Getting your Trinity Audio player ready...

    Tomado de Cuentopia. Hubo una vez un diablo malvado que una noche robó mil lenguas en una ciudad, y después de aplicarles un hechizo para que sólo hablaran cosas malas de todo el mundo, se las devolvió a sus dueños sin que estos se dieran cuenta.


    De este modo, en muy poco tiempo, en aquella ciudad sólo se hablaban cosas malas de todo el mundo: “que si este había hecho esto, que si aquel lo otro, que si este era un pesado y el otro un torpe”, etc… y aquello sólo llevaba a que todos estuvieran enfadados con todos, para mayor alegría del diablo.


    Al ver la situación , el Señor y Dios de los Cielos decidió intervenir con sus mismas armas, haciendo un milagro sobre las orejas de todos. Las orejas cobraron vida, y cada vez que alguna de las lenguas empezaba sus críticas, ellas se cerraban fuertemente, impidiendo que la gente oyera. Así empezó la batalla terrible entre lenguas y orejas, unas criticando sin parar, y las otras haciéndose las sordas…


    ¿Quién ganó la batalla? Pues con el paso del tiempo, las lenguas endiabladas empezaron a sentirse inútiles: ¿para qué hablar si nadie les escuchaba?, y como eran lenguas, y preferían que las escuchasen, empezaron a cambiar lo que decían. Y cuando comprobaron que diciendo cosas buenas y bonitas de todo y de todos, volvían a escucharles, se llenaron de alegría y olvidaron para siempre su maldad.


    Y aún hoy el diablo malvado sigue sembrando maldad en las lenguas por el mundo, pero gracias al Señor y Dios de los Cielos ya todos saben que lo único que hay que hacer para acabar con las críticas y los criticones, es cerrar las orejas, y no hacerles caso.

    Las lenguas hechizadas: un llamado bíblico a hablar con gracia y a escuchar con discernimiento

    En la historia titulada Las lenguas hechizadas, se nos presenta un cuadro muy claro de lo que sucede cuando las palabras se vuelven instrumentos de maldad. El diablo roba mil lenguas en una ciudad, las embruja para que solo pronuncien comentarios negativos y las devuelve a sus dueños, quienes sin darse cuenta, comienzan a propagar calumnias, chismes y críticas constantes. El resultado: una atmósfera cargada de rencor, divisiones y pleitos, todo para regocijo del enemigo de las almas.

    Pero en medio de la maldad que se expande a toda prisa, interviene Dios con un milagro sobre las orejas. Estas, al escuchar palabras dañinas, se cierran para no darles cabida. Con el tiempo, las lenguas embrujadas se dan cuenta de que sus críticas son estériles si nadie las escucha, y optan por hablar bien, bendecir y edificar. Entonces encuentran la alegría y la reconciliación que las malas palabras les habían robado.

    Esta historia, aunque presenta un relato fantástico, refleja realidades muy presentes en la Biblia acerca del poder de la palabra, la importancia de la escucha sabia y la necesidad de resistir al diablo y su obra destructiva. Veamos algunos principios bíblicos claves que se desprenden de este relato:

    El poder de la lengua para bendecir o destruir

    La Escritura nos enseña que la lengua tiene un poder inmenso, para bien y para mal. El libro de Proverbios declara:

    “La muerte y la vida están en poder de la lengua” (Proverbios 18 verso 21).

    Asimismo, el apóstol Santiago describe la lengua como “un fuego” y “un mundo de maldad” (Santiago 3 verso 6), capaz de corromper todo el cuerpo si no se la controla. En la historia de las lenguas hechizadas, la ciudad entera se sume en el caos por culpa de palabras de destrucción y calumnia, recordándonos lo peligroso que es usar la boca para difundir discordia.

    El diablo: el padre de la mentira

    Jesús enseñó que Satanás “es mentiroso y padre de mentira” (Juan 8 verso 44). El enemigo siempre busca robar la paz y la armonía, sembrando cizaña (Mateo 13 verso 39). Así como en el relato, el diablo usa las lenguas para propagar el mal, de igual forma, hoy día continúa usando nuestras palabras —cuando las dejamos— para crear enemistades y división.

    Sin embargo, la Palabra de Dios también nos anima:

    “Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros” (Santiago 4 verso 7).

    ¿Qué mejor manera de resistir que no participar en las habladurías y cerrar nuestros oídos a la maledicencia?

    Cerrar las orejas a la crítica destructiva

    En la historia, Dios hace que las orejas se cierren ante toda palabra de maldad. Esta imagen nos recuerda la importancia del discernimiento al oír. No se trata de volvernos sordos a toda corrección o consejo, sino de no dar lugar a críticas malintencionadas o chismes que hieren a otros sin ningún propósito edificante.

    El apóstol Pablo aconseja:

    “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación” (Efesios 4 verso 29).

    Del mismo modo, podríamos decir: “No des tus oídos a palabras corrompidas, sino recibe sólo aquello que edifica”.

    El cambio del corazón y la lengua

    La transformación de las lenguas en la historia, que pasan de hablar mal a hablar bien para ser escuchadas, simboliza la necesidad de un cambio profundo en el corazón. El mismo Jesús dijo:

    “De la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12 verso 34).

    Si nuestro corazón está lleno de rencor, envidia o enojo, nuestras palabras lo reflejarán. Pero cuando nos acercamos a Dios en humildad, permitimos que su Espíritu Santo llene nuestro interior de amor, gozo, paz y bondad (Gálatas 5 versos 22 y 23). Entonces, nuestras palabras pasan a ser de bendición y aliento para los demás.

    Un llamado a hablar con gracia y verdad

    Finalmente, la historia concluye mostrando que las lenguas encuentran verdadera alegría y satisfacción al pronunciar cosas buenas, honestas y hermosas. De igual manera, la Biblia nos exhorta a hablar con verdad y amor (Efesios 4 verso 15). Y también a tener “siempre gracia en vuestros labios” (Colosenses 4 verso 6), de modo que nuestra comunicación sea sazonada con la sabiduría y la bondad que vienen de Dios.

    El diablo malvado “sigue sembrando maldad en las lenguas por el mundo”, pero no tenemos por qué ser presas de sus artimañas. Al igual que en el relato, podemos hacer callar la maledicencia y la crítica destructiva cerrando nuestros oídos, no fomentando la murmuración y hablando solamente aquello que edifique a los demás.

    El relato de Las lenguas hechizadas es un retrato claro de una batalla espiritual que aún hoy continúa librándose: la que ocurre en nuestras palabras y nuestras actitudes al escuchar. Cuando la lengua se deja seducir por el mal, destruye; pero cuando se rinde ante Dios, edifica, anima y da vida. Y cuando prestamos oído a la murmuración, la alimentamos; pero al discernir y cerrar nuestros oídos al chisme y la crítica sin fundamento, cortamos su influencia.

    Así pues, recordemos la invitación de las Escrituras:

    “Apártese del mal, y haga el bien; Busque la paz, y sígala.” (Primera de Pedro 3 verso 11).

    Mantener la paz implica usar la lengua con responsabilidad y amor, y utilizar los oídos con sabiduría y discernimiento. Que el Señor nos conceda un corazón transformado, una lengua llena de palabras de vida y oídos prestos para la verdad, la corrección en amor y la edificación mutua. De esta manera, viviremos como luz en medio de la oscuridad y honraremos a Aquel que hizo posible la victoria sobre toda forma de maldad.

    Leave a Comment

    Your email address will not be published. Required fields are marked *