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Texto base: Jeremías 9:23-24 – “Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová.”

UNA NACIÓN NACIDA ENTRE IDEALES Y SOMBRAS (Contexto histórico)

Hermanos y hermanas, hoy conmemoramos 250 años desde que esta nación, los Estados Unidos de América, declaró su independencia y trazó un camino propio entre las naciones de la tierra.

No podemos negarlo: esa declaración contenía ideales profundos, nobles, incluso inspirados en principios bíblicos de libertad, dignidad y justicia. Hombres y mujeres soñaron con una tierra donde se pudiera adorar a Dios sin cadenas, donde el gobierno estuviera al servicio del pueblo y no al revés. Esa chispa de libertad encendió una llama que ha iluminado a millones.

Pero tampoco podemos ignorar la otra cara de la moneda.

Esa misma nación fue construida sobre terreno fértil para la iniquidad. Mientras se proclamaba que “todos los hombres son creados iguales”, había hombres, mujeres y niños africanos encadenados en bodegas de barcos, vendidos como propiedad. La idolatría al dinero, al poder y a la tierra ya estaba echando raíces profundas. La esclavitud —quizás la mancha más oscura de aquel siglo— era el motor económico de medio país.

Así nació Estados Unidos: con una mano levantada hacia el cielo declarando libertad, y la otra mano apretando cadenas. No fue un paraíso, fue un campo de batalla entre la luz y las tinieblas. Y en medio de esa contradicción, Dios tuvo misericordia y permitió que esta nación creciera, se transformara, llorara sus guerras civiles, luchara por los derechos civiles y, en muchos aspectos, avanzara hacia una conciencia más justa.

EL PRESENTE: UN ASEDIO SILENCIOSO A LA DEMOCRACIA

Pero hoy, en este 250 aniversario, no podemos celebrar con ligereza. Porque esta misma nación, que una vez fue faro de esperanza, se encuentra hoy asediada por su propia administración.

No hablo de partidos políticos, hablo de principios. Los ideales democráticos que costaron tanta sangre y lágrimas —la libertad de expresión, la transparencia, el estado de derecho, la rendición de cuentas— hoy están siendo pisoteados, torcidos, vaciados de contenido por quienes debieran ser sus mayores guardianes.

La ironía es dolorosa y profética: en el mismo año en que se cumplen 250 años de fundación, los cimientos de esa fundación están siendo demolidos desde adentro. No viene un enemigo externo con tanques y ejércitos; viene un enemigo interno con decretos, manipulaciones y mentiras envueltas en papel oficial.

Y esto no es casualidad. Es un recordatorio de que ningún proyecto humano es eterno. Ninguna nación, por más poderosa que sea, está exenta del juicio de Dios ni de las consecuencias de sus propias decisiones.

LA LECCIÓN PARA LA IGLESIA: NO NOS CONFIEMOS

Pero ahora, queridos hermanos, no nos quedemos solo mirando la nación. Miremos a la iglesia. Porque lo que está ocurriendo con Estados Unidos es un espejo profético de lo que está ocurriendo dentro de la iglesia de Cristo.

Estados Unidos tiene 250 años.
La iglesia tiene 2,000 años.

Y si una nación de 250 años puede tambalearse y perder su rumbo, ¿cuánto más una iglesia de 2,000 años que ha olvidado su primer amor?

Porque hoy, la iglesia no está perseguida por emperadores romanos.
Hoy, la iglesia está asediada por falsos evangelios.
Está llena de apostasía disfrazada de avivamiento.
Está inundada de doctrinas que no tienen nada que ver con el Reino de Dios:

  • Evangelios de prosperidad que adoran al dinero, no al Creador.
  • Evangelios de entretenimiento que buscan emociones, no arrepentimiento.
  • Evangelios de tolerancia que niegan la cruz y la santidad.
  • Evangelios de “amor sin verdad” que llaman luz a las tinieblas y tinieblas a la luz.

Hermanos, la iglesia está en peligro. No por fuera, sino por dentro. Así como la democracia estadounidense está siendo destruida por quienes juraron defenderla, la iglesia está siendo destruida por predicadores y maestros que juraron defender el evangelio, pero predican otro evangelio.

LA IRONÍA Y LA ALERTA: NO CREAS QUE YA LLEGASTE

La ironía de este 250 aniversario es que muchos confiaban en que esta nación era eterna, inquebrantable, “la ciudad en la colina”. Y hoy vemos que no es así.

De la misma manera, muchos cristianos confían en que su iglesia es inquebrantable, que su doctrina es sólida, que su fe está firme… y viven dormidos.

Pero Pablo nos advierte en 1 Corintios 10:12:
“Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga.”

Y el Señor Jesús mismo nos dice en Apocalipsis 3:17:
“Porque dices: Yo soy rico, y estoy enriquecido, y no tengo necesidad de ninguna cosa; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo.”

No confundas antigüedad con fidelidad.
No confundas tradición con verdad.
No confundas multitudes con la presencia de Dios.

¿QUÉ HACER? VOLVER AL REINO, NO A LA NACIÓN

Hermanos, no pongamos nuestra esperanza en esta nación, ni en ninguna nación.
Nuestra ciudadanía está en los cielos (Filipenses 3:20).
Nuestro Rey no es un presidente, es Jesucristo.
Nuestro proyecto no es una república, es el Reino de Dios.

Así como la fundación de Estados Unidos fue una mezcla de ideales elevados y pecado profundo, la iglesia también ha mezclado lo santo con lo profano, y hoy está cosechando lo que sembró.

El llamado de hoy es claro:

  1. Despierta, iglesia. Deja de confiar en tus estructuras, tus denominaciones, tus edificios, tus números.
  2. Arrepiéntete. Vuelve al evangelio puro, al de la cruz, al de la santidad, al del amor sacrificial.
  3. Vigila. No des por sentado que tu fe es firme. Examina tus cimientos.
  4. Ora. No por la nación solamente, sino por la iglesia. Que Dios levante profetas que hablen verdad, no adulación.

LA ESPERANZA NO ESTÁ EN LOS 250 AÑOS, SINO EN LA ETERNIDAD

Estados Unidos cumple 250 años y está en crisis.
La iglesia cumple 2,000 años y también está en crisis.
Pero hay una buena noticia: el Reino de Dios no está en crisis.
El Reino de Dios es eterno, es inquebrantable, y Jesús es el mismo ayer, hoy y por siempre (Hebreos 13:8).

No celebremos los 250 años de una nación con orgullo ciego. Celebremos, más bien, que a pesar de la iniquidad, la idolatría y la esclavitud —pasadas y presentes— Dios sigue teniendo un remanente fiel.

Que ese remanente seamos nosotros.
Que no nos confiemos.
Que no creamos que ya llegamos.
Que sigamos corriendo la carrera con los ojos fijos en Jesús, el autor y consumador de la fe.

Amén.

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