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Introducción: El Anhelo Perenne de un Cristianismo Original
A lo largo de los veinte siglos de historia cristiana, el deseo de retornar a la pureza, la sencillez y el poder de la iglesia primitiva ha sido una constante que ha impulsado movimientos de renovación, reforma y, en ocasiones, ruptura. Este anhelo, profundamente arraigado en la convicción de que las primeras comunidades de creyentes reflejaban de manera más fiel la voluntad y el corazón de Dios, se enfrenta, sin embargo, a una realidad ineludible: el peso de la tradición humana.
La cuestión que abordaremos en este extenso comentario no es meramente académica o histórica, sino profundamente existencial y espiritual. ¿Es posible recuperar la experiencia transformadora de la iglesia del primer siglo? ¿O estamos condenados a perpetuar tradiciones que, aunque venerables por su antigüedad, han desdibujado el mensaje original del evangelio? Para responder a estas preguntas, centraremos nuestra atención en un caso paradigmático: la práctica del bautismo en agua, específicamente la divergencia entre la fórmula trinitaria (“en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”) basada en Mateo 28:19, y la fórmula cristocéntrica (“en el nombre de Jesucristo”) documentada repetidamente en el libro de los Hechos.
Este análisis no busca dividir, sino esclarecer. La invitación es a examinar las Escrituras con la misma diligencia que los bereanos (Hechos 17:11), contrastando cada enseñanza y práctica con la norma apostólica. Como veremos, el llamado de Dios no es a reformar estructuras eclesiales corroídas por el error, ni mucho menos a aferrarnos a tradiciones humanas por el mero hecho de su antigüedad o universalidad. El llamado es a una transformación total: un regreso experiencial a la vida, la fe y el poder de la iglesia primitiva, donde el bautismo en el nombre de Jesús siempre fue la expresión de una conversión radical y del nuevo nacimiento.
Capítulo I: El Fundamento Bíblico – La Gran Comisión y la Práctica Apostólica
El Mandato de Mateo 28:19
El punto de partida de cualquier discusión sobre el bautismo cristiano debe ser, sin duda, las palabras de Jesús resucitado registradas en el Evangelio de Mateo:
“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19).
Este texto, conocido como la Gran Comisión, constituye la autoridad fundamental para la práctica bautismal en la gran mayoría de las confesiones cristianas a lo largo de la historia. La fórmula trinitaria parece, a primera vista, inequívoca: bautizar “en el nombre de las tres personas divinas.”
Sin embargo, surge una pregunta crucial que los defensores de esta interpretación no pueden eludir: si este fue el mandato explícito del Señor, ¿por qué en ninguna de las ocasiones en que el libro de los Hechos registra bautismos encontramos la utilización de esta fórmula? Esta ausencia no es un detalle menor, sino una pista hermenéutica fundamental.
La Práctica Uniforme en Hechos: El Nombre de Jesús
El libro de los Hechos de los Apóstoles nos ofrece el registro histórico de cómo la iglesia primitiva, guiada por el Espíritu Santo, interpretó y aplicó el mandato de Jesús. La evidencia es sorprendentemente uniforme y merece ser examinada en detalle:
Hechos 2:38-41 (Pentecostés)
“Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo… Así que los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas.”
Este es el primer sermón del evangelio después de la ascensión de Cristo, predicado por el mismo apóstol que había recibido la Gran Comisión. Es significativo que Pedro, bajo la unción del Espíritu Santo, no cite la fórmula trinitaria, sino que ordene el bautismo “en el nombre de Jesucristo”.
Hechos 8:14-17 (Samaria)
“Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan; los cuales, habiendo venido, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo; porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús.”
Aquí observamos que Felipe había bautizado a los samaritanos “en el nombre de Jesús”. Es notable que, aunque Pedro y Juan son enviados para impartir el Espíritu Santo mediante la imposición de manos, no hay ninguna corrección respecto a la fórmula bautismal utilizada.
Hechos 10:44-48 (Cornelio y los gentiles)
“Entonces respondió Pedro: ¿Puede acaso alguno impedir el agua para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros? Y mandó bautizarlos en el nombre del Señor Jesús.”
