La Lucha entre la Carne y el Espíritu: La Vida o la Muerte

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En la iglesia, a menudo nos destacamos por nuestra espiritualidad: oramos, hablamos en lengua, cantamos himnos y alabanzas a Dios, regalamos abrazos, ofrendamos, diezmamos, pero fuera de ella, nuestras acciones reflejan una naturaleza en nosotros mucho más carnal. Este desequilibrio socava nuestro testimonio y contradice la esencia misma de nuestra fe. Es esencial abordar esta contradicción o dicotomía a la luz de las Escrituras para comprender nuestra propia naturaleza y buscar la transformación interna que Dios desea para nosotros. 

En San Juan, capítulo 3, versos 5 al 6 leemos: “Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.”

Pero, ¿cuál es la naturaleza humana? 

Primera de Corintios, capítulo 6, verso 9 y 10 nos lo dice: 

“¿O no sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os dejéis engañar: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores[d], ni los estafadores heredarán el reino de Dios”. 

En Gálatas capítulo 5, versos 19 al 21 nos desnuda aún más la escritura:  

“Ahora bien, las obras de la carne son evidentes, las cuales son: inmoralidad, impureza, sensualidad, idolatría, hechicería, enemistades, pleitos, celos, enojos, rivalidades, disensiones, sectarismos, envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes, contra las cuales os advierto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.” 

Judas, jamás aprendió a conocerse a él mismo y, aunque estuvo entre los discípulos, nunca experimentó una verdadera transformación interior. Su permanencia constante entre los pecadores lo llevó a hacer pactos malévolos, convirtiéndolo en el peor de todos.  

De esto nos habla Mateo, en el capítulo 26, versículos 14 al 16 

Entonces uno de los doce, que se llamaba Judas Iscariote, fue a los principales sacerdotes, y les dijo: ¿Qué me queréis dar, y yo os lo entregaré? Y ellos le asignaron treinta piezas de plata. Y desde entonces buscaba oportunidad para entregarle.”

Este ejemplo nos insta a reflexionar sobre nuestra propia autenticidad espiritual; Judas, a pesar de estar entre los discípulos, revela una trágica falta de transformación interior. Su continua asociación con aquellos que no seguían los caminos de Dios lo condujo a realizar pactos malévolos, llegando al punto de traicionar a Jesús por treinta piezas de plata, como se narra en Mateo capítulo 26, versículos 14 al 16.

Este pasaje destaca la gravedad de las decisiones tomadas por Judas, quien, a pesar de estar en la proximidad física de Jesús, no experimentó un cambio genuino en su corazón. Su traición, impulsada por motivos egoístas, lo coloca como un ejemplo extremo de cómo la falta de transformación interna puede llevar a acciones devastadoras. 

La llamada de atención es clara: debemos reflexionar sobre nuestra propia autenticidad espiritual. ¿Estamos simplemente presentes en el entorno de la fe, o hemos permitido que la verdad de Cristo transforme profundamente nuestras vidas? La asociación constante con prácticas y actitudes contrarias a la voluntad de Dios puede conducirnos por un camino peligroso, alejándonos de la autenticidad espiritual que Dios anhela para nosotros. 

Este ejemplo no solo nos insta a evaluar la sinceridad de nuestra fe, sino también a reconocer la necesidad de un arrepentimiento sincero y una rendición total a Dios. La traición de Judas nos recuerda la importancia de un corazón genuinamente transformado y la necesidad de buscar constantemente la guía del Espíritu Santo para evitar desviarnos del camino de la verdadera autenticidad espiritual. En este proceso, la Palabra de Dios se convierte en la brújula que orienta nuestras vidas y nos guía hacia una comunión más profunda con el Señor. 

Para abordar esta lucha interna, podemos recurrir al relato de Pablo en Romanos, capítulo 7, versos 14 al 20, donde describe su propia batalla contra la naturaleza carnal. Identifica la esclavitud al pecado y la incapacidad de hacer el bien que desea. Este conflicto interior es un recordatorio de que, incluso como creyentes, enfrentamos desafíos internos. 

La pregunta crucial es: ¿Cómo podemos conocernos a nosotros mismos y resolver este dilema a la luz de la Biblia?  

La respuesta radica en la búsqueda de la transformación y la renovación de nuestra mente, como se menciona en Romanos, capítulo 12, versos 1 al 2 donde se nos dice: 

Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.”

Debemos examinarnos a la luz de las Escrituras y permitir que la Palabra de Dios penetre en los rincones más profundos de nuestro ser. 

En Filipenses, capítulo 4, verso 8 agrega:

Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad.”

La clave para superar la influencia negativa que alimenta nuestra carne y para proteger nuestras vidas y familias es construir muros espirituales. Esto implica una constante conexión con Dios a través de la oración, la meditación en la Palabra y la rendición a la dirección del Espíritu Santo. Al fortalecer nuestra vida espiritual, creamos una barrera contra las fuerzas que buscan socavar nuestro testimonio y minar nuestra relación con Dios. 

La solución a esta lucha interna se encuentra en un compromiso profundo con la Palabra de Dios, la oración constante y una rendición diaria al Espíritu Santo. Al hacerlo, encontramos la fuerza para resistir las influencias negativas y avanzar hacia una vida más alineada con la voluntad divina.

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