Doña Ventura: La Pobre Señora de las Naranjas, el Cuchillo y el Yagual

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Fíjense que en 1998 escribí un libro de diez historias titulado Historias de Mi Pueblo. En aquel entonces hice copias en disquete, esa tecnología que hoy ya es cosa del pasado.

Desafortunadamente, los perdí todos… menos uno. Afortunadamente —creí— ese único disquete sobrevivió. Lo conservé por años con mucho cuidado, hasta que, hace unas semanas, ordené un lector especial con la esperanza de recuperar el contenido y darle una actualización a las historias que escribí tantos años atrás.

Pero para mi sorpresa, al insertar el disquete en el lector, descubrí que no tenía absolutamente nada. Ni siquiera estaba formateado. Sentí una profunda tristeza. Las Historias de Mi Pueblo se habían perdido… quién sabe en qué rincón del tiempo o del olvido digital.

Sin embargo, por esas vueltas que da la vida, conversando con mi hermana en una plática cualquiera, de pronto me interrumpió y me preguntó:
—¿Te acordás de A Punta de Fusil? ¿Y de Doña Ventura? ¿Y de Los Fúnebres Compadres?

Me quedé helado.
Le conté que había perdido el libro y todas las copias. Que no tenía forma de recuperarlo.

Ella, con una sonrisa pícara, me respondió:
—¡Jajaja! Yo tengo una copia.

—¿¡De verdad!? —le pregunté incrédulo.

—Sí —me dijo—. Voy a ver cómo hago para traerlo desde El Salvador y te haré una copia.

Y así, como en un acto de magia o destino, este libro perdido ha regresado a mí. Ahora estoy en el proceso de revisarlo, reorganizarlo y enriquecerlo, haciendo uso de mi licencia literaria para darle una nueva vida a estas historias.

Quiero compartirles una de ellas: Doña Ventura: La pobre señora de las naranjas, el cuchillo y el yagual.

Todavía no sé qué haré con el libro completo… quizás lo comparta con mis amigos o con la gente que quiero y respeto, como ustedes. Espero tengan el espacio para leerlo y reirse un poquito conmigo. 

Abrazos fraternos a todos…

Doña Ventura: La Pobre Señora de las Naranjas, el Cuchillo y el Yagual

Por William Osmar Chamagua

Edición Revisada Agosto 2025

Historia Original: 1998

Chaparrita, encogida por los años y la miseria, Doña Ventura no medía más de cuatro pies de altura. Caminaba cojeando de la pierna derecha, como si cada paso le recordara una vieja deuda que la vida aún no le saldaba. Su vestido, sucio y remendado con retazos de telas de distintos colores —como un mapa de tragedias hilvanadas con paciencia— le cubría hasta las rodillas, y a veces más, dependiendo de cuántas puntadas nuevas le había hecho esa semana.

En los pies, sostenidas por milagro o por necedad, un par de chancletas de hule que parecían haber sobrevivido a todas las eras geológicas del pueblo. Y en el rostro… bueno, en ese rostro se leía la historia entera de un país: arrugas profundas como surcos de tierra reseca, labios que apenas sonreían, y ojos diminutos, casi escondidos, pero brillantes como brasas que se niegan a apagarse.

El cabello, largo, rebelde y encanecido, lo llevaba siempre amarrado con fuerza, como si se tratara de mantener la dignidad a pura trenza. Encima de la cabeza, bien equilibrado sobre un yagual viejo y deshilachado, cargaba su corona del día: una palangana de naranjas, sal y chile en polvo.

Doña Ventura recorría el pueblo en sus chanclas, descalza de pretensiones pero decidida en su negocio. Su grito de guerra era casi poético: —¡Naranjas dulces, naranjas frescas, con sal y chile, pa’l calor y la pena!

Cuando mi abuela, sentada en su sillón de madera en el andén, escuchaba aquel pregón, sabía que era momento de hacer una buena obra —o al menos eso decía—. Siempre le compraba unas cuantas naranjas a Doña Ventura, y si había visitas en casa, entonces compraba más, muchas más, para repartirlas entre todos como si fuera manjar de reyes.

Yo, testigo habitual de aquel intercambio, ponía cara de sospecha. Fruncía el ceño. A veces cerraba los ojos con fuerza al darle el primer mordisco a la fruta. No por despreciar a mi abuela, claro, sino porque había algo en toda la escena que me ponía nervioso. Algo no… higiénico.