Este episodio es particularmente significativo porque representa la apertura del evangelio a los gentiles. Pedro, el mismo apóstol, nuevamente ordena el bautismo “en el nombre del Señor Jesús”.
Hechos 19:1-5 (Discípulos de Juan en Éfeso)
“Dijo Pablo: Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús el Cristo. Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús.”
Aquí Pablo se encuentra con discípulos que habían recibido solo el bautismo de Juan y no conocían ni siquiera la existencia del Espíritu Santo. La solución de Pablo no es simplemente “completar” algo que les faltaba, sino que los bautiza nuevamente, esta vez “en el nombre del Señor Jesús”.
Hechos 22:16 (Testimonio de Pablo)
“Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre.”
En el relato de su propia conversión, Pablo recuerda las palabras de Ananías: ser bautizado invocando el nombre de Jesús.
El Argumento Silencioso: Ningún Bautismo Trinitario Registrado
La evidencia es concluyente: en los cinco casos donde Lucas especifica la fórmula utilizada o el nombre invocado, siempre es “Jesús” o “Jesucristo”, nunca la fórmula trinitaria de Mateo 28:19. Este dato histórico no puede ser ignorado o explicado como una mera casualidad.
Quienes defienden la práctica trinitaria ofrecen varias explicaciones, que examinaremos con detenimiento:
- La distinción entre destinatario y administrador: Se argumenta que en Hechos la fórmula se dirige a quienes reciben el bautismo, no a quienes lo administran. Sin embargo, esta distinción parece forzada, especialmente en Hechos 2:38 donde Pedro está dando instrucciones explícitas sobre qué hacer.
- La “autoridad” vs. la “fórmula”: Se sugiere que “en el nombre de Jesús” indica simplemente que se actúa por autoridad de Jesús, no que sean las palabras exactas pronunciadas. Esta interpretación, aunque posible, no explica por qué Lucas nunca siente la necesidad de aclarar que “realmente” se usaba la fórmula trinitaria.
- El contexto del bautismo de Juan: Se propone que la frase distinguía el bautismo cristiano del de Juan el Bautista. Esta explicación tiene cierto peso en Hechos 19, pero es menos convincente en los otros casos.
Lo que resulta innegable es que el Nuevo Testamento no nos ofrece ni un solo ejemplo de alguien siendo bautizado con las palabras “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. La tradición que universalizó esta fórmula no tiene base en la práctica apostólica registrada en la biblia pero sí en la tradición Católica Romana.
Capítulo II: La Formación de la Tradición Trinitaria
El Desarrollo Histórico de la Doctrina de la Trinidad
Para comprender cómo la iglesia pasó de la práctica apostólica del bautismo “en el nombre de Jesús” a la fórmula trinitaria, es necesario examinar el desarrollo histórico de la doctrina de la Trinidad. Este proceso no fue inmediato ni estuvo exento de controversias.
Los primeros siglos del cristianismo fueron testigos de intensos debates teológicos sobre la naturaleza de Dios y la relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Diversas herejías, como el arrianismo (que negaba la plena divinidad de Cristo) y el modalismo (que confundía las personas divinas), obligaron a la iglesia a articular su fe con mayor precisión.
El Concilio de Nicea (325 d.C.)
Convocado por el emperador Constantino, este concilio fue el primer intento oficial de establecer una declaración universal de fe. Condenó el arrianismo y afirmó la consustancialidad (homoousios) del Hijo con el Padre. Sin embargo, el Credo de Nicea no incluía todavía una sección extensa sobre el Espíritu Santo.
El Concilio de Constantinopla (381 d.C.)
Bajo el emperador Teodosio I, este concilio (considerado el segundo ecuménico) completó la formulación trinitaria, afirmando explícitamente la divinidad y personalidad del Espíritu Santo. Fue en este concilio donde se adoptó el Credo Niceno-Constantinopolitano, que es el que la mayoría de las iglesias recitan hoy.
