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Fe • Familia • Esperanza | PastorChamagua.com
Vivimos en una paradoja espiritual sin precedentes. Nunca antes la tecnología había acercado tanto el mensaje cristiano a los confines de la tierra; sin embargo, nunca antes el corazón del hombre moderno había estado tan lejos de su Creador. El desprecio y el desinterés por el Evangelio no son un rumor lejano; son la banda sonora de nuestra generación. Pero, ¿de quién es la culpa? ¿Es el mundo el villano de esta historia, o la Iglesia actual ha perdido su sal y su luz?
El diagnóstico: Humanismo versus Teocentrismo
Para entender por qué la gente se ha vuelto más humanista que creyente, debemos mirar al “evangelio” que se predica desde muchas plataformas. El humanismo secular nos dice que el hombre es el centro, el dueño de su destino y la medida de todas las cosas. El Evangelio de Cristo, en cambio, nos dice que Dios es el centro y que el hombre, en su orgullo, está caído.
La gente ha abrazado el humanismo porque es un camino ancho y cómodo. No exige arrepentimiento, no exige cruz, no exige un “yo” muerto para que “Cristo” viva. El hombre moderno no rechaza a Dios por un problema intelectual; lo rechaza porque es un problema moral. Prefiere un dios a su imagen y semejanza (un “dios de la prosperidad” o un “dios de la tolerancia sin juicio”) antes que postrarse ante el Dios Santo de la Escritura. La incredulidad no es falta de evidencia, es falta de voluntad para someterse.
El Templo Vacío y el Estadio Lleno: La Liturgia del Espectáculo
Los estadios, las modernas catedrales están repletos y los templos vacíos. Esto no es casualidad; es el reflejo de un cambio en el alma colectiva.
El Estadio es el templo del “yo”. Allí, el individuo se funde con la masa para idolatrar a un ídolo de carne y hueso (el deportista), o para experimentar una catarsis emocional colectiva donde no hay pecado, solo victoria. Es una religión sin exigencia ética, donde la comunión se da en torno a una cerveza y un grito de ¡GOOOOOOL! y no en torno al Cuerpo y la Sangre de Cristo.
El Templo (la Iglesia) está vacío porque, para muchos, se ha vuelto irrelevante. Se ha vaciado de la presencia de Dios y se ha llenado de programas, entretenimiento y moralismos baratos.
¿La culpa? Aquí la responsabilidad es compartida, pero la Iglesia tiene una cuenta pendiente. El mundo actúa según su naturaleza (amó las tinieblas más que la luz). Sin embargo, la Iglesia actual, en muchas ocasiones, ha pecado por “desprecio” hacia su propia identidad. Hemos querido ser “cool”, adaptarnos al mundo para atraerlo, y hemos terminado siendo una mala copia de él. Hemos cambiado el púlpito por el escenario, la cruz por la psicología positiva, y la sangre de Cristo por consejos de autoayuda. ¿Cómo va a desear el mundo un Evangelio que se parece tanto a lo que ya tiene?
¿Son estas las señales de los últimos tiempos?
La Escritura es clara: “En los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios…” (2 Timoteo 3:1-2). El desprecio por la verdad y el amor por el placer (estadios, espectáculos, entretenimiento) son, sin duda, calcos de las señales proféticas.
Sin embargo, hay un peligro teológico: caer en la especulación fatua. Más que preguntarnos si son los últimos tiempos (algo que los cristianos hemos esperado por 2,000 años), debemos preguntarnos: ¿Estamos respondiendo como la Iglesia debe responder en estos tiempos? Jesús no nos mandó a descifrar el calendario, sino a predicar el Evangelio a toda criatura. El hecho de que el mundo esté en su peor momento es, precisamente, la oportunidad más grande para que la Iglesia brille en su mejor momento.
El provocador silencioso: Satanás y el sistema
Sí, estos comportamientos han sido provocados. No es una conspiración humana únicamente, sino una orquestación espiritual. El “dios de este siglo” (Satanás) ha cegado el entendimiento de los incrédulos (2 Corintios 4:4). Ha utilizado la posmodernidad para sembrar la duda, el relativismo y el hedonismo. Ha logrado que el pecado no solo sea aceptado, sino celebrado, y que la fe sea vista como un retroceso intelectual.
Pero no podemos echar toda la culpa al diablo. La Iglesia ha sido negligente en la “cultura del encuentro”. Hemos predicado un Evangelio de “fórmulas mágicas” (ven a Jesús y todo irá bien) en lugar de un Evangelio de “muerte y resurrección” (sígueme y toma tu cruz). Cuando la gente prueba el evangelio light y ve que no funciona (porque no es el verdadero), lo desechan con desprecio.
¿Por qué seguir predicando si el mundo lo desprecia?
Esta es la pregunta del millón. ¿Por qué insistir en anunciar una verdad que es escupida, pisoteada y ridiculizada por las palabras y los hechos de la mayoría?
Por tres razones fundamentales:
- Porque es el poder de Dios para salvación (Romanos 1:16). El hecho de que la mayoría lo desprecie no cambia su naturaleza. El agua puede ser despreciada por un hombre sediento en un desierto que prefiere beber veneno, pero el agua sigue siendo el único elemento que lo salvará. La predicación no es un sondeo de opinión; es una cuestión de vida o muerte eterna.
- Porque la fe no depende de las estadísticas. La verdad no se define por mayoría, sino por la fidelidad de Dios. Noé predicó 120 años y solo se salvaron 8 personas. Jeremías fue rechazado por toda una nación. El éxito del Evangelio no se mide por el tamaño del estadio, sino por la fidelidad del mensajero.
- Porque hay un remanente. A pesar del desprecio general, hay ovejas perdidas que aún no han escuchado la voz del Buen Pastor. Nuestra responsabilidad es sembrar la semilla. El crecimiento es cosa de Dios. No podemos dejar de predicar porque “la cosecha es mucha” y los obreros son pocos. El desprecio del mundo no es una excusa para nuestra desobediencia; es un acicate para nuestra compasión.
Conclusión: La Última Llamada
El desprecio por el Evangelio es una realidad dura, pero no es una sorpresa para Dios. Él ya lo sabía. La Iglesia debe dejar de lamentarse por el mundo y comenzar a examinar su propio corazón. No podemos culpar al mundo por ser mundano; ese es su trabajo. Nuestro trabajo es ser luz.
Los estadios se llenan de ídolos porque el corazón humano necesita adorar. La pregunta es: ¿le estamos ofreciendo un Dios lo suficientemente grande y real para competir con esos ídolos? Si la Iglesia vuelve a la sencillez del Evangelio, a la cruz, al arrepentimiento y al amor sacrificial, el mundo seguirá despreciándolo, pero algunos, los elegidos, caerán de rodillas.
No dejemos de predicar. No por orgullo, ni por tradición, sino por amor. Porque mientras el mundo celebra sus victorias efímeras en los estadios, hay almas que se desangran en silencio esperando una palabra de esperanza. Y esa palabra, aunque despreciada, sigue siendo la única verdad que resucita muertos.
“Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios.” (1 Corintios 1:18). Amén.



