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Son muchas las reflexiones que día con día debemos tomarnos el tiempo para ejecutar; en estos momentos, sin embargo , reflexionaremos sobre la importancia del amor en nuestro caminar cristiano, basándonos en la palabra que encontramos en el evangelio según San Mateo, capítulo 24 verso 13: \”El que persevere hasta el fin será salvo\”. Este mandamiento, aparentemente sencillo, nos enfrenta a una realidad cruda; el hecho que en nuestro caminar podamos perder la ruta y terminar en el lugar equivocado, específicamente en el infierno.
Nuestra sociedad, inundada por la maldad, nos alerta sobre el peligro que enfrentamos: \”Y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará\”. El amor, es en realidad, el combustible que mueve todas las ruedas y péndulos de la creación visible é invisible. Pero, ¿dónde deberíamos encontrar un refugio seguro contra este enfriamiento y pérdida del amor? La respuesta debería ser evidente: en nuestras familias y en nuestras iglesias. Sin embargo, la triste realidad es que lo que menos hay en la familia de hoy es amor y lo que menos se manifiesta en las iglesias del presente es amor.
No estamos hablando del mundo exterior, donde el amor es un extranjero desconocido. En nuestras congregaciones, donde abunda la doctrina, la profecía, los dones, el ministerio y el servicio, deberíamos ser un testimonio vivo del amor de Cristo. Sin embargo, escasea el amor genuino entre nosotros mismos.
¿Cómo es posible que en los lugares destinados a ser la manifestación más clara del amor divino, la familia y la iglesia, estemos experimentando divisiones y enemistades entre familias y congregaciones? Nos entristece observar que cada uno está buscando lo suyo propio y no lo del otro. Cada uno está persiguiendo su propio bien, y el bien de los demás parece ser de poca importancia.
La hipocresía se ha infiltrado en nuestras iglesias. Nos aborrecemos entre hermanos, por una y millón de cosas diferentes, estamos fracturados y divididos, pertenecemos a una de por lo menos cuarenta y cinco mil diferentes denominaciones “cristianas” en el mundo. Nos consideramos enemigos sólo porque no pertenecemos al mismo concilio. ¿Dónde quedó el amor que Jesucristo nos enseñó? ¿Cuándo lo perdimos si es que alguna vez lo conocimos?
Recordemos las palabras del Señor: \”Pues seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre\”. Estas palabras resuenan con más fuerza que nunca en nuestros días. La persecución, la incomprensión y la hostilidad no deberían sorprendernos, pero en medio de todo ello, el amor debe prevalecer.
Hermanos, el desafío es claro: perseverar en el amor hasta el fin. Solo aquellos que amen sinceramente, a pesar de la adversidad, serán salvos. No podemos obedecer los mandamientos divinos si no tenemos amor. No podemos amar a Dios a quien no vemos sino amamos a nuestro hermano a quien si vemos. No olvidemos que el amor no solo es un mandamiento, sino también el distintivo que nos identifica como discípulos de Cristo. Que la gracia divina nos capacite para amarnos mutuamente con un amor puro y duradero. En este amor, encontraremos nuestra fortaleza y salvación. Amén.
Primera de Juan, capítulo 3, versos 10 y 11:
En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios. Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros.