Es crucial entender que estos concilios, aunque importantes para la ortodoxia cristiana, representan un desarrollo doctrinal posterior al Nuevo Testamento. La fórmula trinitaria del bautismo, que ya se encuentra en la Didajé (un documento de finales del siglo I o principios del II), fue incorporada en este credo no como una innovación, sino como una explicación de lo que se consideraba la fe apostólica.
La Didajé: El Testimonio Más Antiguo
La Didajé o “Enseñanza de los Doce Apóstoles” es un documento cristiano primitivo que algunos eruditos datan tan temprano como el año 100-150 d.C.. En su capítulo 7, instruye:
“Bautizad en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, en agua corriente… Si no tienes ni una ni otra, derrama agua tres veces sobre la cabeza, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.”
Este texto es la “evidencia” extra-bíblica (fuera de la Biblia) más antigua de la fórmula trinitaria en el bautismo. Sin embargo, para quienes siguen las escrituras al pie de la letra, es innegable qie el bautismo debe ser “en el nombre de Jesús”. La Didajé representa precisamente el comienzo de la desviación doctrinal: la sustitución de una práctica apostólica clara por una tradición humana que, aunque temprana, carece de respaldo en las Escrituras.
Padres de la Iglesia y Desarrollo Teológico
Los escritos de los Padres de la Iglesia confirman que la práctica trinitaria se generalizó rápidamente. Justino Mártir (c. 100-165 d.C.), Tertuliano (c. 155-220 d.C.), y otros defendieron tanto la doctrina trinitaria como el bautismo en la fórmula trinitaria.
Es notable que Tertuliano documentó la práctica de la triple inmersión (una inmersión por cada persona de la Trinidad), algo que la iglesia ortodoxa griega mantiene hasta hoy. La frase “en el nombre de Jesús” fue interpretada por estos “padres” no como una fórmula alternativa, sino como una expresión abreviada que daba por supuesta la Trinidad.
Capítulo III: La Reforma Protestante – Oportunidad Perdida
Lutero y su Búsqueda de la Pureza Doctrinal
Martín Lutero (1483-1546) es una figura monumental en la historia del cristianismo. Su lucha contra los abusos de la iglesia de su tiempo, particularmente la venta de indulgencias, desencadenó un movimiento de reforma que transformó el rostro del cristianismo occidental. El principio de sola Scriptura (solo la Escritura) y sola fide (solo la fe) fueron los pilares sobre los que Lutero construyó su crítica a la tradición católica.
Lutero no buscaba fundar una nueva iglesia, sino restaurar la pureza doctrinal del evangelio que consideraba oscurecida por siglos de tradiciones humanas. En este sentido, su anhelo de retornar a las fuentes bíblicas y apostólicas es admirable y, en muchos aspectos, exitoso.
La Continuidad de la Tradición Bautismal Trinitaria
Sin embargo, en el tema del bautismo, Lutero no rompió con la tradición recibida. Aunque rechazó muchas enseñanzas católicas que consideraba no bíblicas (como la transubstanciación en la Eucaristía, el purgatorio, o la autoridad papal), mantuvo el bautismo infantil y la fórmula trinitaria.
Esta continuidad no debe sorprendernos completamente. Lutero fue ante todo un reformador, no un restauracionista. Su objetivo no era reconstruir la iglesia desde cero basándose únicamente en el Nuevo Testamento, sino “purificar la iglesia existente” de sus abusos más evidentes. La cuestión del bautismo, siendo una práctica tan arraigada y universal, no fue cuestionada por Lutero.
Otras Voces Reformadas
No todos los reformadores fueron igualmente conservadores en el tema del bautismo. Los anabautistas (del griego “rebautizadores”) del siglo XVI insistieron en el bautismo de creyentes por inmersión y, en algunos casos, cuestionaron la fórmula trinitaria. Sin embargo, fueron perseguidos tanto por católicos como por protestantes, y su influencia fue limitada durante siglos.
El movimiento Pentecostal Unicitario, que surgiría en 1913, representa el intento más consistente de retornar a la práctica bautismal del libro de los Hechos. Según la tradición pentecostal unicitaria, el bautismo debe ser administrado exclusivamente “en el nombre de Jesucristo”, ya que el nombre revelado de Dios en el Nuevo Pacto es Jesús, y los títulos “Padre, Hijo y Espíritu Santo” no son nombres sino descripciones de los roles o manifestaciones del único Dios.
