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“El mundo está patas arriba”, escribió Eduardo Galeano, y pocas imágenes capturan mejor esta época donde la verdad se negocia, la justicia se prostituye y la fe se convierte en un disfraz para el saqueo. Vivimos un tiempo extraño: los líderes que hablan más de Dios suelen estar más lejos de sus mandamientos, y las multitudes aplauden mientras les roban hasta la esperanza. La falta de vergüenza por parte de los políticos y la ignorancia, por parte de los pueblos son realmente atrevidas o, como diría mi abuelita, descaradas.
No es casualidad. La tradición judeocristiana, particularmente en el libro de Apocalipsis y en las epístolas de Juan Apóstol, describe dos fuerzas espirituales que operan en la historia: el espíritu del Anticristo y el espíritu del Falso Profeta. El primero es la negación de la justicia y la verdad encarnada en sistemas de poder opresor; el segundo es la religión vaciada de ética, que bendice lo que Dios condena y condena lo que Dios bendice.
“¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!” (Isaías 5:20, RVR1960)
El mundo patas arriba es precisamente aquel (o este donde hoy vivimos) donde llaman a lo bueno malo y a lo malo bueno. Los pueblos aplauden a gobernantes que roban bajo el manto de la religión, mientras condenan a quienes denuncian la injusticia. El espíritu del Anticristo saquea el Estado; el Falso profeta bendice el saqueo desde el púlpito. La mentira se vuelve verdad, la opresión se llama orden, y la fe sin justicia se convierte en el más oscuro de los engaños. Mordida a mordida, lo destruyen absolutamente todo.
“Todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo” (1 Juan 4:3, RVR1960).
“Y vi a la bestia, a los reyes de la tierra y a sus ejércitos reunidos para guerrear contra el que montaba el caballo y contra su ejército. Y la bestia fue apresada, y con ella el falso profeta que había hecho las señales delante de ella, con las cuales había engañado a los que recibieron la marca de la bestia” (Apocalipsis 19:19-20).
La alianza perversa: política sin alma y religión sin cruz
El espíritu del Anticristo no es necesariamente un dictador con cuernos. Es más sutil: se manifiesta en políticos que usan el Estado como botín, legislan para los poderosos, criminalizan la protesta social, persiguen a periodistas y a todo aquel que hace públicas sus fechorías y convierten la democracia en fachada. Gobiernan para unos pocos mientras el pueblo se empobrece.
El espíritu del Falso Profeta, por su parte, no es un chamán excéntrico. Habita en púlpitos y plataformas mediáticas donde se predica prosperidad sin solidaridad, perdón sin justicia y obediencia a los gobernantes como si fueran ungidos divinos intocables. Este falso profeta bendice guerras, avala corrupción y silencia a las víctimas con citas bíblicas sacadas fuera del contexto y voluntad divina.
Juntos, Anticristo y Falso Profeta forman una máquina de destrucción lenta, mordida a mordida: la mordida de la coima, la mordida del recorte social, la mordida de la manipulación mediática, la mordida de una fe adormecedora.
Cuando el gobernante es un espectáculo y la religión, su escenografía
En la actualidad, observamos líderes que convierten la política en un espectáculo de ultraderecha populista. Con discursos furiosos contra “el establishment”, prometen devolver la grandeza a naciones heridas, pero en la práctica desmantelan la institucionalidad, concentran el poder y siembran división. Utilizan símbolos patrióticos y religiosos como un manto sagrado que todo lo cubre.
Son maestros del engaño emocional: hablan como guerreros de la fe, posan con Biblias en mano o asisten a ceremonias donde se declaran protectores del cristianismo, mientras sus políticas empujan a migrantes a la desesperación, reducen impuestos a los multimillonarios y recortan derechos laborales, ambientales y sanitarios.
“Porque se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos” (Mateo 24:24).
No necesitan hacer milagros sobrenaturales. Sus “señales” son mítines multitudinarios, frases virales que enardecen a las bases, y una capacidad asombrosa para que sus seguidores perciban cualquier crítica como un ataque a Dios mismo.
El laboratorio centroamericano: orden, mano dura y altar evangélico
En El Salvador, un fenómeno similar ha cautivado la atención mundial. Un presidente joven, carismático, con gran despliegue en redes sociales, implementó un régimen de excepción bajo el discurso de guerra contra las pandillas. Las tasas de homicidio cayeron, pero a costa de detenciones masivas sin debido proceso, hacinamiento carcelario, muertes en prisión preventiva y la normalización de prácticas que organismos de derechos humanos califican como violaciones sistemáticas y delitos de lesa humanidad.
