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Vivimos en una época donde el desorden parece extenderse a todos los ámbitos de la vida. Lo vemos en la política, en la economía, en las relaciones internacionales, en la cultura, en la religión y hasta en eventos que tradicionalmente han servido para unir a los pueblos.
Dentro de pocos días, México, Estados Unidos y Canadá serán anfitriones de uno de los eventos deportivos más importantes del planeta: la Copa Mundial de Fútbol. Sin embargo, antes de que ruede el balón, ya han surgido numerosos problemas relacionados con visas, restricciones migratorias, dificultades logísticas, denuncias de discriminación y cuestionamientos sobre la preparación de algunas sedes.
No corresponde a los cristianos emitir juicios apresurados sobre cada situación particular ni asumir que conocemos todas las circunstancias detrás de cada decisión gubernamental. Sin embargo, sí podemos observar una realidad más amplia: vivimos en un mundo cada vez más fragmentado, desconfiado y dividido.
La Biblia ya nos había advertido acerca de tiempos como estos.
Jesús declaró:
“Y oiréis de guerras y rumores de guerras… porque se levantará nación contra nación.” (Mateo 24:6-7)
Pablo escribió que en los postreros días vendrían tiempos peligrosos (2 Timoteo 3:1-5), caracterizados por el egoísmo, la soberbia, la ingratitud y la pérdida del afecto natural.
Lo que estamos observando no es solamente un problema deportivo, político o administrativo. Es una manifestación más profunda de una humanidad que, al alejarse de Dios, pierde gradualmente la capacidad de vivir en armonía.
La confusión que vemos en las naciones es el reflejo de la confusión que existe en los corazones.
La división que observamos en la política refleja una división espiritual más profunda.
La falta de confianza entre los pueblos refleja la creciente ausencia de valores que durante generaciones ayudaron a sostener la convivencia humana.
¿Qué debe aprender el cristiano al observar todo esto?
Primero, que nuestra esperanza no debe descansar en gobiernos, sistemas políticos ni instituciones humanas. Aunque todos ellos tienen su importancia, ninguno puede resolver el problema fundamental del corazón humano.
Segundo, debemos recordar que Dios sigue teniendo el control de la historia. Nada de lo que ocurre toma al Señor por sorpresa. Las Escrituras nos enseñan que estos acontecimientos forman parte de una realidad que se intensificará antes del regreso de Cristo.
Tercero, debemos evitar el miedo y el pánico. Jesús no nos llamó a vivir aterrorizados por las noticias. Nos llamó a vivir preparados.
Finalmente, debemos aprovechar estos tiempos para compartir el Evangelio. Cuando las personas observan el caos del mundo, muchas comienzan a buscar respuestas. Y es precisamente ahí donde la Iglesia debe señalar hacia Jesucristo.
Mientras otros ven solamente desorden, el creyente puede ver una oportunidad para fortalecer su fe.
Mientras otros pierden la esperanza, nosotros recordamos las palabras de nuestro Señor:
“Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca.” (Lucas 21:28)
La respuesta de Dios para un mundo confundido sigue siendo la misma que hace dos mil años: Jesucristo.
Por eso, hoy más que nunca, estamos llamados a ser luz en medio de la oscuridad, esperanza en medio de la incertidumbre y testigos de la verdad en medio de la confusión.
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