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Hace varios años, concretamente en 2014, mucho antes de adquirir conocimientos más amplios sobre los avances actuales de la ciencia y la tecnología, tuve la oportunidad de sumergirme en una experiencia cinematográfica al asistir a la sala del cine y presenciar \”The Theory of Everything\”. Esta película relataba la vida de Stephen Hawking, un destacado astrofísico inglés que, a pesar de su extraordinaria inteligencia, se vio afectado por una enfermedad rara que lo dejó físicamente incapacitado. Lo que destacaba aún más que su enfermedad en su figura era su posición ateísta.
La trama de \”The Theory of Everything\” exploraba la perspectiva de Hawking sobre la Teoría de Todas las Cosas, llegando a la conclusión aparente de que en el principio, antes del Big-Bang, \”no existía nada\”. Este planteamiento dejó en mí una serie de inquietudes que, esa misma noche, me llevaron a dirigirme en oración al Señor, el Dios de los cielos y la tierra, en busca de respuestas a mis preguntas.
En un asombroso giro de los acontecimientos, experimenté una noche un sueño revelador donde el Señor se manifestó, ofreciéndome respuestas detalladas y sorprendentes a las inquietudes que había planteado en mi oración. La esencia de la respuesta divina desafiaba la conclusión de Hawking, proclamando que la Teoría de Todas las Cosas no se reducía al \”Nada\”, como sugería el astrofísico, sino más bien al \”UNO\”. La revelación señalaba el inicio de todo en Uno, Dios, y postulaba la existencia del Universo y la Persona Humana como manifestaciones en escala reducida de ese único universo infinito.
En el transcurso de mi sueño, mientras el Señor compartía sus palabras, expresó: \”Imagina si el ser humano pudiera construir una nave espacial lo suficientemente diminuta como para ser visible solo a través de un microscopio. Ahora, visualiza que estos astronautas humanos viajarán en esa diminuta nave al interior de un cuerpo humano. Lo que descubrirían en las profundidades de ese cuerpo sería nada menos que el universo mismo\”.
Esta poderosa metáfora revela la conexión intrínseca entre el microcosmos humano y el macrocosmos universal. Cada ser humano, en su singularidad, se convierte en una representación en miniatura de la inmensidad del cosmos. La noción de que el universo se refleja en cada uno de nosotros, desde lo más pequeño hasta lo más grande, subraya la interconexión entre la creación divina y la existencia humana.
Al ampliar nuestro enfoque anterior desde la escala microscópica hasta la macrocósmica, se revela una fascinante realidad. Un cuerpo humano está compuesto por aproximadamente 7.000.000.000.000.000.000.000.000.000 átomos, y cada uno de estos diminutos constituyentes tiene una edad de varios miles de millones de años. En el nivel más profundo, cada ser humano se convierte en una asombrosa manifestación del universo mismo, expresándose en forma humana. Este concepto sugiere, como lo dije antes, que cada uno de nosotros, somos una réplica fehaciente y única del cosmos, una conexión intrínseca entre el microcosmos y el macrocosmos.
San Juan, capítulo 1, versos 3 al 5:
“Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.”



