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Que la gracia y la paz de nuestro Señor Jesucristo esté con todos ustedes.
Hermanos, hoy quiero hablarles sobre una trampa sutil en la que, con demasiada frecuencia, caemos los creyentes. Es la trampa de una fe personalizada, empaquetada y medida por nuestra comodidad. Una fe que describe con precisión el hecho que “es fácil medir nuestra fe mediante la devoción personal o reglas personales… en lugar de hacer presencia en el mundo en el cual vivimos.”
Pensemos por un momento. ¿Cómo medimos nuestro crecimiento espiritual? A menudo, es una lista de verificación interna: ¿Oré hoy? ¿Leí la Biblia? ¿Fui a la iglesia? ¿No dije malas palabras? Y si cumplimos con esa lista, nos sentimos bien, nos sentimos “santos”, creemos que nuestra fe es fuerte.
Pero el mensaje de las Escrituras es mucho más radical y desafiante. Nos advierte que este enfoque, si se convierte en nuestro único fin, tiene un problema grave: “Nos ciega frente a toda la injusticia que se vive en el mundo… y causa que muchos creyentes inclusive apoyen y se vuelvan ciegos frente a la maldad y la injusticia y la violencia.”
¿Cómo es posible? ¿Cómo puede alguien que lee la Biblia volverse ciego ante el dolor del mundo? Sucede cuando nuestra religión se reduce a un “enfoque en el bienestar personal en lugar del bienestar colectivo”. Cuando el evangelio que creemos predicar se centra únicamente en mi paz, mi prosperidad y mi salvación, perdemos de vista el corazón de Dios, que late por toda la humanidad.
Esta actitud, nos dice el texto, “está total y completamente en contra de las escrituras y del evangelio mismo.” Y tiene razón. Veamos lo que la Palabra de Dios nos dice.
La Llamada a Salir: La Gran Comisión
Jesús, después de resucitar, no reunió a sus discípulos y les dijo: “Vayan a sus casas, construyan un cuarto de oración, y enfóquense en su santidad personal hasta que yo regrese”. ¡No!
En Mateo 28:19-20, les ordena: “Por tanto, vayan y hagan discípulos a todas las naciones…”
En Marcos 16:15, declara: “Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura.”
En Lucas 24:47, les explica: “y que en su nombre se predicara el arrepentimiento y el perdón de pecados a todas las naciones…”
El verbo clave aquí es “VAYAN”. Es un verbo de acción, de movimiento, de salida. Implica dejar nuestra zona de confort para adentrarnos en un mundo herido y necesitado. La fe que no sale, que no se ensucia con las realidades del mundo, es una fe que desobedece el mandato final de nuestro Señor.
El Mandamiento Inmutable: Amar al Prójimo
Jesús no inventó un nuevo mandamiento. Lo tomó del corazón mismo de la Ley del Antiguo Testamento.
En Levítico 19:18, Dios ya había dicho: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”
Y cuando Jesús fue cuestionado sobre el mandamiento más importante, lo confirmó y lo elevó, uniéndolo inseparablemente al amor a Dios. “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón… Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:37-39).
Fíjense en la frase “como a ti mismo”. Es el antídoto divino contra el egoísmo. Nos obliga a salir de nosotros mismos y a considerar las necesidades, los dolores y las injusticias que sufren los demás con la misma urgencia e importancia con que consideramos las nuestras. Si a mí me duele la injusticia, me debe doler la injusticia contra mi prójimo. Si yo anhelo paz, debo anhelar paz para mi comunidad.
La Evidencia de la Fe Verdadera: La Justicia y el Amor
El profeta Miqueas 6:8 resume de manera poderosa lo que Dios espera de nosotros: “Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios.”
No es solo devoción personal (“humillarte ante tu Dios”). Eso viene al final. Primero está “hacer justicia” – actuar contra la injusticia, defender al oprimido, trabajar por un sistema más equitativo. Luego, “amar misericordia” – tener un corazón compasivo y activo que se inclina hacia el que sufre.
En el Nuevo Testamento, el apóstol Juan es aún más directo. En 1 Juan 4:20 lanza una pregunta que debería estremecernos: “Si alguien dice: ‘Amo a Dios’, pero odia a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios, a quien no ha visto.”
Y en 1 Juan 3:17-18 pregunta: “Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.”
Conclusión: ¿Dónde Estamos Nosotros?
Hermanos, la pregunta de hoy es: ¿Dónde estamos nosotros? ¿Nuestra fe es un refugio donde nos escondemos del mundo o es un bote salvavidas con el que nos lanzamos a rescatar a los que se ahogan?
¿Somos como el sacerdote o el levita de la parábola del Buen Samaritano (Lucas 10), que, preocupados por su pureza ritual o sus asuntos religiosos, pasaron de largo al lado del hombre herido? O ¿somos como el samaritano, que se detuvo, se compadeció, y “haciendo presencia” en el dolor ajeno, invirtió su tiempo y sus recursos para sanar?
“Cuando nuestro enfoque es el bienestar personal… jamás aprendemos a estar presentes frente a las necesidades o injusticias a las que los demás son sometidos.”
Dios no nos llama a ser una comunidad de personas perfectas encerradas en una burbuja. Nos llama a ser sal y luz del mundo.
- La sal no se guarda en el salero; se sale y se mezcla con la comida para preservarla y dar sabor.
- La luz no se encierra debajo de un cajón; se pone en lo alto para alumbrar a todos los que están en la casa.
Hoy, el Señor nos está desafiando. A dejar de medir nuestra fe solo por lo que hacemos en privado, y a empezar a medirla por el amor y la justicia que practicamos en público. A abrir los ojos ante la injusticia, a alzar la voz por los que no tienen voz, a dejar de preocuparnos solo por el “número uno”, y a empezar a servir al “prójimo” que Dios pone en nuestro camino.
Porque al final, “en lo que amas a los demás, amas a Dios.” Que el Espíritu Santo nos dé el valor y la compasión para ser una iglesia presente, relevante y transformadora, en el nombre de Aquel que no se quedó en el cielo, sino que vino al mundo para servirnos y darnos vida en abundancia, Jesucristo nuestro Señor.
Amén.