La historia registra que en 1913, durante un campamento pentecostal en California, un predicador llamado R.E. McAlister observó que en el libro de los Hechos los apóstoles siempre bautizaban “en el nombre de Jesús”. Esta observación, aunque no completamente nueva, desencadenó un movimiento que ha crecido hasta incluir millones de creyentes en todo el mundo.
Capítulo IV: Análisis Teológico – Nombre vs. Títulos
La Distinción Crucial
Uno de los argumentos más contundentes a favor del bautismo en el nombre de Jesús es la distinción entre “nombre” y “títulos”. Cuando Jesús dijo “bautizándolos en el nombre (singular) del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, estaba utilizando un sustantivo en singular: “nombre”, no “nombres”.
La pregunta lógica es: ¿Cuál es el único nombre que pertenece al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo? La respuesta que emerge del Nuevo Testamento es inequívoca: “Jesús”.
- Filipenses 2:9-11: “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le confirió un nombre que es sobre todo nombre, para que ante el nombre de Jesús se doble toda rodilla… y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor.”
- Hechos 4:12: “En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.”
- Colosenses 3:17: “Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús.”
El razonamiento es el siguiente: si el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo comparten un solo nombre (como indica Mateo 28:19), y ese nombre es Jesús (como enseñan Pablo y Pedro), entonces bautizar “en el nombre de Jesús” es precisamente cumplir el mandato de Mateo 28:19.
El Bautismo como Invocación del Nombre
El bautismo en el Nuevo Testamento está íntimamente ligado a la invocación del nombre de Jesús. Esto no es una mera formalidad, sino la esencia misma de la experiencia bautismal. Como escribió Pablo:
“¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿O fuisteis bautizados en el nombre de Pablo?” (1 Corintios 1:13).
El apóstol asume que el nombre en el cual uno es bautizado es el nombre de aquel a quien pertenece, de aquel cuya muerte participa. Ser bautizado “en el nombre de Jesús” es ser identificado con Él, ser sumergido en su muerte y resurrección, y recibir la remisión de pecados que solo Él puede otorgar (Hechos 22:16).
Implicaciones Cristológicas
La defensa del bautismo en el nombre de Jesús no es necesariamente una negación de la Trinidad. Aunque muchos de sus adherentes son unicitarios (es decir, no trinitarios), existen cristianos trinitarios que practican el bautismo en el nombre de Jesús precisamente porque entienden que el nombre de Jesús revela la plenitud de Dios.
El debate no es, pues, simplemente entre trinitarios y no trinitarios, sino entre aquellos que ven la fórmula de Hechos como incompatible con Mateo 28, y aquellos que la ven como su cumplimiento.
Capítulo V: La Tradición Humana como Obstáculo
El Poder Conservador de la Tradición
La persistencia de la fórmula trinitaria en el bautismo, a pesar de su ausencia en la práctica apostólica registrada, es un poderoso testimonio de la fuerza de la tradición humana. Lo que comenzó probablemente como una expansión legítima del mandato de Mateo 28 (¿por qué no usar las palabras exactas de Jesús si las tenemos?) se convirtió, con el tiempo, en un dogma incuestionable.
La ironía es profunda: una tradición que surgió para proteger la ortodoxia trinitaria terminó desplazando la práctica bautismal explícita de los apóstoles. Millones de cristianos han sido bautizados “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, creyendo que así lo ordena la Biblia, cuando en realidad ningún bautismo neotestamentario sigue ese patrón.
El Peligro de las Capas Humanas
Jesús mismo advirtió sobre el peligro de la tradición humana que anula el mandamiento de Dios:
“Bien profetizó de vosotros Isaías, hipócritas, como está escrito: Este pueblo de labios me honra, pero su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres. Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres” (Marcos 7:6-8).
El problema no es la tradición en sí misma (toda comunidad tiene tradiciones), sino cuando la tradición se eleva al nivel de mandamiento divino, oscureciendo o contradiciendo la clara enseñanza bíblica.
