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Hoy reflexionaremos sobre las Escrituras que nos han sido dadas en Romanos 8:19-23 y 1 de Pedro 1:3-9. Estos pasajes revelan una conexión profunda entre la manifestación gloriosa de los hijos de Dios y nuestra llamada como iglesia a preparar el camino para la segunda venida del Señor. La iglesia es la escogida de hoy para convertirse en aquella Voz que Clama en el Desierto llamada a preparar el camino para la Segunda venida del Señor.
En Romanos 8, el apóstol Pablo nos habla de la creación que anhela la manifestación de los hijos de Dios. La creación misma, sujeta a la vanidad, espera con expectación la liberación de la esclavitud de corrupción a la que ha sido sometida por el pecado del hombre para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Este anhelo no sólo es experimentado por la creación, sino también por nosotros, quienes tenemos las primicias del Espíritu. Somos llamados a gemir con la creación en anticipación de nuestra adopción y redención completa.
Esta idea se conecta de manera maravillosa con la carta de Pedro, donde él bendice al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo por su gran misericordia al darnos una esperanza viva a través de la resurrección de Jesucristo de entre los muertos. Esta esperanza nos lleva a una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para nosotros. Aunque en este momento podamos enfrentar diversas pruebas, nuestra fe, más preciosa que el oro probado por el fuego, será hallada en alabanza, gloria y honra cuando Jesucristo sea manifestado.
Ambos pasajes nos instan a comprender nuestra función como iglesia en estos tiempos cruciales. Somos los modernos Juan el Bautista, llamados a preparar el camino para la segunda venida del Señor. Así como la creación aguarda nuestra manifestación como hijos de Dios, nosotros debemos vivir con la esperanza viva que nos ha sido dada. Somos el testimonio visible de la obra redentora de Cristo en nuestras vidas.
La iglesia, en su unidad y amor, debe reflejar la luz de Cristo en un mundo oscuro y ansioso. Mientras enfrentamos aflicciones y pruebas, recordemos que nuestra fe es más preciosa que el oro y será probada en el fuego. Mantengamos nuestra mirada fija en Jesucristo, a quien amamos sin haberle visto, y en quien encontramos un gozo inefable y glorioso.
En conclusión, hermanos y hermanas, seamos conscientes de nuestra llamada como iglesia. Que nuestra manifestación como hijos de Dios sea evidente en medio de un mundo que anhela la redención. Preparémonos con gozo y esperanza, sabiendo que nuestra fe será recompensada con la salvación de nuestras almas cuando Jesucristo sea manifestado en toda su gloria.
Que el Señor nos fortalezca y nos guíe en este viaje, y que podamos ser fieles en nuestra tarea de preparar el camino para la segunda venida del Señor. En el nombre precioso de Jesús, amén.



