Tres Razones por las Cuales Rechazamos el Evangelio: Orgullo, Carnalidad y Ceguera Espiritual

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Todas las excusas humanas para no creer y rechazar el evangelio de Jesucristo pueden ser resumidas en tres razones explícitas: orgullo, carnalidad y ceguera espiritual. El ser humano rechaza el evangelio principalmente por orgullo y amor al pecado. El evangelio exige humildad para reconocer la propia culpa y la necesidad de salvación, lo cual hiere el orgullo natural del ser humano. Además, abrazar y recibir el evangelio implica abandonar prácticas y deseos pecaminosos, algo que la persona humana no está dispuesta a hacer. También influye el temor al qué dirán, el prejuicio intelectual o experiencias negativas con gente religiosa. Jesús mismo lo explicó: “La luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Juan 3:19).

Sin embargo, hay una dimensión más profunda que las Escrituras revelan: el rechazo al evangelio no es solo una decisión voluntaria basada en preferencias morales, sino que obedece a una condición espiritual de muerte y esclavitud. El apóstol Pablo declara que “los que viven según la carne piensan en las cosas de la carne, pero los que viven según el Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz” (Romanos 8:5-6). La carnalidad, entendida como la inclinación natural del ser humano caído, es enemiga de Dios y no se somete a Su ley (Romanos 8:7). En ese estado, el evangelio resulta insípido y hasta ofensivo porque proclama la justicia divina en lugar de la justicia propia.

Además, Pablo explica una causa espiritual determinante: “Si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto, en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo” (2 Corintios 4:3-4). Satanás, designado aquí como “el dios de este siglo”, opera activamente manteniendo a las personas en tinieblas intelectuales y morales. No se trata solo de ignorancia, sino de una ceguera sobrenatural que impide percibir la belleza, la verdad y la urgencia del mensaje de la cruz. El entendimiento humano, nublado por el pecado y sometido al engaño del maligno, es incapaz por sí mismo de inclinarse ante Cristo. Por eso Jesús mismo enseñó: “Nadie puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere” (Juan 6:44). Así, el rechazo al evangelio es a la vez un acto responsable del hombre pecador y una manifestación de la esclavitud espiritual que solo la gracia divina puede romper, abriendo los ojos ciegos y dando un corazón de carne para creer y amar la luz.

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