El Efecto Acumulativo
Con el paso de los siglos, la tradición trinitaria del bautismo ha acumulado capas de justificación teológica, práctica litúrgica y autoridad eclesiástica. La triple inmersión (una inmersión por cada persona de la Trinidad), las oraciones preparatorias, los exorcismos, y otros elementos rituales han hecho que el bautismo, en muchas tradiciones, se haya convertido en algo muy distinto de la sencilla inmersión en agua “en el nombre de Jesús” que practicaban los apóstoles.
Capítulo VI: El Llamado a la Transformación, no a la Restauración
Restauración vs. Transformación
Es crucial hacer una distinción teológica que a menudo se pasa por alto: el llamado de Dios no es a “restaurar” algo que está roto, sino a experimentar una transformación total que nos lleve a vivir como la iglesia primitiva.
La restauración implica reconstruir algo que existió en el pasado, pero que puede replicarse en el presente. Este enfoque, aunque bien intencionado, corre el riesgo de caer en el mismo error que denuncia: la dependencia de moldes externos en lugar de una vida interior guiada por el Espíritu.
La transformación, en cambio, es un proceso dinámico y orgánico. No se trata de copiar mecánicamente las prácticas del primer siglo, sino de permitir que el mismo Espíritu que guió a la iglesia apostólica nos guíe hoy hacia la misma realidad: una vida de fe radical, poder sobrenatural y amor genuino.
El Papel del Espíritu Santo
El libro de los Hechos no es simplemente un manual de procedimientos eclesiásticos, sino el registro de un pueblo movido por el Espíritu Santo. La razón por la cual Pedro bautizó “en el nombre de Jesús” el día de Pentecostés no fue porque hubiera recibido una nueva instrucción que reemplazara a Mateo 28, sino porque el Espíritu Santo lo guió a hacerlo así.
De manera similar, nuestro enfoque no debe estar en encontrar la “fórmula correcta” que nos garantice la validez del bautismo, sino en buscar la plenitud del Espíritu que nos lleve a experimentar el bautismo como lo experimentaron los primeros cristianos: como un encuentro transformador con Cristo resucitado.
El Regreso a la Esencia
El regreso a la iglesia primitiva no es un viaje arqueológico al pasado, sino un movimiento del Espíritu en el presente. Implica redescubrir las prioridades de la iglesia apostólica:
- La centralidad de Jesucristo: No simplemente como un tema doctrinal, sino como la realidad viva en torno a la cual gira toda la existencia cristiana.
- La conversión radical: El bautismo en Hechos siempre sigue al arrepentimiento y la fe; no es un rito mecánico sino la expresión pública de una transformación interior genuina.
- El poder del Espíritu: La iglesia primitiva no dependía de técnicas, estrategias o tradiciones, sino del poder sobrenatural de Dios manifestado en señales, prodigios y la transformación de vidas.
- La comunidad de amor: Más que una institución, la iglesia era una familia donde se compartían los bienes, las cargas y las alegrías.
Capítulo VII: Aplicación Práctica y Desafíos Contemporáneos
¿Qué Hacer con esta Verdad?
Si el argumento presentado es correcto, y el bautismo bíblico es “en el nombre de Jesucristo”, la pregunta práctica es inevitable: ¿qué deben hacer los millones de cristianos que han sido bautizados con la fórmula trinitaria?
Esta es una cuestión delicada que requiere sabiduría y sensibilidad pastoral. Diferentes tradiciones han ofrecido respuestas diversas:
- La posición unicitaria (pentecostal del Nombre de Jesús): Sostiene que el bautismo trinitario es inválido y que quienes lo han recibido deben ser “rebautizados” correctamente en el nombre de Jesús.
- La posición trinitaria inclusiva: Afirma que el bautismo trinitario es válido porque cumple el mandato de Mateo 28, y que el bautismo “en el nombre de Jesús” en Hechos es una expresión abreviada que presupone la Trinidad.