Y no, no era su ropa de pobre, ni su andar polvoriento, ni sus chancletas zombis. No eran las manchas en su delantal ni el sudor que le corría por la frente. Lo que realmente me perturbaba era el cuchillo.

Sí, ese mismo cuchillo que usaba con destreza para pelar las naranjas… era también el mismo con el que, entre cliente y cliente, se limpiaba los dientes. ¡Los dientes! Como si el filo del machetillo fuera un cepillo Colgate, pasaba la hoja por sus encías con total normalidad, y luego, sin pensarlo dos veces, lo hundía en otra naranja.

Y allí estaba yo, frente a mi abuela, masticando pulpa y bacterias, por amor y respeto, con los ojos cerrados y los dedos cruzados, esperando que Dios me tuviera entre los receptores de su misericordia.

Doña Ventura, verá usted —como decían en tono burlón en el pueblo—, era famosa no tanto por sus naranjas o su filoso cuchillo, sino por los mitos que a su alrededor crecían como la maleza en tiempo de lluvia de invierno. «Cuando cae la medianoche y la luna alumbra bien redonda —decían los viejos sentados en los troncos del parque—, la vieja Ventura aprovecha para convertirse en chancha y salir a espantar gente.»

Así era conocida. Una mezcla de vendedora ambulante y leyenda viviente.

Su casa —si acaso puede llamársele así— era tan vieja como ella, o quizás más. Uno la veía y juraba que con un estornudo se venía abajo. El techo parecía una canasta mal tejida: los rayos del sol entraban por todas partes, dibujando sobre el suelo polvoriento figuras que parecían más hechizos que sombras. La madera crujía sin que nadie la tocara. Y si algún cartón nuevo se veía clavado en las paredes, era porque el viento o la lluvia se habían cobrado otro pedazo de la vieja morada embrujada.

Nunca se veía una luz en su interior, ni eléctrica ni de vela. Siempre oscura. Un hueco negro donde muchos niños, por puro juego o por reto, se asomaban de lejos para ver si alcanzaban a escuchar un conjuro o el gruñido de la chancha a medianoche.

Los adultos del barrio estaban convencidos de que esa casa no se caía simplemente porque estaba sostenida por un pacto maldito. “Esa vieja —decía don Pancho el barbero— tiene trato con el diablo. Si no, ¿cómo aguanta ese rancho tantos temblores?”

La casa se encontraba en una esquina torcida, como sacada de un cuento. Justo al final de un callejón que, al llegar ahí, moría sin salida… pero que, al irse uno por el otro extremo, se partía en dos como cola de lagartija. El barrio entero era pobre. Pobre hasta la médula. Ahí no vivían ricos ni por accidente. Era el tipo de gente que sudaba en tierra o mar para ganarse el pan diario, o a veces solo para llenar la barriga con sal y tortilla.

Las calles —cuando secas— eran puro polvo. Cuando llovía, se convertían en ríos de lodo y piedras que se tragaban las sandalias de los niños como si fueran tesoros.

Y hablando de niños, en ese rincón del pueblo, la escuela era un lujo. Tan pronto un cipote aprendía a caminar sin caerse, ya lo llevaban a “trabajar”: a escarbar entre las piedras y lodo del estero buscando curiles, a pescar camarones en las bocanas o, si no había suerte en el agua, a cortar leña en los manglares. Todo para venderla después, medida en tercios, a las mismas doñas que, en la tarde, cocinaban con fuego prestado del monte.

Era otro mundo. Uno donde los mitos, la miseria y la magia se mezclaban sin pedir permiso.

Nunca se le vio un familiar, ni un amigo, ni siquiera un perro callejero entrando a la casa de Doña Ventura. Aquella puerta vieja —más puerta por costumbre que por función— parecía sellada por fuerzas invisibles. Quienes pasaban frente al rancho, especialmente cuando ya caía la noche y la luna se acomodaba como testigo celeste, apuraban el paso. Algunos niños corrían como si los persiguiera el mismo Satanás, solo por el temor de cruzar miradas con la chancha embrujada.

—¡Corre, corre, que si te alcanza, te arranca la sombra! —decía alguno, empujando a los demás mientras cruzaban la esquina maldita.

