Cuando la Lealtad se Desvanece: Traiciones y Divisiones en la Iglesia

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La Biblia es directa, clara y concisa: en el corazón de cada congregación debería reinar el amor, la unidad y la lealtad. Sin embargo, la realidad que enfrentan muchas iglesias hoy es distinta: divisiones, murmuraciones y traiciones que hieren al Cuerpo de Cristo. Todo esto nos confunde, pero lo que es aún peor, confunde todavía más al mundo y aleja del pueblo de Dios a la gente por la cual Cristo Jesus murió y resucitó al tercer día. Predicamos el evangelio con la palabra pero lo destruimos con nuestros hechos. 

¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué algunos, que ayer levantaban las manos en adoración, que promulgaban a voz de pulmón la santidad, hoy se apartan, critican vorazmente, siembran discordia y destruyen?

El corazón humano y su inconstancia

La Biblia es clara al describir la naturaleza del corazón humano: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9)

La falta de raíces profundas en Cristo lleva a muchos a cambiar de opinión según las circunstancias y según sus propias vanas emociones. Hoy están con el Señor y con su iglesia; mañana, cualquier “ofensa” o malentendido es suficiente para alejarlos. Jesús lo advirtió en la parábola del sembrador:

“Estos son asimismo los que fueron sembrados en pedregales: los que cuando oyen la palabra, al momento la reciben con gozo; pero no tienen raíz en sí, sino que son de corta duración…”  (Marcos 4:16-17)

Influencia de la carne y el enemigo

Las divisiones y traiciones en la iglesia no nacen únicamente del conflicto humano. Pablo nos recuerda que nuestra lucha no es contra sangre ni carne (Efesios 6:12). El enemigo busca sembrar discordia donde Dios quiere unidad. “El ladrón no viene sino para hurtar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.”  (Juan 10:10)

Cuando los creyentes ceden al orgullo, a la envidia o al egoísmo, el enemigo aprovecha para romper la armonía y el compañerismo que debería caracterizar al pueblo de Dios.

Falta de compromiso y madurez espiritual

La lealtad no es solo un sentimiento; es un fruto del carácter y de la madurez espiritual. Una iglesia sólida se edifica con creyentes firmes, que entienden que el Reino de Dios no se basa en emociones pasajeras, sino en compromiso, perseverancia y amor genuino.

“Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.”  (1 Corintios 15:58)

Muchos cambian de opinión porque no han aprendido a permanecer firmes en la doctrina ni a vivir bajo la guía del Espíritu Santo.

El ejemplo de los primeros discípulos

En el libro de los Hechos vemos el modelo de la iglesia primitiva: “Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas… y perseverando unánimes cada día en el templo…”  (Hechos 2:44, 46)

La unidad de aquella iglesia no era producto de la casualidad, sino de un compromiso radical con Cristo y con su obra. Hoy, cuando falta ese compromiso, el resultado son congregaciones fragmentadas y heridas.

Cómo responder ante las traiciones y divisiones

El llamado del Señor es a responder con amor, sin caer en amargura, pero también con firmeza espiritual. “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres.”  (Romanos 12:18)

Los líderes deben enseñar, confrontar con gracia y, sobre todo, modelar el carácter de Cristo ante el conflicto. La oración, el discernimiento y el amor son las armas más poderosas para sanar y proteger el corazón de la iglesia.

Conclusión

La lealtad es una joya cada vez más rara en tiempos donde el egoísmo, el orgullo, la altivez, el ego, la doble moral y la inconstancia gobiernan los corazones. Pero el Señor nos llama a permanecer firmes, a no cambiar con el viento de las circunstancias ni de las emociones, y a vivir como un solo cuerpo, bajo el señorío de Cristo.

“Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer.”  (1 Corintios 1:10)

La verdadera iglesia no se mide por el número de asistentes, sino por la madurez, la lealtad y el amor que reflejan a Cristo en cada situación.

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