- La posición intermedia: Reconoce que la práctica apostólica era el bautismo en el nombre de Jesús, pero no considera inválidos los bautismos trinitarios realizados con fe genuina. Enfatiza que lo esencial es la fe y el arrepentimiento, no las palabras precisas pronunciadas.
El Principio de la Invocación
Más allá del debate sobre las palabras exactas, el principio fundamental que emerge de las Escrituras es que el bautismo debe realizarse invocando el nombre de Jesús. Esto implica:
- Confesión explícita: Reconocer abiertamente que Jesús es el Señor, el Hijo de Dios, el Salvador.
- Identificación personal: Entender que el bautismo nos une a Cristo en su muerte y resurrección (Romanos 6:3-4).
- Dependencia total: Reconocer que la salvación, el perdón de pecados y la recepción del Espíritu Santo vienen solo por medio de Él.
Hacia una Práctica Transformadora
Para las comunidades que decidan alinear su práctica bautismal con el modelo apostólico, las implicaciones van más allá de cambiar unas palabras. El bautismo debe recuperar su carácter transformador:
- Preparación seria: El bautismo en Hechos siempre seguía a la predicación, la convicción de pecado y el arrepentimiento genuino.
- Inmersión total: La palabra griega baptizo significa “sumergir”, y el Nuevo Testamento asocia el bautismo con entierro y resurrección.
- Comunidad involucrada: El bautismo era un evento comunitario, no privado, donde la iglesia recibía a nuevos miembros.
- Libertad y gozo: No debe ser un ritual vacío ni una obligación legalista, sino una celebración de la nueva vida en Cristo.
Conclusión: El Desafío de la Fidelidad
El examen de la evidencia bíblica e histórica nos lleva a conclusiones que, aunque incómodas para muchos, no pueden ser ignoradas por quienes valoran la autoridad de las Escrituras sobre la tradición humana.
La iglesia primitiva, bajo la guía del Espíritu Santo, bautizaba consistentemente “en el nombre de Jesucristo”. No hay un solo ejemplo en el Nuevo Testamento de alguien siendo bautizado “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. La fórmula trinitaria, aunque temprana (atestiguada ya en la Didajé de finales del siglo I), representa un desarrollo posterior que, si bien fue bien intencionado, no tiene respaldo en la práctica apostólica registrada.
El deseo de volver a la iglesia primitiva no es un anhelo romántico o arqueológico, sino el llamado de Dios a una transformación total. No se trata de imitar mecánicamente el pasado, sino de abrirnos al mismo Espíritu que guió a Pedro, Pablo y los demás apóstoles. Se trata de abandonar tradiciones vacías, por antiguas que sean, para abrazar una fe viva centrada en la persona y el nombre de Jesucristo.
El desafío para el cristianismo contemporáneo es inmenso. Implica cuestionar prácticas arraigadas durante siglos, enfrentar la inercia institucional y, a menudo, soportar el rechazo de hermanos bien intencionados pero aferrados a la tradición. Sin embargo, la recompensa es igualmente grande: experimentar el bautismo no como un rito de iniciación formal, sino como el encuentro transformador con Cristo que fue para la iglesia del primer siglo.
Como escribió Pablo a los corintios: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos” (2 Corintios 13:5). Este examen debe extenderse a todas nuestras prácticas, incluyendo la del bautismo. No por un afán de controversia, sino por el santo deseo de honrar a Dios conforme a su Palabra.
La pregunta final no es “¿qué hace la mayoría?” o “¿qué dice la tradición?”, sino “¿qué enseñan las Escrituras?” y “¿cómo bautizaban los apóstoles?”. La respuesta a estas preguntas, presentada en este estudio, es clara y consistente: bautizaban en el nombre de Jesucristo, invocando sobre los creyentes el nombre que es sobre todo nombre.
Que Dios nos conceda la humildad para reconocer dónde nos hemos desviado, el valor para corregir el rumbo, y la gracia para hacerlo con amor hacia todos aquellos que, aunque practican de manera diferente, también buscan honrar al mismo Señor. Porque al final, la realidad espiritual nos prepara por medio del bautismo en el nombre de Jesús para la muerte al pecado, la resurrección a una nueva vida, y la pertenencia eterna a Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