Con voz de certeza y tono de pregonero, los viejos del pueblo afirmaban que, durante las noches más calladas y fúnebres, vestida de negro riguroso, Doña Ventura salía a vagar por las calles desiertas. “Entre el sonido del silencio”, decían, “si uno afina bien el oído, se escucha el lamento ronco de la chancha buscando un cipote descuidado para devorar”.

Hubo incluso una doña, bien conocida por su genio, que en plena pelea con su marido gritó:

—¡Un día de estos te voy a entregar a la chancha de la esquina! ¡Y verás si no te deja con los huesos pelados!

Aquel día, el marido se fue a dormir al corral, entre los chivos.

La leyenda cobraba vida en los susurros del pueblo. Doña Ventura ya no era simplemente una señora extraña: era una amenaza, un castigo, un recurso para madres desesperadas y esposas vengativas. Nadie dudaba de su pacto con el diablo.

Pero entonces, como un trueno sin relámpago, la vieja desapareció.

De un día para otro, ya no se la vio cargando su yagual de naranjas, ni caminando con su pierna coja por las calles polvorientas. Nadie la vio entrar ni salir. Nadie oyó un portazo. Simplemente… desapareció.

Y con su ausencia, vinieron los rumores, como enjambre de zancudos tras lluvia de manglar.

—¡Se la llevó el diablo en cuerpo y alma! —gritó la Tulona, echando una cruz al aire.

—¡Yo la vi en la madrugada, descalza, gimiendo entre los manglares! —juró un pescador medio borracho, que nadie tomaba muy en serio.

—Seguro se transformó en chancha y perdió la pócima para regresar —aseguró una niña, repitiendo lo que había escuchado entre los chismes del recreo.

Porque sí, según decían, Doña Ventura tomaba una especie de “brebaje embrujado” para poder cambiar de forma y volver a ser humana. Y ahora, la mejor explicación posible —y la más divertida para los niños— era que en una de sus salidas nocturnas, se le perdió la botella mágica y se quedó atrapada en su forma de animal, corriendo por los linderos como un puerco condenado.

—¡Ahí andará, buscando entre las ramas su pócima! —decía la gente, entre risa y escalofríos.

Y aunque nadie se atrevía a confirmarlo tocando aquella puerta podrida y silenciosa, todos sabían —o al menos creían saber— que la bruja, finalmente, había quedado como lo que siempre fue: una chancha del infierno, condenada a vagar por los caminos de un pueblo que nunca olvidó su leyenda.

Los hombres, azorados por el pánico colectivo, comenzaron a prohibir a sus esposas salir después del atardecer. “¡No te me asomés ni al portón!”, advertía más de un marido, con machete en mano y crucifijo al cuello. Los cipotes, apenas caía la tarde, ya estaban encerrados entre las paredes de bahareque, con miedo de que la chancha llegara por debajo de la cama o bajara por el comal como sombra demoníaca.

El pueblo entero se volvió un desierto en cuanto el sol bostezaba. Decían que cuando oscurecía tan de repente, sin trinos ni brisa, era porque la chancha estaba enojada… y la burla colectiva se estaba pagando.

El miedo creció como monte en temporada de lluvias.

Algunos vecinos comenzaron a organizarse por colonias. Hombres con machetes, palos y hasta resorteras patrullaban las calles como si fueran comandos entrenados en artes sobrenaturales. Grupos de vigilantes se apostaban por las noches frente al rancho decrépito donde —según se decía— Doña Ventura había firmado su pacto eterno con Lucifer. De tanto vigilar, hasta los murciélagos del tejado aprendieron sus nombres.

Y entonces, una mañana, mientras los gallos aún estaban estirando las patas, ¡la noticia explotó como cuete de feria!

—¡La vieron! ¡Uno la enfrentó! ¡La hirió!

El héroe —un hombre de rostro apocado, más conocido por perder en gallos que por pelear contra bestias— se presentó ante el pueblo como un nuevo David frente a la Goliat de cerdas y patas.

—¡Fue anoche! —contaba, hinchando el pecho como sapo en ritual—. Yo hacía guardia cerca del callejón… cuando de la nada, ¡ella salió!

Sus palabras, decoradas con gestos dramáticos y ojos bien abiertos, hipnotizaron al gentío que se agolpaba a su alrededor. Mujeres con el delantal aún manchado de frijoles, hombres con la camisa abierta y niños con las patas llenas de tierra lo escuchaban con la boca abierta.

