Ganaron el Mundo, Perdieron Su Alma: Lo Que Confesarían Si Volvieran a Vivir 

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Ganar el mundo —todo su poder, todas sus riquezas, toda su fama, adulación, altivez, oro, diamantes, dinero y placer— es el peor negocio del mundo. Es el peor porque, al ganar el mundo, se pierde el alma. Y el mundo es temporal, pasajero, frágil como el humo; pero el alma es eterna, inmortal, hecha para durar para siempre. ¡Qué tragedia cambiar algo que no termina por algo que termina en un suspiro! 

A lo largo de la historia, existe una infinidad de hombres y mujeres que ya vivieron y que, a los ojos de los demás, “ganaron el mundo”: conquistadores, emperadores, magnates, celebridades. Acumularon imperios, recibieron multitudes arrodilladas, durmieron en sábanas de seda y comieron en mesas de oro. Sin embargo, al final de sus días —y al despertar del otro lado de la muerte— resultó ser que el que más “gana” en esta tierra es, en realidad, el que más pierde. ¿Por qué? Porque ni un número infinito de mundos, ni todos los tesoros del universo creado, se comparan con el valor de una sola alma. Una sola alma vale más que todos los planetas, más que todas las galaxias, más que todo el tiempo y la materia. Perder el alma no es una pérdida pequeña; es la pérdida absoluta. Por eso la pregunta de Jesús sigue vigente y estremecedora: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?”. Quien entienda esto dejará de perseguir sombras y buscará el tesoro que nunca se acaba: la salvación en Cristo. 

En Mateo 16:26 leemos: Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? “ 

Esta es una de las advertencias más serias en las Escrituras. Si personas que “ganaron el mundo” pero perdieron su alma pudieran regresar a la vida después de experimentar el más allá, dirían algo muy similar a lo que ya registra la Biblia.

Primero, definamos “ganar el mundo” en este contexto. No significa necesariamente ser malvados, sino haber alcanzado la cima del poder, la riqueza, la fama o el éxito humano, pero sin Dios. Veamos algunos ejemplos históricos/bíblicos de personas que ganaron el mundo pero…:

Alejandro Magno: Conquistó el mundo conocido en su juventud, lloró porque no había más tierras que conquistar. Murió a los 32 años.

Julio César: Dueño absoluto de Roma, el hombre más poderoso de su tiempo. Asesinado por sus amigos.

Nabucodonosor: Rey de Babilonia, constructor de una de las ciudades más impresionantes de la historia. Dios lo humilló a nivel de bestia por su orgullo.

Nerón: Emperador de Roma que lo tuvo todo. Murió suicida, perseguido, y es símbolo de la crueldad.

Craso: El hombre más rico de la Roma antigua. Murió de forma humillante: los partos le fundieron oro en la garganta.

Salomón (si miramos su vida alejada de Dios): Tuvo más sabiduría, riqueza y mujeres que nadie. Al final de Eclesiastés concluye: “Todo es vanidad”.

Carlos V: Emperador del Sacro Imperio, dueño de media Europa y América. Abdicó y terminó sus días en un monasterio, asistiendo a su propio funeral en vida.

Napoleón Bonaparte: Dominó Europa. Murió exiliado en Santa Elena, amargado, diciendo: “Jesús es el verdadero rey de reyes”.

John D. Rockefeller: El hombre más rico de la historia moderna (en términos de porcentaje de la economía). En sus últimos años vivió atormentado por la salud y obsesionado por llegar al día siguiente. Dijo: “He ganado millones, pero no me han comprado una hora de vida”.

Howard Hughes: Millonario, aviador, magnate. Terminó encerrado, con temores obsesivos, desnutrido, y murió solo.

¿Qué dirían todos estos hombres si volvieran a la vida después de experimentar el más allá?

Basado en Lucas 16 (la historia del hombre rico y Lázaro), dirían cosas como estas:

“No valió la pena. Ni por un instante.” Compararían 70 años de placer, poder o riqueza con una eternidad de pérdida. Sería como comparar un grano de arena con todas las playas del mundo.

“El precio a pagar fue infinitamente mayor que la ganancia.” Dirían: “Gané el mundo, pero perdí todo lo que realmente importa: paz, propósito, amor verdadero y, sobre todo, la presencia de Dios.”

“No sabía que el alma era real.” En la tierra, muchos viven como si el espíritu fuera una metáfora. Después, dirían: “El alma no es una idea, es mi verdadero yo. Y la perdí por un espejismo.”

“El pecado que parecía placer, ahora es un recuerdo eternamente amargo.” Lo que aquí llamaban “libertad” o “disfrute” (inmoralidad, orgullo, avaricia), allá lo ven como veneno que destruyó su destino.

“¡Adviertan a los que aún viven!” Como el rico de Lucas 16 que suplica por sus hermanos, dirían: “No vivan como yo viví. No esperen hasta después. Busquen a Dios ahora.”

“Qué tonto fui. Construí imperios en un castillo de naipes.” Dirían que todo su éxito era, literalmente, “humo y nada” (Eclesiastés), porque se lo llevó el viento de la muerte.

“Lo único que importaba era lo que hice con Jesús.” Finalmente, entenderían que Dios no pregunta por títulos o cuentas bancarias, sino: “¿Me recibiste o me rechazaste?”

En resumen: Si volvieran, no serían ateos arrogantes ni burlones. Serían los predicadores más apasionados y desesperados llenos de arrepentimiento. Gritarían desde las azoteas: “¡Corran a Cristo! ¡No cometan mi error! El mundo entero no vale ni un minuto en el infierno, ni se compara con un segundo en la gloria de Dios.”

La buena noticia del evangelio es que no es necesario morir para saber esto. La Escritura ya nos lo revela. El que “gana el mundo” pero descuida su alma es, en realidad, el mayor perdedor del universo. Y el que “pierde el mundo” (como los mártires, los pobres de espíritu, los humildes) por amor a Cristo, es el verdadero ganador.

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