nuestra Mesa: ¿Traidores o Instrumentos?
Judas no era un accidente en el plan de Jesús. Era parte esencial del plan.
Sin Judas, no hay arresto en Getsemaní.
Sin Judas, no hay cruz.
Sin Judas, no hay redención.
Lo que para los discípulos era una presencia incómoda y confusa, para Dios era el instrumento preciso para la mayor obra de amor.
¿Y en tu vida? ¿Esa persona que te hace sufrir, esa situación que no entiendes, esa “incomodidad divina” sentada a tu mesa…? No llegó para destruirte. Llegó porque Dios, en su sabiduría insondable, permitió que se sentara allí. Y te dio a ti la soberanía interior de cómo responder a su presencia.
Las Incomodidades que Construyen
“En la mesa de tu vida también se sientan incomodidades divinas que las decides tú, eso también te construye por dentro.”
Hay dos tipos de invitados en nuestra mesa:
- Los que elegimos por afecto (los amigos, la familia, los amores).
- Los que elegimos por obediencia (los que perdonamos, los que servimos a pesar de todo, las pruebas que aceptamos como parte de nuestro camino).
Los primeros nos consuelan. Los segundos nos santifican. Judas en la mesa de Jesús fue el catalizador que reveló:
- La profundidad del amor de Cristo (que ama hasta al traidor).
- El cumplimiento de la Escritura (hasta el detalle más oscuro).
- La diferencia entre proximidad y comunión (se puede estar junto a Cristo sin ser de Cristo).
Tu “Judas” —esa relación difícil, esa prueba persistente— está allí para construir en ti:
- Paciencia que solo nace en la fricción.
- Perdón que solo se ejercita con quien no lo merece.
- Fe que solo se fortalece cuando el plan de Dios parece incomprensible.
¿Cómo Sentarte a la Mesa con tu Judas?
Jesús nos da el modelo:
Con Conocimiento: “Yo sé los que he escogido” (Juan 13:18). No eres víctima pasiva. Dios lo sabe. Tú debes saber que Él está en control.
Con Servicio: Le lavó los pies. La respuesta divina a la traición es servicio humilde, no venganza.
Con Verdad: Le dio el bocado. Un acto de gracia que también era una revelación: “Yo sé lo que haces, y aun así te amo lo suficiente para confrontarte con amor.”
Con Propósito Superior: Jesús vio más allá de la traición personal, vio la redención del mundo. Tu Judas no es el fin de tu historia; es parte del camino hacia tu propósito.
La Mesa que Transforma
Hoy, quizás estás mirando a tu mesa y ves un Judas sentado allí. Te sientes traicionado, confundido, preguntándote: “¿Por qué, Señor?”
Recuerda: Dios no te dio a Judas para que te destruya, sino para que a través de él, revele en ti un carácter más parecido al de Cristo.
Deja de verlo como un intruso. Comienza a verlo como un instrumento escogido divinamente para tallar en ti la paciencia, la misericordia y la fe que no nacen en la comodidad.
La próxima vez que te sientes a tu mesa y veas esa incomodidad, recuerda: Cristo ya se sentó a la mesa con el traidor más grande. Y de esa mesa salió, no hacia la venganza, sino hacia la cruz que salvaría al mundo, traidores incluidos.
Tu Judas no está allí por accidente. Está allí por permiso divino. Y cómo decides sentarte con él, determinará si te amarga o te santifica.
Dios no elimina a todos los Judas de tu vida. Pero te da la gracia para amarlos, servirles y, en ese proceso, descubrir que la cruz siempre fue más poderosa que la traición.
Amén.