—Tenía los ojos rojos como carbones, y las patas llenas de garras. ¡Garras como de demonio montado en burro! —seguía diciendo, casi sudando gloria—. Me miró. Me retó. Y cuando se me lanzó… yo retrocedí dos pasos… ¡pero luego reaccioné! —gritó— ¡Le metí machete de frente!

La muchedumbre se estremeció.

—¿Y qué pasó? ¿La mataste? ¿Dónde quedó?

—¡La herí en la mera frente! —respondió, levantando el machete aún oxidado como trofeo—. Pero la muy condenada, antes de que le diera otro machetazo, ¡se me metió entre las piernas y huyó como alma que lleva el diablo!

Aquel relato disparó una fiebre nueva en el pueblo: la fiebre del valor postizo. Ahora, hasta los que antes sudaban frío solo de oír la palabra “chancha”, aseguraban haberla visto, oído o soñado. Uno decía que la había escuchado relinchar como caballo. Otro juraba que le pidió fiado en la tienda. Todos querían tener una historia con ella.

El pueblo entero se volvió cazador. Se organizaban expediciones nocturnas, como en cuentos de niños con linternas, buscando a la supuesta chancha herida. Querían acabar lo que el valiente había empezado.

Mientras tanto, en la más cruel ironía, doña Ventura yacía en su cama, enferma, sudando fiebre y sin nadie que le llevara una sopa, una palabra, ni una bendita visita. Encerrada, invisible, convaleciente. Nadie sabía —ni quería saber— que detrás de la leyenda había una anciana pobre, sola y humana.

Y entonces, un día cualquiera, la bruja volvió.

No hubo truenos. No hubo sombras. No hubo sustos cinematográficos. Solo apareció, arrastrando sus pies hinchados, apoyada en un bordón torcido que parecía haber crecido con ella. Salió a la calle como si nada. Pero su cabeza… ¡su cabeza estaba amarrada con trapos! Telas viejas, pañuelos desteñidos, retazos de camisa: una maraña de telas multicolores que cubría su frente herida.

Y fue ahí, justo ahí, cuando el pueblo tuvo la confirmación que tanto había querido: ¡la chancha existía!

—¿Viste, viste? —decía una señora—. ¡Se cubre la herida que le dejó el machete!

—¡Es ella, es ella! ¡La misma que corre entre manglares! —susurraban otros, entre cruces y pasos apurados.

Nadie se detuvo a preguntar si había estado enferma. Nadie se acercó a ofrecerle ayuda. Los trapos en su cabeza no eran vendas para fiebre, eran —según ellos— evidencia diabólica.

La pobre Doña Ventura había vuelto… pero no como persona. Volvió convertida, por la mente colectiva de su pueblo, en una bruja herida, una leyenda viviente, una chancha maldita con vendas en la frente y una historia que nadie quiso entender.

Epílogo: La Bruja que Nunca Fue

Doña Ventura siguió vendiendo naranjas hasta que sus pasos ya no pudieron más. Su silueta, encorvada por los años y la soledad, continuó vagando por las mismas calles que una vez la acusaron, aunque esta vez en silencio, sin risas ni susurros a sus espaldas. Con el tiempo, su imagen se fue desdibujando en la memoria colectiva del pueblo, igual que una sombra cuando se apaga el farol.

Murió como vivió: sola, pobre y malentendida. Su muerte no provocó llanto, pero sí algo más profundo: la vergüenza muda de una comunidad que, por miedo, eligió condenar a una mujer sin siquiera conocerla. El día en que su cuerpo fue hallado, solo una niña —curiosa y sin prejuicios— se acercó a su rancho para dejarle una flor silvestre.

Desde entonces, la casa de Doña Ventura se convirtió en otra esquina olvidada, otro rancho devorado por el comején y los recuerdos deformados por el chisme. Pero en cada generación del pueblo, alguien vuelve a contar su historia. Ya no como leyenda de horror… sino como advertencia.

Moraleja o Enseñanza:

“La ignorancia no necesita pruebas; le basta con el miedo. Y el miedo, cuando se convierte en costumbre, puede devorar hasta lo más humano de un pueblo.”

Esta historia no solo nos habla de supersticiones y rumores: nos enfrenta con la crueldad involuntaria de una sociedad que prefiere inventar monstruos antes que reconocer su propia indiferencia.

Porque Doña Ventura no era una bruja. No era chancha. No era demonio.
Era, simplemente, una mujer pobre, solitaria… y diferente.

Y a veces, lo diferente basta para ser condenado.

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