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Una nueva generación de cristianos ha surgido, convencida de que es posible \”aceptar\” a Cristo sin renunciar al mundo. Este fenómeno ha contribuido significativamente a la contaminación de la iglesia actual, la cual ha perdido el camino de la santidad, sin la cual, como declara Hebreos capítulo 12 verso 14, \”nadie verá al Señor\”. Este versículo enfatiza la necesidad de la santidad como requisito innegociable para tener comunión con Dios.
Los jóvenes de hoy, influenciados por el entorno cultural y el relativismo moral, se resisten a renunciar al pecado, ya que han sido instruidos en un evangelio diluido, liberal, pecaminoso, muchas veces por sus propios padres. Estos padres, con una mezcla de hipocresía y liberalismo, han presentado un cristianismo que no demanda transformación, sino que acomoda los deseos carnales, desviándose del verdadero mensaje del Evangelio.
Los jóvenes de hoy, expuestos a un entorno cultural impregnado de relativismo moral, enfrentan una confusión profunda respecto a la verdad y la santidad expresada en el evangelio. Han sido formados en una sociedad que promueve la tolerancia hacia el pecado y la autocomplacencia, lo que hace que se resistan a renunciar a su estilo de vida mundano. Muchos de ellos han crecido bajo el ejemplo de padres que, en lugar de mostrar un camino de integridad espiritual, han ofrecido una versión diluida del Evangelio, desprovista de poder transformador.
Estos padres, influenciados por la cultura del liberalismo y la falta de firmeza espiritual, han modelado un cristianismo que no demanda el arrepentimiento ni la santificación. En lugar de ser luz en medio de las tinieblas, se han conformado al molde de este mundo, tal como Pablo advierte en Romanos capítulo 12 verso 2: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”. Los padres de hoy han presentado a sus hijos un evangelio que no desafía ni confronta el pecado, sino que acomoda los deseos carnales, guiándolos a un camino de autocomplacencia en lugar de verdadera devoción.
La Palabra de Dios es clara sobre las consecuencias de vivir en la carne. En Gálatas capítulo 5 versos 19 al 21, Pablo advierte sobre las obras de la carne, entre las cuales están \”adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia… los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios\”. Sin embargo, muchos jóvenes han crecido creyendo que pueden servir a dos señores, eligiendo seguir a Cristo sin renunciar a los placeres temporales del mundo, olvidando que “ninguno puede servir a dos señores” (Mateo capítulo 6 verso 24).
El problema central radica en la falta de un verdadero arrepentimiento y una entrega total a Cristo. La Escritura enseña que el evangelio de Jesús llama a una vida de negación de uno mismo y de separación del mundo. Jesús dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Mateo capítulo 16 verso 24). El llamado a seguir a Cristo es un llamado a abandonar el pecado y a vivir en la santidad que agrada a Dios. No es suficiente aceptar a Jesús como Salvador sin reconocerlo como Señor, porque eso implica obedecer sus mandamientos y vivir conforme a Su voluntad.
El apóstol Pedro también advierte sobre la importancia de vivir en santidad, recordando que \”como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir\” (Primero de Pedro capítulo 1 verso 15). Sin embargo, el liberalismo espiritual ha llevado a muchos padres a minimizar la importancia de la santidad, presentando una fe que se centra en el bienestar emocional y la aceptación cultural, en lugar de un compromiso radical con Cristo. Estos padres han modelado una fe sin frutos, cayendo en la misma advertencia que Jesús dio cuando dijo: \”Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí\” (Mateo capitulo 15 verso 8).
Por lo tanto, esta nueva generación, criada bajo un evangelio de comodidad y sin transformación, ha heredado una fe débil, fácilmente influenciada por el mundo. La falta de modelos espirituales que vivan en integridad y santidad ha resultado en una iglesia que carece del poder del Espíritu para confrontar el pecado y transformar vidas.
El apóstol Pablo, en su carta a los Gálatas, hace una advertencia contundente contra la distorsión del mensaje de Cristo: “Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema” (Gálatas capítulo 1 verso 8). Este fuerte llamado a rechazar cualquier otro evangelio nos recuerda la gravedad de alterar o comprometer la verdad de la fe. Cualquier enseñanza que desvíe a los creyentes hacia un camino diferente del que Cristo trazó es maldita y destructiva.
Hoy en día, las iglesias enfrentan un desafío similar. La mundanalidad ha infiltrado muchos sectores del cristianismo,especialmente en esta nueva generación de “creyentes”, provocando que las líneas entre lo santo y lo profano se borren. En lugar de rechazar el pecado y buscar una vida de santidad y devoción a Dios, muchos han adoptado una mentalidad de medio compromiso.
Santiago capítulo 4 versos 1 al 10 dice claramente: \”¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites. ¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye en enemigo de Dios. ¿O pensáis que la Escritura dice en vano: El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente? Pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones. Afligíos, y lamentad, y llorad. Vuestra risa se convierta en lloro, y vuestro gozo en tristeza. Humillaos delante del Señor, y él os exaltará.”



