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Apocalipsis 7:9 | Gálatas 3:24

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Fe • Familia • Esperanza | PastorChamagua.com

Hermanos, hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre algo que muchas veces damos por sentado: la iglesia. No como un edificio, ni como una institución humana, sino como el pueblo santo de Dios, el cuerpo de Cristo, la familia espiritual que trasciende el tiempo y nos proyecta hacia la eternidad.

Porque hay una verdad que debemos grabar en nuestro corazón: cuando nacemos, nacemos en una familia humana. Esa familia es real, es bendita, pero es temporal. No la escogemos; nos es dada. Es carnal, sujeta al paso de los años, a las limitaciones de la carne y a la muerte misma. Pero existe otra familia, una que sí escogemos, una que no perece, una que es eterna. Esa familia es la iglesia. Y es con ese pueblo con quien pasaremos la eternidad.

La iglesia no es un edificio, ni una institución, ni una denominación. Es el pueblo de Dios redimido por la sangre de Cristo, llamado a ser su cuerpo en la tierra. Es la familia espiritual que elegimos, donde el Espíritu Santo mora, donde los dones se manifiestan para edificación y donde el amor se hace tangible. Es el preludio del Reino de los Cielos: una comunidad de creyentes de toda etnia, lengua y nación, que juntos adoran al Señor, se forman en Su Palabra y llevan luz a un mundo en tinieblas. No es un refugio para escapar, sino una plataforma para transformar desde la perspectiva eterna. Es el ayo que nos conduce a Cristo y el anticipo de la gloria que vendrá cuando Él regrese. 

LA IGLESIA COMO AYO QUE NOS LLEVA A CRISTO

El apóstol Pablo, en Gálatas 3:24, nos dice que la ley fue nuestro ayo, nuestro guía, para llevarnos a Cristo. Pero hoy quiero proclamar que la iglesia, en su esencia, cumple también esa función: es el ayo que nos conduce al Señor. No es un fin en sí misma, es un medio. No es el destino, es el camino. La iglesia existe para señalarnos a Jesús, para formarnos en Él, para enseñarnos a caminar conforme a Su voluntad.

Cuando la iglesia olvida esto, se vuelve un club social, una organización política o un simple ritual vacío. Pero cuando cumple su deber ser, se convierte en el instrumento de Dios para atraer almas, para discipular, para restaurar y para enviar. Su función no es otra que ser el canal por el cual la gracia fluye y las vidas se transforman.

EL LLAMADO: SER PRELUDIO DEL REINO

La iglesia no es un accidente en el plan divino. Es un llamado, una elección. Es el preludio de lo que vendrá en el Reino de los Cielos. Cada culto, cada oración, cada acto de amor entre hermanos es un ensayo de la eternidad. Porque un día, tal como lo vio Juan en Apocalipsis 7:9, estará delante del trono “una gran multitud, que nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas”, adorando al Señor.

Ese es nuestro destino. Y la iglesia, hoy, es el anticipo de esa realidad. Por eso su llamado es santo. No estamos aquí para satisfacer nuestros caprichos, ni para construir imperios terrenales. Estamos aquí para ser luz, para ser sal, para ser testigos de un Reino que no es de este mundo.

LA MATERIA: UN PUEBLO REDIMIDO Y ELEGIDO

¿Cuál es la materia de la iglesia? No son ladrillos, ni programas, ni recursos económicos. La materia de la iglesia es el pueblo redimido por la sangre de Cristo. Somos nosotros, con nuestras debilidades y fortalezas, con nuestras luchas y victorias. Pero somos un pueblo elegido, no por méritos propios, sino por la gracia soberana de Dios.

La iglesia está compuesta por aquellos que, habiendo escuchado la voz del Buen Pastor, decidieron seguirle. Esa decisión, esa elección voluntaria, nos distingue de la familia carnal. No nacemos en la iglesia; nacemos de nuevo en ella. Y ese nuevo nacimiento nos hermana con creyentes de toda raza, condición y tiempo.

LA VOLUNTAD DIVINA MANIFIESTA EN LA IGLESIA

La voluntad de Dios se revela en su iglesia de manera clara y poderosa. No es una voluntad oculta ni caprichosa. Es la voluntad de que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad (1 Timoteo 2:4). Es la voluntad de que seamos uno, como Él y el Padre son uno (Juan 17:21). Es la voluntad de que amemos al prójimo como a nosotros mismos, y que llevemos el evangelio a toda criatura.

La iglesia, cuando vive conforme a esa voluntad, se convierte en faro en medio de la oscuridad. No es un faro que ilumina para ser visto, sino que ilumina para guiar; no busca protagonismo, sino servicio. Su luz no es propia, es reflejo de la Luz del Mundo, y su función es señalar el puerto seguro en medio de la tormenta de este siglo. 

Es el lugar donde el Espíritu Santo se mueve con libertad, no sujeto a estructuras humanas ni a liturgias vacías, sino brotando como agua viva en medio de corazones rendidos. Allí los dones se manifiestan no para envanecer, sino para edificar; no para competir, sino para complementar. Allí el amor se hace tangible, no en teorías ni en discursos, sino en hechos concretos: en el pan compartido, en la lágrima enjugada, en el hermano que carga la carga del otro, en la palabra oportuna que edifica y restaura.

Y es también el lugar donde aprendemos a esperar, a confiar y a perseverar. Porque la vida cristiana no es una carrera de velocidad, sino una caminata de resistencia. Allí, en la comunión de los santos, entendemos que los tiempos de Dios no son los nuestros, que Sus caminos son más altos, y que Su silencio no es ausencia, sino preparación. Aprendemos a esperar porque sabemos que el tiempo de Dios es perfecto, y que todo se cumple cuando el tiempo se cumple, no antes ni después, sino en el momento exacto de Su soberanía.

Queridos hermanos, la iglesia no es un refugio para escapar del mundo, como quienes huyen de la batalla, sino una plataforma para transformarlo desde la perspectiva del Reino. No somos llamados a aislarnos, sino a involucrarnos; no a condenar, sino a redimir; no a señalar, sino a sanar. Es la familia que elegimos, no por sangre, sino por el Espíritu; la comunidad que nos forma, no con rigidez, sino con paciencia; y el preludio de la gloria eterna que nos espera, donde toda etnia, toda lengua y todo pueblo se postrarán ante el Cordero. La iglesia, en su esencia, es el anticipo del cielo en la tierra. Por eso, vivámosla con plenitud, honrémosla con fidelidad y sirvámosla con amor, porque en ella se está gestando la eternidad.

No despreciemos la iglesia. No la veamos con indiferencia ni con crítica estéril. Más bien, amémosla como Cristo la amó, y entreguémonos a ella con fidelidad, porque ella es su cuerpo, y Él es su cabeza.

Hoy, el Señor nos llama a vivir nuestro deber ser: ser ayo que guía a otros a Cristo, ser preludio del Reino, ser materia viva del edificio espiritual que Él está levantando. Que así sea, y que Su voluntad se haga en nosotros, ahora y por siempre. Amén.

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