Lo relevante para este análisis no es la seguridad en sí misma, sino la alianza religiosa (el espíritu del Anticristo y el Falso Profeta) que legitima el modelo “Político-Religioso”. El mandatario ha aparecido en actos con líderes evangélicos que lo declaran “instrumento de Dios”, oran por él públicamente y silencian cualquier crítica eclesial. La Iglesia católica, históricamente más crítica en la región, ha sido marginada, mientras crece un sistema evangelico político que bendice el autoritarismo si este se viste de orden.
La pregunta teológica es incómoda: ¿Puede un cristiano aplaudir la suspensión de garantías constitucionales, la tortura encubierta o la prisión sin juicio justo, solo porque el gobernante dice creer en Dios? ¿Debe un cristiano aplaudir a un gobernante que viola las leyes de la Constitución Establecida y crea “nuevas leyes” cortadas a su propia medida? El Falso Profeta responde que sí, y las multitudes lo siguen.
Trump y el Evangelio de la Conveniencia
El caso de Donald Trump, presidente de Estados Unidos, es quizás el más analizado. Un magnate de la vida mundana, con varios divorcios, acusaciones de fraude y agresiones sexuales, convicto de 34 crímenes en un juzgado federal en el estado de Nueva York, un hombre que desconoce totalmente la Biblia, este mismo personaje logró sin embargo el apoyo y voto abrumador de los evangélicos blancos y un alto porcentaje de los evangélicos y católicos latinoamericanos. ¿Por qué? Porque prometió jueces conservadores, defendió simbólicamente a Israel, y se presentó como un “David contra Goliat” del sistema.
El Falso Profeta no necesita que el político sea santo. Necesita que el político sea útil. Y a cambio, el político recibe legitimidad sagrada. Esta transacción es quizá la expresión más pura del espíritu del Anticristo: usar la fe como mercancía electoral.
“Y hará que a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se les ponga una marca en la mano derecha o en la frente” (Apocalipsis 13:16).
La “marca” moderna, al menos en estos momentos, no es un chip literal, sino la identificación incondicional con un líder, su partido o su relato. Ya no se discuten políticas; se defiende a una persona como si fuera un dogma. Quien no lo aplaude es enemigo de Dios y de la patria. Ese es el triunfo del espíritu del Anticristo dentro de las iglesias y en el mundo.
Mordida a mordida: la destrucción silenciosa
¿Por qué “mordida a mordida”? Porque los grandes males de nuestro tiempo no suelen venir con espadas ni ejércitos invasores. Vienen con leyes aparentemente técnicas, con reformas judiciales que concentran poder, con ajustes fiscales que empobrecen a las mayorías, con discursos de odio que fracturan el tejido social. Vienen con una oración dada por un falso profeta al inicio de los actos de gobierno y una puerta giratoria entre el poder político y las corporaciones.
Mientras tanto, el pueblo se acostumbra. Cuando un líder que se dice cristiano encarcela opositores, sus seguidores lo justifican. Cuando otro recorta presupuestos de salud mientras construye obras faraónicas, lo llaman eficiencia. Cuando un tercero utiliza recursos públicos para su campaña, lo ven como “lealtad”. El Falso Profeta ha logrado lo más terrible: hacer que la traición al Evangelio se sienta como fidelidad.
Una advertencia final desde la Escritura
El apóstol Pablo advirtió a los ancianos de Éfeso:
“Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos” (Hechos 20:29-30).
No es que el Anticristo y el Falso Profeta vengan del exterior. Se levantan de dentro: de partidos políticos que ocupan bancas evangélicas, de pastores que negocian bendiciones a cambio de prebendas, de ciudadanos que venden su discernimiento por un espejismo de seguridad o prosperidad.
El mundo sigue patas arriba. Pero para quienes creen en el Dios de la justicia, hay una tarea pendiente: no aplaudir al lobo aunque hable bonito, no bendecir al falso profeta aunque tenga un púlpito, y recordar que la verdadera fe exige profecía, no adulación; denuncia, no complicidad; cuidado al pobre, no alianza con el poderoso.
Mientras tanto, la mordida continúa. Y el pueblo, a veces, ni se da cuenta de que le robaron los calzoncillos sin siquiera haberle bajado los pantalones.



