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Parece que estamos a punto de ver al mundo gritar de nuevo: “¡Danos a Barrabás!”.
Ese momento en las Escrituras nunca fue solo historia, sino un reflejo atemporal del corazón humano. La multitud no eligió a Barrabás por su inocencia, sino porque encajaba con su espíritu: un revolucionario violento, un disruptor, un hombre de ira antes que de arrepentimiento. Y de pie junto a él estaba Jesús, la verdad encarnada, la paz personificada, Dios hecho carne. Uno exigía rendición al Padre; el otro solo daba permiso para la rebelión. Y la multitud gritó por quien les permitía conservar su pecado.
Y aquí estamos otra vez.
Vemos un mundo que prefiere ser gobernado por el caos antes que ser corregido por la verdad. Un mundo que se burla de la santidad pero celebra la anarquía. Un mundo que clama por “libertad” mientras se encadena al engaño. No se pierdan esto: Pilato no forzó la elección; el pueblo la exigió. Eso es lo que hace este momento tan solemne. El rechazo a Cristo no es accidental; es intencional. Porque Jesús aún confronta el corazón, y Barrabás sigue dando licencia para rebelarse.
Gálatas 1:6–9 nos advierte: “Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema.”
Vivimos en un mundo saturado de evangelios anatema, que han engañado, utilizado y manipulado a multitudes, llevando al poder a hombres que encarnan ese mismo espíritu de rebelión. Es como si, una vez más, el pueblo pidiera: “¡Dadnos a Barrabás!”.
Hace más de cuatro décadas, me encontré con uno de esos evangelios anatema: uno que predica superioridad, altivez, racismo y división en nombre de una identidad terrenal. Al principio no lo entendí; el conocimiento espiritual es progresivo, y me tomó años discernirlo. Siempre estuvo allí, disfrazado de luz, camuflado como un falso amor, predicado desde púlpitos que amasaron fortunas mientras alejaban a la gente de Cristo. Un evangelio que ama el dinero y el poder, no a Jesús; impulsado por el odio, el racismo y el desdén hacia la creación de Dios. Este racismo se mantuvo escondido, hasta que en los últimos años encontró un portavoz público en la persona de Donald Trump que, sin vergüenza, enarboló la bandera del menosprecio, la mentira y la confrontación divisiva. Como advierte 2 Tesalonicenses 2:11, “Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira.”
Vivimos en un mundo dividido por el odio, regido por el caos, regido por el racismo y la exclusión y la persecución al más débil de entre nosotros. Un mundo en donde la vergüenza ha sido reemplazada por el orgullo en lo corrupto. Ante los ojos de Dios, la altivez del pecado es siempre grave. El llamado “Orgullo Gay” desfila públicamente, sin pretender santidad. Pero lo más alarmante hoy es ver a quienes se llaman cristianos enarbolar la Biblia mientras defienden la mentira, el abuso de poder, la persecución al migrante y el desprecio a todo aquel que se ve o habla o tiene una cultura diferente. Se jactan de su dureza, citan versículos bíblicos y se llaman conservadores, mientras sus hechos niegan a Cristo. Son, como advierte Judas 1:12-13, “nubes sin agua, árboles sin fruto, agitados por las olas, estrellas errantes para las cuales está reservada eternamente la oscuridad.” El verdadero creyente se humilla, llora por el pecado y sigue a Jesús, no a la multitud que grita: “¡Dadnos a Barrabás!”.
Por eso Jesús dijo: “Si fuera posible, aun los escogidos serían engañados” (Mateo 24:24). Y así ha sucedido. Millones que se llaman cristianos han perdido el rumbo, llevados como ovejas al matadero sin darse cuenta. Este “evangelio” nacionalista y racial es anatema, y Satanás ha cegado el entendimiento de muchos (2 Corintios 4:4). Han llegado al extremo de comercializar lo sagrado, vendiendo incluso Biblias con la firma de Trump por dinero. ¡Anatema!
La gente está confundida. Algunos se sorprenden cuando desde el púlpito denunciamos la mentira, el abuso de poder y la idolatría política. Quieren encasillarnos en “izquierda” o “derecha”. Permítanme aclarar:
Personalmente, estoy en contra del aborto, ese mal llamado “derecho a decidir” que termina con vidas inocentes. Tampoco acepto la idolatría hacia cualquier hombre, sea que lleve el apellido Trump, Bukele o cualquier otro, donde supuestos creyentes les otorgan títulos espirituales, los “ungen” con autoridad divina y excusan comportamientos claramente contrarios a las Escrituras por estar cerca del poder. Ambas cosas entristecen a Dios: el aborto y la idolatría política son anatema, aquí y en cualquier nación. Ambas muestran la facilidad con la que intercambiamos la verdad por la mentira y la conveniencia.
No estoy en contra de ningún hombre. Estoy en contra de todo lo que no se parezca a Cristo y pretenda llevar su nombre.
Jesús no nos dijo que juzgáramos a los líderes por sus políticas, su carisma o a quiénes ofenden. Nos dijo: “Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos?” (Mateo 7:16). Asistir a desayunos de oración no equivale a arrepentimiento. Usar lenguaje religioso no es sinónimo de rectitud. Y estar rodeado de líderes cristianos que adulan y adoran el poder no significa que un corazón haya sido transformado.
La cruz no es conservadora ni liberal. La cruz confronta todo ídolo: ya sea la autonomía disfrazada de compasión, o el poder disfrazado de fe. “Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes” (Santiago 4:6). Si tu fe solo desafía los pecados del “otro bando”, no es bíblica; es tribal. Y si Jesús solo es bienvenido cuando apoya tu cosmovisión de vida, entonces no es tu Señor.
No estoy con la derecha.
No estoy con la izquierda.
Me afirmo en la cruz, el lugar donde toda corona se deposita, toda excusa muere y cada alma es medida con la misma vara. Al final, no daremos cuentas a movimientos, hombres ni mandatos terrenales, sino a Cristo.
Así que, cuando vean la verdad silenciada, la justicia burlada y la mentira coronada como virtud, no se sorprendan. Nos dijeron que esto sucedería. La multitud siempre alza la voz justo antes de la crucifixión. Pero recuerden también esto: Barrabás salió libre ese día porque Jesús tomó su lugar. Y esa misma misericordia aún se ofrece…incluso cuando el mundo agudiza su voz y grita su nombre una vez más.
Que Dios nos dé discernimiento para reconocer los evangelios anatema (malditos), valor para amar la verdad y humildad para permanecer en la cruz. Amén.



