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Hace muchos años, cuando era niño, mientras asistía a “La Canosa” —el nombre que cariñosamente le dábamos a nuestra amada y vieja escuela primaria—, leí una historia titulada “Las Tinajas de Agua”. Esta historia relataba que todos los días un hombre traía agua del río en dos tinajas que colgaba a los extremos de un palo. Una de esas tinajas estaba vieja y reventada, y llegaba siempre con la mitad del agua. La otra era perfecta y conservaba toda el agua hasta el final del largo camino que el hombre recorría a pie desde el río hasta el pueblo. Pasaron los años y esto fue así diariamente. Desde luego la tinaja perfecta estaba muy orgullosa de sus logros, pues sabía que era perfecta para los fines para los cuales había sido creada. Pero la pobre tinaja vieja estaba muy avergonzada de su propia imperfección y se sentía miserable porque sólo podía hacer la mitad de todo lo que se suponía que era su obligación. Después de esos dos años la tinaja vieja le dijo al hombre: “Estoy muy avergonzada y me quiero disculpar porque por estar rota, sólo puedes entregar la mitad del agua y sólo obtienes la mitad del dinero que deberías recibir”.

El hombre le respondió: “Cuando vayamos por el camino, quiero que veas las bellísimas flores que crecen a lo largo del sendero”. Así lo hizo la tinaja. Y en efecto vio muchísimas flores muy hermosas y de todos colores, pero de todos modos se sentía apenada porque al final, sólo quedaba dentro de ella la mitad del agua que debía llevar. El hombre le dijo entonces: “¿Te diste cuenta de que las flores sólo crecen en tu lado del camino? Siempre he sabido de tus rajaduras. Sembré semillas de flores a todo lo largo del camino, y todos los días las has regado y las has hecho crecer. Yo, por mi parte, por muchos años he podido recoger esas flores para decorar el altar de la Iglesia. Si no fueras exactamente como eres, con todo y tus defectos, no hubiera sido posible crear esta belleza”.

En la historia de las dos tinajas, vemos cómo la que estaba quebrada se sentía avergonzada por no poder retener toda el agua durante el trayecto. Sin embargo, el dueño de la tinaja la animó a mirar las hermosas flores que crecían precisamente a causa de sus “defectos”. Del mismo modo, la Biblia nos muestra que Dios utiliza nuestras aparentes debilidades para obrar de manera maravillosa.

Dios se glorifica en nuestra debilidad

El apóstol Pablo testifica:
“Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad.”
(Segunda de Corintios 12 verso 9)

Cuando reconocemos nuestras limitaciones, le permitimos a Dios manifestar Su poder. Así como la tinaja rota regaba el camino y hacía florecer semillas, nuestras deficiencias pueden convertirse en ocasión de bendición para otros.

Todo obra para bien

La Palabra nos recuerda:

“Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien.” (Romanos 8 verso 28)

Así como la tinaja quebrada terminó contribuyendo a la belleza del sendero, también nuestras dificultades pueden ser instrumentos de Dios para bendecir a quienes nos rodean. Aunque nos sintamos incompletos, el Señor tiene un propósito perfecto para cada uno de nosotros.

Somos obra de Dios con un propósito

El profeta Jeremías vio en el alfarero y el barro la relación entre Dios y Su pueblo:

“¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel?”
(Jeremías 18 verso 6)

Él es el Alfarero y nosotros el barro. Así como el hombre de la historia sembró semillas para que la tinaja vieja las regara, Dios siembra dones en nuestras vidas y nos moldea a Su manera para que cumplamos con la misión que Él nos ha encomendado.

Nuestra identidad en Cristo

Aunque la tinaja rota se sentía menospreciada, su aporte resultó vital para embellecer la senda. Del mismo modo, el Señor nos recuerda que:

“Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras.”
(Efesios 2 verso 10)

No estamos aquí por casualidad: cada rasgo de nuestro carácter, cada experiencia y aun cada herida pueden ser instrumentos que Dios use para mostrar Su amor.

La historia de las dos tinajas nos enseña que aquello que consideramos “imperfección” puede ser precisamente lo que Dios utiliza para bendecir a otros y embellecer Su obra. Que nuestro corazón se llene de la esperanza y la certeza de que Él obra poderosamente incluso en aquello que nosotros vemos como limitación. Si nos rendimos a Sus manos, así como la tinaja “incompleta”, podremos regar de gracia el camino y ser de bendición para muchos.

Que este relato nos recuerde la verdad de las Escrituras:

“Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.” (Segunda de Corintios 12 verso 10)

¡No subestimemos el poder de Dios en medio de nuestras aparentes fallas! Él puede y quiere obrar con belleza en nuestras vidas para Su gloria.

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