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No recuerdo cuándo ni dónde escuché por primera vez la frase: \”En este mundo solamente hay dos cosas seguras, pagar impuestos y morir\”. Con el tiempo, comprendí que este dicho resuena universalmente. Los impuestos son una carga común para ciudadanos en todas partes del mundo, siendo la principal fuente de financiación para los gobiernos. Sin embargo, esta obligación fiscal suele ir acompañada de frustración y descontento, ya que el dinero, fruto del trabajo duro de los ciudadanos, a menudo se malgasta o se desvía por la corrupción de los funcionarios públicos.
Por otro lado, la inevitabilidad de la muerte es una realidad que ningún ser humano puede evitar. Como mi padre solía decirme en mi adolescencia, \”solo el que no nace, no muere\”. La Biblia confirma esta verdad en Hebreos 9:27, donde se establece que los hombres están destinados a morir una sola vez y enfrentar el juicio después de la muerte. Aunque este conocimiento está arraigado en nuestras conciencias, muchos optan por vivir como si la muerte fuera algo lejano o incluso evitable.
¿Por qué, entonces, nos resistimos a aceptar esta realidad y a abrazarla? Tal vez sea porque confrontar la verdad de nuestra mortalidad nos obliga a confrontar nuestras prioridades y nuestra relación con lo eterno. A menudo nos aferramos a la ilusión de la inmortalidad, distrayéndonos con preocupaciones terrenales y evitando enfrentar la realidad de nuestra finitud.
En Mateo 25:1-13, Jesús narra la parábola de las diez vírgenes, que ilustra la importancia de la preparación para su regreso y, por consiguiente, para nuestra propia muerte. Cinco de ellas están listas con aceite en sus lámparas, simbolizando la necesidad de estar preparados espiritualmente para el encuentro con el esposo celestial. Este pasaje enfatiza la necesidad de vivir en constante vigilancia y preparación para el encuentro con Dios.
Por otro lado, en Lucas 12:16-21, Jesús presenta la parábola del rico insensato, quien acumula riquezas en la tierra pero no está preparado para enfrentar su propia mortalidad. Esta parábola revela la vanidad de buscar la seguridad en las posesiones materiales y la urgencia de priorizar una perspectiva eterna sobre los bienes terrenales. Describe con precisión el error común de basar nuestras decisiones en emociones y deseos temporales, en lugar de considerar las realidades espirituales y eternas.
Ambas parábolas ofrecen una poderosa advertencia sobre la importancia de vivir con una perspectiva eterna y una preparación adecuada para el encuentro con Dios. Nos instan a reflexionar sobre nuestras prioridades y asegurarnos de que nuestras vidas estén alineadas con los valores del reino de Dios, en lugar de ser consumidas por las preocupaciones mundanas y efímeras. Que estas lecciones nos inspiren a vivir con sabiduría, diligencia y una firme esperanza en la vida eterna que nos espera en Cristo.
La reflexión sobre nuestra mortalidad nos insta a vivir con un sentido de urgencia y propósito, reconociendo la importancia de invertir en lo eterno y prepararnos para el juicio final. Que esta verdad nos motive a vivir sabiamente y a buscar una vida que honre a Dios en todo momento.



