Jesús el Señor es un Rey, no un presidente.

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¿Por qué estamos aquí? La respuesta simple, directa y concisa es que nos encontramos en este mundo para ejercer dominio sobre la tierra en nombre del Señor; es decir, fuimos creados y destinados a colonizar y gobernar la tierra en Su nombre y para su Reino.

La esencia de la predicación de Jesús se centró exclusivamente en el Reino-Gobierno de Dios. Sin embargo, aquí surge un conflicto inicial: la Biblia no aborda la idea de democracia, Cristo Jesús no se presenta como un presidente, y el Reino no se concibe como una religión. Jesús no enseñó a la gente sobre su propia muerte o resurrección; más bien, dedicó sus enseñanzas de una manera total al Reino de Dios.

Es crucial comprender que la palabra \”Señor\” implica y significa ser dueño. En siglos anteriores los esclavos llamaban a sus dueños: “Mi Señor” (mi dueño). En Estados Unidos, los propietarios de apartamentos o propiedades en alquiler se llaman \”LandLords\”, es decir, dueños de la tierra. \”Señor\”, al ser aplicado a Dios significa dueño de todas las cosas en la tierra y en el universo visible é invisible, lo que convierte a Jesús en el Señor/Dueño de toda la tierra. Fuimos creados con el propósito de \”colonizar\”, es decir, conquistar y someter todo lo que hay en la tierra para nuestro dueño y Señor. El hombre es la única criatura que al hombre le está prohibido conquistar, todo lo demás ha sido puesto bajo el dominio humano. 

El concepto de Reino es radicalmente diferente a la democracia; esto puede generar conflictos para aquellos de nosotros acostumbrados a pensar en términos democráticos, donde el gobierno es del pueblo o de todos. Estamos entrenados para concebir el \”gobierno de todos\”, y estas ideas presentan desafíos cuando nos sumergimos en la Biblia, que es, esencialmente, la Constitución del Reino de Dios. La Biblia establece las leyes y principios del gobierno de Dios, un reinado que difiere sustancialmente de una democracia. No es el gobierno de todos o del pueblo, sino el gobierno de Dios el Señor, el dueño de todas las cosas.

La Biblia, por lo tanto, se convierte en la Constitución que rige el Reino de Dios, proporcionando un marco para entender y vivir en sintonía con el gobierno divino. En lugar de buscar una democracia, debemos abrazar y aplicar los principios del Reino de Dios en nuestras vidas y en la sociedad. Este enfoque nos desafía a cambiar nuestra mentalidad y a alinearnos con la voluntad y el gobierno del Señor sobre toda la tierra.

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En el mundo y dentro de la iglesia, muchas personas enfrentan serios desafíos al leer la Biblia, ya que este libro nos habla no de religión, sino de un Reino, un Rey, una familia real y una constitución que detalla las leyes de ese Reino. Al adoptar esta perspectiva, la Biblia se revela no como un texto religioso común, sino como un documento legal.

Cada país, nación o reino tiene su propia constitución, que establece las reglas y aspiraciones de su población. Sin embargo, en un reino, la constitución representa las aspiraciones del Rey para su pueblo, no las aspiraciones de la gente para sí misma. Este concepto se refleja en la afirmación bíblica: \”Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable\” (Primera de Pedro, capítulo 2 verso 9).

La Biblia, entonces, se revela como un documento legal que garantiza las promesas del Rey a sus ciudadanos. Considerarla simplemente como un libro religioso limitaría nuestra comprensión de todo lo que Dios desea para nosotros. Por esta razón, la Biblia es llamada La Ley de Dios, destacando su naturaleza legal.

Gálatas, capítulo 6 verso 2 nos insta a \”Sobrellevar los unos las cargas de los otros, y cumplir así la ley de Cristo\”. Aquí, la ley se relaciona con la práctica del amor y la solidaridad entre los creyentes. Además, Primera de Juan, capítulo 4 versos 7 al 8 nos enseña que amarnos unos a otros es una manifestación del amor de Dios en nosotros, conectando así la ley con la esencia misma de Dios, que es amor. Primera de Juan, capítulo 5 verso 3 refuerza esta idea, indicando que amar a Dios implica obedecer sus mandamientos, los cuales no son una carga sino una expresión de amor genuino.

El Salmo 40 verso 8 refuerza la idea de vivir conforme a la voluntad de Dios: \”Me deleito en hacer tu voluntad, Dios mío, tu ley la llevo dentro de mí\”. Aquí, la ley de Dios no es impuesta externamente, sino que se convierte en una parte intrínseca de nosotros, guiando nuestras acciones y decisiones.

La Biblia es más que un libro religioso; es un documento legal que refleja las leyes y aspiraciones del Reino de Dios. Su enfoque en el amor, la solidaridad y la obediencia refleja la relación de los ciudadanos de este Reino con su Rey, y llevar estas leyes en nuestro corazón se convierte en un deleite, no en una carga.

La ley de Dios aborda los derechos y responsabilidades legales en el Reino, tanto las que el Rey nos ofrece como las que nosotros, como ciudadanos, estamos llamados a obedecer y cumplir. A diferencia de una democracia, no podemos simplemente cambiar lo que no nos gusta en el Reino de Dios. Un ciudadano en este Reino no es simplemente una persona religiosa, sino alguien con derechos legales. No somos meros miembros; somos ciudadanos, lo cual implica derechos y deberes específicos.

En Filipenses, capítulo 3 versos 12 al 21, el apóstol Pablo destaca la perspectiva de ciudadanía en el Reino de Dios. No es un estado de perfección instantánea, sino un continuo proceso de crecimiento. La meta es asir aquello para lo cual fuimos asidos por Cristo Jesús. Pablo exhorta a olvidar lo que queda atrás, a alcanzar lo que está por delante y a seguir la meta del supremo llamamiento en Cristo Jesús.

La ciudadanía en el Reino de Dios implica seguir una regla común y sentir una misma cosa. No es simplemente una membresía pasiva, sino una participación activa y comprometida en la vida del Reino.

En el versículo 20, Pablo enfatiza que nuestra ciudadanía no es terrenal, sino celestial. Nuestra esperanza está en el Salvador, Jesucristo, quien transformará nuestros cuerpos y sujetará todas las cosas a sí mismo.

La analogía de la ciudadanía se conecta con la conversación de Jesús con Nicodemo, donde explica cómo adquirir la ciudadanía en el Reino de Dios. Mientras que muchos pagan altas sumas para obtener la ciudadanía en países como Estados Unidos, en el Reino de Dios, el abogado es Jesús y la ciudadanía es gratuita. Este mensaje central de la Biblia es el mensaje del Reino, de cómo cada uno puede recuperar su ciudadanía en el Reino de Dios.

A lo largo de su ministerio terrenal, Jesús habló exclusivamente del Reino de Dios porque su deseo es que recuperemos nuestra ciudadanía en ese Reino. Cada individuo nace para ser un líder, un embajador del Reino de Dios en la tierra. En todas las áreas de la vida, debemos llevar el Reino de Dios, sin esperar a morir para experimentarlo, ya que podemos vivirlo aquí en la tierra. La ciudadanía en el Reino de Dios implica una vida activa y comprometida, reflejando los derechos y responsabilidades que conlleva.

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