Saulo de Tarso y Ananias: Dos Enemigos a Muerte Convertidos en Hermanos.

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Dios no te llama a ser Ingenuo, te llama a ser Obediente

¡Buenas tardes, amados hermanos y hermanas en Cristo!

Hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre uno de los momentos más dramáticos y transformadores en el libro de los Hechos. Una historia que nos confronta, nos desafía y nos revela el corazón mismo del evangelio.

Nuestro texto nos presenta a dos hombres en extremos opuestos.

Por un lado, está Saulo. Un nombre que infundía pánico. Un fariseo de mera sepa, inteligente y violentamente dedicado a erradicar el nombre de Jesús. La Escritura es clara: “La iglesia lo temía. Nadie se atrevía a acercarse a él”. Él era la encarnación de la oposición, la amenaza tangible, el enemigo número uno.

Y por el otro lado, está Ananías. Un discípulo. No un apóstol, no un profeta famoso, sino un creyente común. Un hombre cuyo nombre significa “Dios es misericordioso”. Y es en el contraste entre estos dos hombres donde Dios decide actuar de la manera más sorprendente.

Dios podría haber elegido muchas formas de sanar a Saulo. Un rayo del cielo, una voz audible, un ángel glorioso. Pero no. Él elige a un hombre común. Y le da una orden que, humanamente, sonaba a locura: “Levántate y ve a la calle que se llama Derecha, y busca en casa de Judas a uno llamado Saulo… porque he aquí, él ora” (Hechos 9:11).

Imaginen por un momento el corazón de Ananías. El miedo visceral, la lógica humana gritando: “¡No lo hagas! Es una trampa. Él te va a arrestar. Él nos ha hecho tanto daño”. Ananías incluso le recuerda a Dios quién es Saulo, como si Dios no lo supiera. “Señor, he oído de muchos acerca de este hombre, cuántos males ha hecho a tus santos en Jerusalén”.

Pero la obediencia de Ananías no nace de la ausencia de miedo, sino de una fe que es más grande que el miedo. Y su obediencia se manifiesta en un gesto sencillo pero profundamente poderoso: impone las manos sobre su enemigo.

Hermanos, notemos esto: el instrumento de la gracia no fue un ejército, no fue un debate teológico, no fue una estrategia defensiva. Fue un gesto de reconciliación. Un acto de vulnerabilidad y bendición. Ananías no fue a discutir, fue a sanar. No fue a condenar, fue a restaurar. Él extendió su mano y tocó al intocable. Pronunció palabras de aceptación: “Hermano Saulo”.

Y en ese momento, lo imposible sucedió. “Y al instante le cayeron de los ojos como escamas, y recibió al momento la vista”.

Saulo recuperó la vista física, pero también recibió la vista espiritual. Vio, por primera vez, no a un enemigo, sino a un hermano. Y en ese instante, el perseguidor murió y nació el apóstol. Lo que parecía un adversario irremediable se convirtió en el instrumento elegido para llevar el evangelio a los gentiles.

¿Qué nos dice esta historia hoy a nosotros? Dios se especializa en transformar enemigos en hermanos.

A menudo etiquetamos a las personas: “Este es mi enemigo”. “Esta persona nunca cambiará”. “Ellos son los oponentes”. Pero Dios ve más allá de nuestras etiquetas. Él ve el potencial de gracia en cada corazón. Él ve al Pablo dentro de cada Saulo. Nuestra tarea no es definir quién es el enemigo, sino estar dispuestos a ser instrumentos de su gracia transformadora.

La obediencia a Dios a menudo nos lleva hacia nuestros miedos, no lejos de ellos.
Dios no siempre nos llama a lo cómodo y seguro. Con frecuencia nos llama a hacer lo “impensable”: Perdonar a quien nos lastimó. Extender la mano a quien nos criticó. Amar a quien nos persigue. Es en ese territorio incómodo del miedo donde Él muestra Su poder con mayor claridad. Donde nuestra fuerza termina, comienza la Suya.

Un gesto sencillo de obediencia puede cambiar la historia.

Ananías no predicó un sermón elocuente, no realizó un milagro espectacular. Simplemente obedeció. Fue y tocó. Ese gesto aparentemente pequeño fue el canal para uno de los mayores avivamientos en la historia de la iglesia. Nunca subestimemos el poder de un acto de obediencia, por pequeño que parezca. Un café, una oración, una palabra de aliento, una mano extendida. Dios usa lo ordinario para lograr lo extraordinario.

Hermanos, hoy Dios nos pregunta: ¿Quién es tu “Saulo”? ¿A quién has etiquetado como enemigo y, por tanto, has decidido evitar? ¿El familiar que siempre te juzga? ¿El colega que te sabotea? ¿El grupo político o social con el que no concuerdas? ¿La persona cuya vida te parece muy lejos de Dios?

Dios no te está llamando a ser ingenuo. Te está llamando a ser obediente. A confiar en que Su poder es más grande que tu miedo. A creer que Él puede convertir a los más fieros opositores en los más fieles aliados de Su reino.

Él te llama, como a Ananías, a levantarte. A ir a la “calle Derecha”. A extender la mano. A decir “hermano”. A ser testigo de cómo las escamas caen de los ojos y cómo lo imposible se hace posible.

Porque cuando obedecemos y nos acercamos a quienes más tememos, es ahí, en ese lugar de fe vulnerable, donde Dios muestra Su poder y transforma la historia. Amén.

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