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Una Revelación Espiritual
Este sábado 30 de mayo de 2026, cuando amanecía, al levantarme de la cama el reloj marca las 5:26 de la mañana, de repente tuve una revelación. Fue sobre mi sombra. Escuché la voz del Señor decirme: “Esa sombra es la sombra de tu muerte”. Esa misma sombra (pecado) que en este mundo todos tenemos (“por cuanto todos pecaron” Romanos 3 23) y todos cargamos. No importa el dónde, ni el cuándo, ni el cómo, ni la hora: nuestra sombra está de forma permanente acompañándonos, siguiéndonos sin perder un solo paso. Todo este universo está lleno de sombras y oscuridad. La tierra, los planetas todos tienen sombras. Todos los seres vivos y las cosas inanimadas tienen sombra y es porque como bien lo dice el apóstol en 2ª de Pedro 3 7,
“Pero los cielos y la tierra que existen ahora, están reservados por la misma palabra, guardados para el fuego en el día del juicio y de la perdición de los hombres impíos.”
Les explico, pues resulta que esa sombra que nos acompaña a todos y a todas las cosas es la sombra (pecado) de la muerte (Romanos 6 23). Claro, no quiero asustar a nadie, simplemente estoy diciéndolo y compartiendo la revelación que recibí al amanecer de este pasado sábado 30 de mayo de 2026. Es la sombra de la muerte que nos acompaña a todos y a todo desde el mismo momento que nacemos y existimos en este mundo.
Esta es una reflexión profunda y necesaria. El tema de “La sombra que nos acompaña” toca una verdad existencial que la Biblia no esquiva, sino que enfrenta con realismo y esperanza. Y de eso quiero hablarles hoy.
Vamos a desarrollar esta realidad en tres partes: la realidad de la sombra, su propósito pedagógico, y la luz que la vence.
1. La realidad de la sombra: la muerte como compañera inseparable
En este mundo caído, efectivamente, llevamos con nosotros una sombra: la certeza de la muerte. El salmista lo expresa con crudeza:
“¿Qué hombre hay que viva y no vea la muerte? ¿Qué hombre librará su alma del poder del Seol?” (Salmos 89 48)
No importa nuestra posición, salud, edad o felicidad, éxito en la vida o fracaso. La sombra de la muerte está allí, en cada respiro, en cada latido. Salomón, el autor de Eclesiastés lo confirma:
“Todo va a un mismo lugar; todo está hecho del polvo, y todo volverá al polvo.” (Eclesiastés 3 20)
Esa sombra no discrimina. Como todos lo sabemos, puede tomar nuestra vida en un abrir y cerrar de ojos. Jesús mismo contó la parábola del hombre rico que planeaba años de tranquilidad, y Dios le dijo: “Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma” (Lucas 12 20). La sombra no avisa.
2. El propósito de la sombra: despertar sabiduría
Lejos de ser un tema mórbido, la Biblia enseña que recordar esta sombra es el camino a la sabiduría: “Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, Que traigamos al corazón sabiduría.” (Salmos 90 12).
El salmo 90, atribuido a Moisés, es un tratado sobre esta compañía sombría:
La sombra no debe paralizarnos, sino despertarnos. La sombra debe de hacernos preguntarnos a nosotros mismos: ¿Estoy viviendo para lo que realmente importa? El apóstol Pablo, consciente de esta sombra, escribió:
“Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.” (Filipenses 1 21)
La sombra nos recuerda que somos peregrinos, no dueños absolutos. Nos libera de la ilusión de control y nos invita a vivir con urgencia espiritual.
3. La luz que disipa la sombra: la esperanza más allá
Aquí está el centro del evangelio: aunque la sombra nos acompaña, no es eterna. Cristo entró en nuestra sombra para transformarla desde dentro. El salmista, en un momento de fe, declaró:
“Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo.” (Salmo 23 4)
Nota: no dice que el valle no exista. La sombra sigue allí, la sombra existe y es real. Pero la presencia de Dios la despoja de su poder definitivo. Jesús, al morir en la cruz, atravesó esa sombra por nosotros. Y al resucitar, la sombra perdió su última palabra. Por eso Pablo puede gritar:
“¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?” (1ª a los Corintios 15 55)
Para el que está en Cristo, la sombra ya no es un final, sino un pasaje. Es como la sombra de un puente: existe, pero debajo hay un río de vida eterna.
Llamado a la Acción – ¿Qué debemos aprender?
- No ignorar la sombra: Vivir como si fuéramos inmortales es necedad. La sombra nos llama a la humildad y a la gratitud por cada día.
- No temer la sombra: El temor paraliza. La fe confía en que Aquel que venció la muerte nos sostendrá incluso en el trance final.
- Vivir en la luz: Ya que la sombra nos acompaña, aprovechemos cada momento para amar, perdonar, servir y anunciar a Cristo. La muerte no tiene poder sobre el amor sembrado en el nombre de Jesús.
“La noche está avanzada, y el día está cerca. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz.” (Romanos 13 12)
La sombra es real. Pero lo más real es la luz de Cristo que, para quien cree, convierte esa sombra en el vestíbulo de la casa del Padre. Amén.



