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Vivimos en un mundo partido por la mitad. No me refiero a una división física, sino a una fractura en el pensamiento, en la manera como percibimos la realidad, lo cual moldea nuestro carácter y determina cómo conducimos nuestras vidas. Esta división ha sumido al mundo en un limbo, al borde de consecuencias catastróficas nacidas de la incertidumbre y la polarización.

Los seres humanos siempre hemos tenido diferencias, y en muchas ocasiones, hemos demostrado el suficiente sentido común—que, dicho sea de paso, no es tan común como parece—para resolver nuestras disputas de manera amistosa. Sin embargo, en estos tiempos, las cosas no están funcionando así. El mundo parece haber enloquecido: estamos profundamente divididos y gobernados por dos grupos que se han posicionado en los extremos de la izquierda y la derecha. Desde estas trincheras ideológicas, es casi imposible llegar a acuerdos, dejando abierto un camino peligroso: el de las guerras, tanto de palabras como de acciones.

Esto, por supuesto, no es nuevo. Desde los tiempos de Jesucristo, e incluso antes, la humanidad ha enfrentado divisiones similares. En aquel entonces, Jesús se encontró con un grupo de adversarios centrales: los fariseos. Frente a ellos, el Señor tomó una postura clara y firme: “El que no está conmigo, contra mí es” (Lucas 11:23). Jesús no dejó espacio para la ambigüedad. Él declaró: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6). Con estas palabras, Jesús les cerró la puerta en la cara a aquellos que se negaron a escuchar, a aquellos que despreciaron la verdad y la razón. “¿Por cuál de mis obras me condenáis?”, les preguntó (Juan 10:32). A ellos, que se creían justos pero estaban llenos de hipocresía, Jesús los llamó “hipócritas” y “tumbas blanqueadas” (Mateo 23:27), porque aparentaban pureza exterior, pero por dentro estaban llenos de corrupción.

¿Por qué actuó Jesús de esta manera? Porque los fariseos, a pesar de la evidencia irrefutable de Sus milagros y enseñanzas, se negaron a creer. Cuando Jesús resucitó a Lázaro, allí estaba la evidencia: Lázaro, vivo y caminando. Pero, en lugar de aceptar la verdad, los fariseos decidieron no solo rechazar a Jesús, sino también conspirar para matarlo, e incluso planearon matar a Lázaro (Juan 12:10). Así de cerrado puede ser el corazón humano cuando se niega a ver y a escuchar. Por eso Jesús decía: “El que tiene oídos para oír, oiga” (Mateo 11:15). No todos están dispuestos a recibir la verdad, porque hacerlo requiere humildad y un cambio de corazón.

Este fenómeno no se limita a los tiempos bíblicos. Pensadores más contemporáneos, como Mark Twain, han expresado ideas similares. Twain dijo: “Ninguna cantidad de evidencia puede convencer a un tonto de la verdad”. Este sentimiento ha sido compartido por varios otros filósofos y escritores a lo largo de la historia. Por ejemplo:

  • George Bernard Shaw: El dramaturgo irlandés afirmó: “Nunca luches con cerdos. Ambos se ensucian, y al cerdo le gusta”. Esta metáfora ilustra la futilidad de discutir con alguien que se niega a razonar o a escuchar.
  • Arthur Schopenhauer: El filósofo alemán observó: “Cada hombre toma los límites de su propio campo de visión por los límites del mundo”. Esto sugiere que muchas personas son incapaces de ver más allá de su propia ignorancia o de sus perspectivas limitadas.
  • Friedrich Nietzsche: Nietzsche declaró: “No hay hechos, solo interpretaciones”. Esta frase resalta cómo las preconcepciones y prejuicios pueden distorsionar nuestra comprensión de la realidad.
  • Bertrand Russell: El filósofo y matemático británico señaló: “El problema con el mundo es que los estúpidos están seguros de sí mismos y los inteligentes están llenos de dudas”. Esta observación subraya la dificultad de convencer a quienes están demasiado confiados en su propia ignorancia.
  • Platón: En La República, Platón presentó la “Alegoría de la Caverna”, donde los prisioneros, atrapados en la ignorancia, se resisten a la iluminación. Esta alegoría ilustra cómo las personas pueden aferrarse a sus creencias, incluso cuando la verdad les es presentada claramente.

La necesidad de un corazón humilde

La división que vemos en el mundo hoy no es solo una cuestión de ideologías políticas o sociales; es un reflejo de la condición del corazón humano. La terquedad, el orgullo y la negativa a reconocer la verdad son rasgos que han persistido a lo largo de la historia. Jesús lo resumió claramente cuando dijo: “Este pueblo de labios me honra, pero su corazón está lejos de mí” (Marcos 7:6).

La solución no está en ganar argumentos o imponer nuestras ideas, sino en cultivar un corazón humilde, dispuesto a escuchar y a cambiar. Como dice Proverbios 3:5: “Confía en el Señor de todo corazón, y no en tu propia inteligencia”. Solo cuando reconocemos nuestras limitaciones y buscamos la verdad con humildad, podemos superar la división y encontrar el camino hacia la unidad y la paz.En un mundo partido por la mitad, la verdadera sabiduría no consiste en tener la razón, sino en estar dispuestos a seguir la Verdad, aunque eso signifique dejar atrás nuestras propias certezas. Como dijo Jesús: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32). Es mi oración que todos tengamos ojos para ver y oídos para oír.

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