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La moneda de cambio en los pasillos del poder de los gobiernos del mundo ya no es solo el dinero. Es la fe. Y en pleno siglo XXI, estamos presenciando una de las manipulaciones más perversas que jamás haya ideado el corazón humano: la instrumentalización del cristianismo para ganar votos y poder.

En países como Estados Unidos y El Salvador, hemos visto surgir una alianza tan poderosa como corrupta. Líderes políticos, muchos de ellos lejos de vivir los valores que predican, han encontrado en las comunidades evangélicas un “rebaño” dispuesto a “ser guiado,” no por el Pastor divino, sino por intereses terrenales y mundanos.

¿Cómo funciona el intercambio?

Es simple y antiguo: “Tú me das tu bendición pública, tu bloque de votos inquebrantable y tu silencio ante mis faltas, y yo te doy favores políticos, acceso al poder y una agenda legislativa que llevará tu etiqueta.”

Es un pacto faustiano donde ambos lados pierden su alma. Los políticos se visten de cruz y Biblia para esconder la corrupción, la sed de autoridad y las políticas que, con regularidad, golpean a los más vulnerables. Y a cambio, líderes religiosos elevan a estos hombres a alturas casi mesiánicas, traicionando su mandato principal: predicar el evangelio de Cristo y no el evangelio de un partido político.

La Hipocresía en su Estado Puro

La traición no podría ser más cruda. Es el beso de Judas Iscariote en el Huerto de Getsemaní. Con una mano alzan la Biblia y con la otra negocian los principios más básicos del evangelio: la verdad, la integridad, la compasión y la justicia para los oprimidos.

Venden por unas cuantas monedas de plata en forma de influencia y privilegios lo que es sagrado. Manipulan al rebaño, confundiendo lealtad a un hombre con lealtad a Dios, y condena bíblica con odio partidista.

Un Llamado a la Conciencia

Jesús mismo nos advirtió contra esto: “Cuídense de los falsos profetas. Vienen a ustedes disfrazados de ovejas, pero por dentro son lobos feroces. Por sus frutos los conoceréis.” (Mateo 7:15-16)

No nos dejemos engañar por las apariencias. La fe auténtica no necesita de poderosos para florecer; al contrario, su esencia es servir, no ser servida. La verdadera iglesia de Cristo es un faro de integridad, no un lobby político.

Es hora de que los creyentes despierten y exijan a sus líderes espirituales que dejen de ser “Hacedores de maldad” (Mateo 7:23) bajo el disfraz de piedad. La fe no es un instrumento de campaña política para elegir a políticos corruptos y llevarlos al poder. Cristo no se vende.

¿Estás de acuerdo? ¿Has visto esta manipulación en tu país? Comenta y comparte.

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